Libros

La mujer en la ventana, suspense agorafóbico

Comparte este post

Las novelas del género de suspense/thriller están más en boga que nunca. También empieza a estar sobresaturada, pero es un mal endémico en prácticamente todas las áreas del entretenimiento, ya sea cultural o no. Desde hace un par de años han tomado especial relevancia las novelas protagonizadas por mujeres que de repente se encuentran envueltas en un crimen —ya sea de manera directa o indirecta— y deciden por ellas mismas resolver el misterio antes que sea demasiado tarde —lo que implica, en numerosas ocasiones, la muerte de la propia protagonista—; son libros que copan desde hace un par de años las listas de los más vendidos semana tras semana. Es tal vez el reflejo de los tiempos que vivimos, en el que el empoderamiento de la mujer cada vez es más visible, más normalizado y que en un futuro espero que se consiga equiparar al de los hombres.

La mujer en la ventana es la novela con la que se estrena A.J. Finn, en lo que supone un acercamiento al género que podríamos denominar “voyerismo con intriga”. Editada por Grijalbo y precedida de un gran éxito en EE.UU. sus más de quinientas páginas dejan lugar para todo tipo de fluctuaciones en trama, ritmo y dimensión temporal.

La premisa de La mujer en la ventana: nos adentramos en el día a día de una doctora en psicología que sufre de agorafobia (desconocemos, al principio, los motivos); a través de ella se nos desgrana poco a poco la comunidad de vecinos en la que vive. Entramos desde la primera página y a partir de ahí se nos desmenuza poco a poco el universo particular de la obra. Esa parte, la presentación de la historia, se demora demasiado. Ciento cincuenta páginas hasta que de verdad arrancan los sucesos se antojan muchas cuando el escenario sólo es la casa de la protagonista, su limitada visión del exterior y sus propios recuerdos. Estos recuerdos muchas veces no aportan realmente nada a la trama y parecen haber sido escritos como mero relleno. Tampoco resulta del todo relevante (lo es al final, pero parece metido con calzador) uno de los personajes secundarios de la historia que permanece demasiado tiempo en escena sin apenas resultar importante. Es decir, que como se diría de una película, «sobra metraje».

Tras ese inicio renqueante (y que puede ser un punto en el que algunas personas abandonen su lectura), demasiado pausado y alargado, llegamos al primer punto de fisión de la trama, un momento en el que la tensión se dispara y toma las riendas de la narración. Se coge con ciertas ganas, pues se viene de una calma demasiado prolongada, y es impactante a la vez que todo un homenaje a una película muy famosa del cine negro clásico. Sin embargo, parece más un primer chispazo, pues después de varias páginas se entra en una suerte de valle narrativo que de nuevo se alarga en exceso y ralentiza todo el ritmo que se ha conseguido en las páginas previas. De nuevo aparece la sensación de que al libro le sobra demasiado material insulso, demasiados detalles que no ayudan a mejorar la historia principal y que vuelven a parecer impostaciones, parches de quita y pon.

Hasta pasados tres cuartos de la novela (y recordemos que son más de 150 páginas) el suspense como tal no toma el control por completo. Eso sí, una vez lo hace ya no lo deja hasta el final, y hasta llegar a él se suceden un par de movimientos imprevistos que pueden llegar a sorprender al lector más avezado en el género. Sin embargo, como siempre pasa en estos casos, no pueden faltar las dos o tres páginas en las que se desvela toda la trama por completo, como si al lector le hiciera falta para poder llegar a sus propias conclusiones, algo de lo que hoy en día adolecen gran cantidad de novelas. Aun así, el final converge de un modo sólido y consecuente en su lógica interna.

Finn desarrolla una novela que parece escrita a modo de diario personal, de capítulos cortos y que sobre todo en su inicio tiene un léxico muy fácil, casi cotidiano. Es la traslación directa de lo que puede pensar una persona cualquiera que se pasa los días encerrada en su casa. Por un lado, da autenticidad a lo que se explica, por otro, tal vez resulta demasiado coloquial para tratarse de una novela que pretende ser tomada en serio. Precisamente parece que la propia autora se da cuenta de ello y a medida que pasan las páginas el tono se vuelve más sobrio, más acorde con lo que ha de suceder y sucede en la trama. No estamos ante una obra de grandes reflexiones, ni de una profundización en el alma humana (tampoco lo pretende), y tal vez por ello la aparente superficialidad de muchos de los razonamientos de la protagonista puedan resultar en ocasiones incluso banales. De nuevo, pasada la mitad del libro eso se pule y toda la narración se centra en lo que ocurre, en el nudo de la historia. Y es que en las últimas treinta páginas se asiste a un curioso desenlace, que no por predecible presenta unas pocas características genuinas.

No se puede ocultar, no obstante, que es una obra repleta de clichés y que deja bien clara su intención de llegar al mayor número de público posible. Es un bestseller de manual: párrafos cortos, directos, reflexiones poco profundas, muchos capítulos y siempre de menos de diez páginas, giros inesperados cada dos por tres. Tenemos el sempiterno momento en los thrillers en que parece destaparse todo el secreto, pero entonces un nuevo giro deja a la protagonista sola en su cruzada, con el mundo por completo en contra. Se le podría llamar «la primera ley de la falsa resolución», un recurso literario que abunda en las historias de este corte y que parece ser una condición sine qua non para alargar el volumen de las obras. Es tan típica, la maniobra, que por desgracia no sorprende cuando aparece en escena. Serían los capítulos centrales de una serie de televisión. Y es que la mujer en la ventana tiene, incluso, una estructura que puede resultar hasta enfocada a la televisión; poco cuesta clasificar toda la novela en capítulos, una vez se ha leído por completo. Los bloques son fácilmente distinguibles. Se diría que la autora sabe muy bien a qué juega y pone todas las cartas encima de la mesa. Y, para qué negarlo, le sale bien. La novela entretiene y engancha lo suficiente como para querer leerla hasta el final, resolver esos pequeños enigmas que aparecen a lo largo de sus páginas. Un bestseller bien armado y que cumple con su función a la perfección. A recalcar el constante goteo de referencias al cine en blanco y negro de suspense, un pequeño guiño-homenaje que la autora hace a su propia obra.

Pese a no suponer una novedad para el género en ningún momento, resulta de agradecer que, a excepción de una pequeña parte central del libro, el resto no se haga pesado; no supone una lectura pesada ni tampoco aburrida, pese a que con cien páginas menos hubiera quedado una novela mucho más redonda. Habiendo eliminado algunos pasajes realmente insulsos e incluso eliminando a un personaje secundario, la condensación hubiera sido muy beneficiosa. Porque a veces no es necesario explicar mucho, sino explicarlo bien.

Deja un comentario

Entradas relacionadas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: