Cultura / Librerías con Encanto

La naturaleza rebelde de las librerías

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Hay una imagen, más bien dicho una escena recurrente en mis sueños —los pocos que consigo recordar—: una tarde lluviosa, de esas que llegan sin aviso después de una mañana con el cielo abierto. Las nubes acuden de no se sabe dónde y descargan con virulencia sobre la ciudad, obligando a transeúntes a refugiarse bajo balconadas, en tiendas o en el peor de los casos a correr por unas calles de asfalto resbaladizo y traicionero.

A mí, en esos sueños, también me sorprenden las tormentas. Estoy en la calle, sin paraguas y con la urgencia de encontrar un sitio en el que salvaguardarme. Y aquí viene el punto extraño o curioso de esos sueños: no importa el punto de la ciudad en la que me encuentre, el rincón más inhóspito en el que me halle, que siempre que encuentro dónde meterme es en una librería. Aparece de la nada, una puerta siempre de cristal tras la cual se ven montañas de libros, un mostrador con más libros y todavía más ejemplares expuestos en el expositor. Cuando entro en ellas, todo se funde en negro y ya no recuerdo nada más.

Tal vez mi cabeza intenta decirme algo. Sobre las librerías, claro. ¿De qué se trata? No lo sé, pero esos sueños me hacen pensar en esos pequeños templos literarios, me recuerdan al pueblo galo que resiste al Imperio Romano; la similitud tiene hoy en día más valor que nunca, pues en un mercado editorial en el que las grandes superficies y empresas de Internet lo copan todo —y no sólo con los libros—, el acto de acudir a una librería para comprar supone un hecho cada vez más inusual.

En un artículo anterior hablaba de la rebeldía que supone leer en la actualidad; quizás esa actitud exista también en la naturaleza de las librerías, pequeños centros de resistencia que luchan contra las poderosas olas de la historia y el cambio de los tiempos. No obstante, forman parte del mismo universo, están hermanadas en la lucha contra estos tiempos acelerados, sin pausa ni respiro, tiempos que nos empujan a no parar, a no poner los pies sobre la tierra y ver qué tenemos alrededor.

Pensando sobre esos sueños de librerías que me salvan de la lluvia, me he dado cuenta que voy mucho menos que antes. Y no debería ser así, porque entre sus estantes encuentro una especie de familiaridad que resulta muy difícil hallar: esa sensación de estar a salvo —como en los sueños—, de conocer cada rincón aunque tal vez sea la primera vez que estás allí. Porque hay un hilo que conecta todas las librerías y que las hace compartir un mismo territorio: los libros. Ellos son la argamasa que mantiene en pie, todavía hoy y pese a las dificultades, unos edificios que son parte de nuestras vidas, pulso de ciudades y sociedades.

Regresemos a las librerías, olvidemos la comodidad del sofá y la compra con un click. Porque hay algo que se pierde a través de una pantalla, y no es otra cosa que el trato humano y la suerte de que los libreros y libreras —héroes de la resistencia actual— son también maestros que nos pueden enseñar mucho sobre los libros, sobre autores y autoras, sobre historias, incluso sobre la vida misma. Eso no lo puede hacer un algoritmo matemático, una foto de la portada de un libro que no se puede oler ni palpar. La virtualidad envilece la magia de empaparse de literatura incluso antes de empezar a leer.

Así que no estaría nada mal que esos días lluviosos, ya en la vida real y no en los sueños, fueran una primera excusa para volver a las librerías, para agradecer en silencio por sus pasillos lo mucho que han hecho, que hacen y que seguirán sin duda haciendo por todos nosotros y nosotras.

1 comentario

alfredosalaxar@gmail.com 23 noviembre, 2018 Responder

¡Qué coincidencia! Esta noche precisamente, yo desperté después de un sueño recurrente, quizá cotidiano, en el que me encuentro rodeado entre libros, y justamente frente a mí,se encuentra uno abierto en el que leo algo que me parece muy interesante, en el sueño de esta noche, el texto se refería a una investigación científica que trataba de delucidar el tamaño real de la ballena que se tragó a Jonás y las ilustraciones mostraban fotos de cierto tipo de ballenas, comparándolas con otras especies de seres marinos parecidos a tiburones y cuando traté de leer el “pie de foto” tuve problemas para enfocar para poder leer las ínfimas letras, entonces decido despertar para buscar mis anteojos mientras pienso que debo marcar de alguna manera la página de mi lectura, para poder regresar a ella toda vez que consiga mis anteojos, pero, al cobrar conciencia de que se trata de un sueño, tengo el impulso de hacer un último esfuerzo por recuperar la lectura, el libro se desvanece en mis manos y la desilusión me obliga despertar y a meditar en el goce de tal sueño. Esta forma de desenlace de mi sueño, también es recurrente, dejándome una sabor de “deja vú” al despertar.

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