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Literatura y memoria: El desorden del recuerdo

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La memoria parece una abstracción de nuestra conciencia tejida a base de experiencias, porque todo es pasado, incluso el presente, que se amotina frente al porvenir del olvido; o de imágenes acaecidas en la ficción. Los tres componentes que confeccionan nuestra memoria son, como casi todo, reversos de un mismo cuerpo. No existe, nos enseñó Marsé, memoria sin olvido (la desmemoria es una dimensión del recuerdo) y sin trampas.

Poco, o más bien nada, importa el futuro, si no se busca conservar un recuerdo pretérito al presente que imaginamos en el pasado. El presente sólo es una memoria ralentizada en el tiempo. Sin la testificación del pasado, sus reminiscencias, la memoria, sólo seríamos seres inconexos entre sí (o como esa expresión cargada de solemnidad que se advierte – más bien proclama – en los funerales: ´Sólo somos materia`), atribuidos de insignificancia como esas imágenes retrospectivas tomadas desde el espacio, empequeñeciéndonos, ridiculizándonos al descubrir la inmensidad oscura del Universo – en mayúscula – con nuestra anecdótica existencia (casi burocrática, como el principio de La educación sentimental: “El 15 de septiembre de 1840, a eso de las 6 de la mañana, el Ville de Montereau, a punto de zarpar, echaba grandes bocanadas de humo delante del muelle de San Bernardo”); en oposición, gracias al recuerdo, al presente remoto que nos hartamos de nominar, somos quienes viven en el París de Flaubert, quienes padecen la ficción como real, como propia, quienes encuentran, no se sabe dónde, el sentido a su existencia (quizá en la mentira resida el consuelo), somos quienes soñamos (y en sueños), quienes somos porque fuimos.

Acaso por nuestra necesidad de conocer qué somos, uno de los más innobles padecimientos sea el desarraigo, la enfermedad del alzhéimer: primero su desmemoria, no olvido, pues quien la soporta posee la constancia de su pérdida y del sufrimiento ajeno que le rodea; después el olvido, la mudez ante lo que era (porque dejó de ser).

Dada su trascendencia, la memoria siempre ha gozado de una delicada intimidad con la literatura: ha sido, es (ha sido ralentizado) y será (ha sido remoto) uno de sus más reputados impulsores. Porque la literatura, a muy pesar de la necedad (no lo lamento), jamás morirá si no es junto al género humano (imaginen, por un momento, algo sin palabras – la palabra nace con la experiencia: nunca concebiremos nada que no nazca de nuestros sentidos –): se transmutará, según la vigencia de su tiempo, en unas formas u otras: constituye uno de nuestros instintos más primitivos: contar historias. Faulkner, tal vez, fue quien nos advirtió de su vigencia en nuestras vidas.

Que el pasado es una dimensión del presente no es un arbitrio, al cual están familiarizados los asiduos lectores por parte de quien escribe: el arte en su conjunto clarividencia dicha presunción. No existe corriente artística que no emane de otra, aunque lo haga en forma de negación ante la primigenia. Es cierto que en estos tiempos tan corrosivos donde nada prevalece, en donde las referencias se diluyen naciendo y muriendo entre sí, en la era de la pérdida de identidad, en la posmodernidad, la nostalgia por el tiempo pasado, siempre más mitificado que el presente, quizá porque jamás resolvamos nuestra discordia con la realidad, contamina nuestras vidas, el arte que intenta reanimarlas. ´Ningún tiempo pasado fue mejor`, se dice habitualmente; puede que esta vez se equivoquen (aunque este argumento sólo ratifique su verosimilitud, afirmando lo que pretendía negar). Pero, si bien la abstracción de nuestro tiempo, la irrealidad en un mundo conectado entre sí, etéreo, pretenda categorizarlo, desorientándonos, ha sido una constante en la Historia (en Mayúscula, aunque en minúscula comparado con la duración del Universo).

En ocasiones, en el arte, esta tradición, indisociable de nuestra existencia, arraigada en el pasado se produce en forma de tributo, dependiendo de su liviandad, o en forma de plagio. Quizá por ello existan escritores de nuestra época que imaginan a sus juegos con el tiempo, o entre lo real y lo fantástico, como algo novedoso, innovador, sólo atribuible a su estilo sin ser conscientes de su réplica en el pasado. Tal vez sea cierto que ´la Historia nunca se repite`, dicho cada momento con un aroma terminal distinto a todo lo anterior sucedido.

Comic de El Proceso de Kafka
Comic de El Proceso de Kafka

Hace años leí con fervorosa inquietud El proceso de Kafka y, de vez en cuando, rememoro aquella novela, dibujada en el recuerdo de todo lector (su librería), envuelta en la nebulosidad. Vuelvo a los pasillo angostos y laberínticos de los juzgados a los que asiste Josef K. y a la inverosimilitud (absurdismo, la filosofía detrás de su novela) de su relato, algo que, con el tiempo, adquiere mayor solidez en mi memoria.

Mi vida guarda una velada relación con aquella infructuosa, semejante a La Metamorfosis, novela: he creído ser el protagonista en multitud de ocasiones, tejiendo su trama, ficticia, con la real, la mía, dotando a esta última de una perversa extravagancia; otras tantas, al leer otras novelas, he cruzado en mi conciencia a su personaje con otros, distintos, incoherentes entre sí, en, por ejemplo, escenas de lluvia donde imaginaba la tinta del periódico que se precipita, en ríos negros y grisáceos, a los dedos del protagonista, no Josef K. (´K.` en la novela), sino otro, igual de lejano, desde la distancia que impone la ficción; y, por último, acercándolo a mi memoria, he creído soñar (en sueños) que estaba frente a un juzgado, reprobando mi inocencia o culpabilidad, atemorizado por el futuro, el pasado remoto, al ser declarado en el presente, el pasado ralentizado, culpable sin motivo, causa o disculpa. Así acaba la novela de Kafka. Este artículo, también, a semejanza o tributo, carece de estas tres cualidades.

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