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Leer en tiempos revueltos

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Simplifiquemos, porque la vida ya es suficientemente complicada. Pensemos en el acto de leer; imaginemos tener un libro entre las manos, ya sea pequeño o grande, de tapa dura o blanda, en castellano, en inglés, en catalán, gallego… Imaginemos que estamos en un rincón de nuestro hogar, o bajo la sombra del árbol más grande del parque al que solemos ir. Más elementos: estamos relajados y no tenemos prisa, no tenemos en el horizonte nada que hacer y el tiempo fluye con tranquilidad, sin una alarma futura, sin una obligación que revolotee a nuestro alrededor.

¿Notáis esa paz, ese bienestar? Parece ciencia-ficción. O así es como lo veo yo, ciudadano de una sociedad que ha pisado el acelerador en los últimos años y no ha parado en ningún momento. Cuando vas tan rápido, no puedes ver el paisaje que tienes a tu alrededor, ni te puedes fijar en los pequeños detalles; a veces, más de los que creemos, ni siquiera podemos pararnos a pensar dónde estamos. Es el tiempo de Internet, de las fake news, de los triunfos efímeros y las vidas que no deben darse ningún respiro.

Porque hoy en día, el tiempo libre parece que no puede ser tiempo perdido. No hay lugar para el aburrimiento, no se contempla algo tan humano como perder el tiempo, tumbarse en cualquier sitio y dejar pasar los minutos; recuerdo que de pequeño lo hacía en muchas ocasiones, echado sobre el césped de un parque mientras cerraba los ojos y escuchaba los sonidos que me rodeaban. Unos recuerdos que ahora parecen irreales, y lo que es peor: parecen un error.

Se ha establecido en nuestra sociedad la necesidad imperiosa —tal vez porque si uno reflexiona puede llegar a oscuras conclusiones— de mantenerse ocupado en todo momento. En todo momento, en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia; por si fuera poco, hay que proclamarlo a los cuatro vientos a través de las redes sociales. Todo el mundo ha de saber que eres una persona muy ocupada —de hecho, si esa hiperactividad viene acompañada de quejas sobre la misma, es la ecuación perfecta— y apoyarte en esa difícil vida. Velocidad, polivalencia, rellenar huecos… ¿Os va sonando? Con esa premisa, el papel de la literatura nos parece un elemento extraño, desacompasado en esta telaraña de velocidad.

Porque antes de ser leído, un libro ha de ser escrito. Y pensado, imaginado, cultivado, mimado. Como pretendiente a ese noble arte, escribir va ligado indefectiblemente a un tiempo pausado. Sentarse en un escritorio ante una hoja en blanco o una pantalla de ordenador no puede hacerse con prisas, ni tampoco con una retransmisión en directo del proceso creativo. Ese momento tan íntimo, esa conversación interna del escritor o escritora, necesita un tempo que permita cultivar esa literatura que brota del interior al exterior. Escribir, pues, requiere tiempo; y ese tiempo ha de ser maduro, sosegado.

En los últimos años han proliferado los “slow reading clubs”, rincones para leer sosegadamente y sin distracciones

Si dar a luz un libro precisa de ese tiempo, leerla y disfrutarla también. La lectura no puede ser cosa de gente apresurada, como tampoco puede compartir tiempo con otro tipo de preocupaciones. Leer es un acto que exige concentración y dedicación total: o se está leyendo o se hace otra cosa. Es precisamente esa naturaleza de exclusividad e intimidad la que choca con los tiempos actuales, la era de la sobreexposición y la sobreexcitación, señas de identidad que no permiten que la literatura se instale en todo su esplendor.

Vemos novelas que triunfan y apenas duran una o dos semanas en las listas; ni qué decir de las que no lo hacen, y se resignan a permanecer pocos días en las estanterías de las librerías para acto seguido caer en el olvido. Trabajos de meses que apenas pasan unas horas en los escaparates y tienen una vida comercial ínfima, tragadas por la vorágine de un mundo que ha olvidado la pausa y el descanso.

Pero no nos centremos en el aspecto negativo de un mundo que, sin duda, está en plena transformación, como buena parte de nuestra sociedad. La obsesión por hacerlo todo sin parar, sin respirar y sin pensar, la civilización del “ahora y ahora” nos domina las veinticuatro horas del día; por eso reivindico el acto de leer como una rebeldía, una forma silenciosa de protesta que podemos ejercitar de manera individual. Protestar ante un mundo que ya no mira a su alrededor, protestar porque nuestra sociedad ha olvidado los detalles y lo que significa realmente el tiempo; protestemos con un libro en las manos, porque nunca un acto tan tranquilo tuvo tanto poder.

Leed, malditos y malditas, leed; que todavía estáis a tiempo.

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