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La libertad en el espíritu del escritor de Muñoz Molina

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La mañana del 20 de febrero de 2017 en Madrid es confusa: alrededor de la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías el sol invita a quitarse las prendas hasta sus fronteras, donde los haces de luz desaparecen para que, a la impasividad de la sombra, nazca un viento frío. La biblioteca, por dentro y fuera, es un juego de habitaciones con paredes de cristal, envueltas unas en otras, enlazando las piezas de un prisma rectangular desde la imagen retrospectiva del espacio. Muñoz Molina posa, aunque de espaldas a los fotógrafos – dibujando la soledad del caminante – a orillas del Retiro, sobre sus adoquines con forma de rombo y color grisáceo.

A la espera de las fotografías de rigor, por esos caprichos de la memoria, el ambiente recuerda a un artículo del escritor donde relataba la inquietud de los jóvenes antifranquistas ante la presencia de Louis Althusser en la Universidad de Granada. Pero no es ni Althusser, ni Zizek, sino él mismo quien presenta ante la prensa su última novela, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral).

Quien lea por primera vez a Muñoz Molina, en este libro descubrirá una originalidad inédita: recortes de periódicos, fragmentos que parecen cuentos, poemas, fotografías o lemas publicitarios son algunos de los componentes de una novela salvajemente literaria. Sin embargo, cuando se le pregunta al autor el porqué de esta novela, aludiendo a ese carácter insólito de su literatura, responde que es “un atributo que define a toda su obra”. Esa labor “innovadora”, señala ante los medios, se encuentra también, transmutada bajo distintas formas, en libros como El ardor guerrero o Sefarad. Su creación indomable, como la mayoría de adjetivos en los grandes escritores, no es algo fortuito: simboliza la reivindicación de “la libertad en el espíritu del escritor”, algo que reitera, y subraya, varias veces durante la presentación.

Pero la libertad implica duda y por supuesto, miedo. “¿Esto cómo se cuenta?”, se planteaba Molina al escribirla; desconociendo si “podría suceder que lo que hiciera no convergiese en un libro”. El tiempo, con su firme voluntad de relativizar cualquier asunto que tenga que ver con la vida, disipó la incertidumbre, y con diecisiete cuadernos llenos de material, consiguió escribir esta novela de cuatrocientas noventa y cuatro páginas, siempre insuficientes para el universo literario Molina. Porque, aunque el formato despiste, Un andar solitario entre la gente es una novela que, junto a las dos anteriores – La noche de los tiempos y Como la sombra que se va – constata su deseo de “explorar zonas de la literatura no estrictamente novelísticas”. “No he tenido la tentación de la ficción”, afirma Muñoz Molina, aunque se acompañe de un único personaje inventado, porque, a diferencia de otros autores, encuentra en la realidad el sustrato necesario.

Durante la presentación, Molina destaca la “genealogía de los escritores”, confirmada por figuras como Allan Poe, Baudelaire, de Quincey, García Lorca, Whitman o Pessoa, que dan forma a su obra, integrantes todos ellos del linaje de la Literatura. Pero, realmente, Un andar solitario entre la gente es un paseo por las ciudades de aquellos escritores que “vivieron en la precariedad hasta la muerte, sin romanticismo”, puntualiza el autor.

Superar tiempos de depresión acentúa la sensibilidad hacia el entorno, por eso “queremos registrar todo lo que hay alrededor”, reflexiona Molina. “Empecé a mostrar atención a los anuncios publicitarios”, apunta el autor, traduciendo la literatura que existe en sus mensajes, buscando, como siempre ha pretendido el arte: “captar el instante sin matarlo”.

Y esa mirada atenta y crítica nos proporciona la realidad desnuda, por un lado, nos conduce a la irracionalidad que nos rodea pues a veces “quisiéramos que los anuncios de los bancos fuesen como la vida”;  también a la indignación ante esa misma realidad que nos desborda cuando nos percatamos de que “el mundo está en manos de empresas monopolísticas que maximizan sus beneficios”, y finalmente a la tecnología que estas mismas empresas atesoran pues “puede ser usada para fines terribles”.

Esta novela, sin dedicatoria, es un homenaje a la historia de la literatura urbana. Leer a Muñoz Molina siempre nos reconcilia con la vida, no porque muestre sus alegrías – sería un ejercicio de nihilismo obsceno –, sino porque retrata su belleza: tanto las luces como sus sombras: la muerte, la depresión o la ausencia.

En El Astillero de Onetti, Larsen, bajo la premisa de una declaración de amor, dice: “La veo y la miro”. En ese matiz tonal insondable, en esa frontera entre los sentimientos, nace este libro, Un andar solitario entre la gente: la demostración de la libertad en la novela de Muñoz Molina.

Al abandonar la biblioteca, a la sombra de la fraternidad literaria, el brillo de la admiración se atenúa, como este veinte de febrero que ahora me sorprende nublado. Maldito febrero impertérrito y bendita esta libertad nuestra para transitar por su alternancia inesperada.

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