Especiales / Libros

La literatura rural en España

Comparte este post

En un país de odios apasionados, la narración de un relato está sometida a la deformación de sus intérpretes. La cultura cosmopolita, inmersa en la fascinación de las metrópolis, construida en torno a un canon existencial – una misma concepción de la vida –, junto a esa actitud punitiva que discrimina y sanciona a las demás culturas – catalogándolas de arcaicas e, incluso, incivilizadas –, relega al olvido el espacio deshojado que separa a las ciudades: el desértico paisaje interior del campo. En nuestro país, a este furtivo y raudo abandono, en el reciente y ecléctico ensayo de La España vacía, se denomina el Gran Trauma: el vaciamiento de los pueblos que, en menos de veinte años, ha padecido el éxodo rural hacia ciudades a medio construir.

Aunque la conciliación entre la literatura y su dimensión rural experimente, de nuevo, un brote en el diálogo colectivo, dicha cuestión obtiene su réplica en el pasado – el mero repaso de la historia reciente lo confirma. En el retorno al campo tras el hartazgo de las ciudades de diseño – un fenómeno cada vez más asiduo en barrios, por ejemplo, sacudidos por la gentrificación –, no existe ningún género propio de recorrido significativo, tal vez por su novedad; pero, en lo que concierne a la emigración interior, tanto como al abandono y al choque cultural, la literatura española, en términos generales, ha novelado un relato honesto con su tiempo.

La influencia de Faulkner en los autores contemporáneos atestigua un padecimiento sintomático en la sociedad española: la nostalgia por un lugar desahuciado a razón del porvenir. El universo ficticio del condado de Yoknapatawpha en Mississippi inspiró, entre otras, la ciudad de Mágina de Muñoz Molina o el territorio enigmático y legendario de Región de Juan Benet – léase otros ejemplos como el Macondo de García Márquez, o la Santa María de Onetti. En ese mismo síndrome insiste la obra del reciente, no por casualidad galardonado en España, Premio Princesa de Asturias de las Letras, Adam Zagajewski, un escritor de fronteras que calibra la tensión entre dos mundos.

Esta misma presencia del campo en la literatura – impregnada de un ambiente de melancolía ante el destierro –, en determinadas ocasiones, ha caricaturizado de violenta a la sociedad rural frente al civismo de la urbe – e, incluso, satirizaba con el acento de sus gentes a través de la transcripción literal de sus palabras, como si existiera un lenguaje neutro y atomizado, distinto entre sí.

Pueblo de Granada (España)

Con todas sus desventuras, con esa incierta capacidad de la literatura para embarcarnos en realidades ajenas que formarán parte de nuestra memoria sentimental, y al mismo tiempo colectiva, existen grandes obras en nuestra literatura que, en tiempos inciertos, arrojan cierta luz. Cervantes es irrevocable, pero – por revitalizar algunos ejemplos distinguidos – La lluvia amarilla – desgarradora, poética, en el silencio – de Julio Llamazares; o La Isla – una fervorosa muestra de cómo desde lo rural se puede reflejar el hedonismo moral de lo cosmopolita con un ritmo frenético – o la mítica Señas de identidad, ambas de Juan Goytisolo; o el crudo relato de Delibes en Castilla habla; como tantos casos, junto al cine de la posguerra, son parte del imaginario colectivo de la sociedad española.

“En España, en algo más de la mitad del territorio (53%) vive el 15,6% de la población (…). Dicho de otro modo, que el 84,4% de los españoles viven apretados en el 48% del territorio”, apunta del Molino en La España vacía. En ciudades como Madrid no habita, salvo en la jerga de los barrios, un acento categorizado – el habla es un artificio irreductible. El madrileño, si existiera, es un mestizaje de acentos – de los pueblos de provincias, de las ciudades de provincias de todo el país – que se diluye en diferentes variedades tonales; en determinados barrios, resulta difícil encontrar, más aún entre la ancianidad, un habla semejante al más puro madrileño arquetipo. Esa multiplicidad neutraliza el argumentario ruin – por atribuirse a sí mismo una cierta superioridad – y analfabeto – porque desconoce su pasado – que denigra al de fuera, interponiendo fronteras, tildándole de cateto.

En la literatura de la gran ciudad prevalece el ruido, la celeridad de lo urgente, la incongruencia del arraigo, el ostracismo de la multitud; en la literatura rural, la impasibilidad ante la realidad, el beatus ille, el olvido, el fuego como alegoría purificante, el vigor de la tradición, su enemistad con el futuro por su pasado. Abandonarse a uno de los universos que dan forma a la literatura desvirtúa el arte, lo canoniza, censura su belleza: la indefinición que, como la vida y la muerte, escenifica.

Deja un comentario

Entradas relacionadas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: