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“La imperfección fundamental en la vida es la muerte”

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Los días todavía son cortos y anochece en la tarde de un invierno que se demora en Madrid. El preludio a una entrevista, esa víspera ocasionada por la tardanza, se asemeja al nervio absurdo del enamorado que espera a su cita. Sin embargo, el amor es admiración, aunque sea un oxímoron, y la impostura se transmuta en entereza. El corte de pelo de Manuel Vilas, el escritor de esa criatura que madura en los estantes de las librerías – resignándose a la fugacidad de los más vendidos –, junto a su gesto humilde, pasajero, hace dudar de que sea él quien se aproxima a mí.

Y en la primera frase, sin apenas darnos la mano y cruzar alguna que otra palabra – esas que levantan el muro de la formalidad –, Manuel Vilas se convierte en Manolo. No tarda en romper con aquello que distancia al escritor frente a quien entrevista: su gesto es humilde, generoso, cercano. Más que preguntarle, conversamos. Lo hacemos de literatura – del C´est moi de Flaubert, de Kafka, de Faulkner, de Rulfo, de Rayuela – hasta que no tardamos en cansarnos del capitalismo en este país.

Vienes de Iowa. Estás allí y aquí pega el boom Ordesa. ¿Cómo se gestiona el éxito desde allí? ¿Querías estar aquí para vivirlo, o te ha venido bien la distancia de estar tan lejos?

Has sido la primera persona que se ha fijado en eso. Yo hice la promoción de la novela y el 28 de enero me fui a Iowa, porque yo no sabía que la novela iba a tener semejante éxito. Me fui un poco apesadumbrado. Luego me fueron llegando noticias de que la criatura crecía. Era como bastante deprimente: ver crecer a una criatura a 8.000 kilómetros de donde tú estás y estar rodeado de un frío polar. Por otro lado, también, me vino bien en el sentido de que a lo mejor me hubiera puesto muy nervioso. Ese tipo de nervios me lo ahorré.

¿Conocer otra lengua te ayuda a escribir en la propia?

Sí, es una cosa brutal, una experiencia tremenda. Para un escritor, para una persona que no se dedica a la literatura imagino que lo vive con mayor tranquilidad. Pero para un escritor de repente todo ocurre en inglés y tú estás construyendo tus libros en español.

Conocer otra lengua, eso un escritor lo siente de una manera muy intensa. Incluso hay una cosa muy graciosa – que yo no sé si le pasa a otros – que a mí me pasa por hipocondría: tengo la sensación de que ya no voy a hablar español (risas). Se llega a vivir eso que tú dices de una manera tan intensa que hasta temes perder tu propia lengua.

La novela es pura explicitud, lo escrito es verdad. ¿Lo necesitaba el texto?

Yo buscaba una narración a pie de vida. Una historia que narrase mi origen familiar, mi familia, mi identidad, lo que he sido yo. Y buscaba eso a través de la figura de mis padres. Es una novela inmediata. Es, quizá, la historia más alucinante de todo ser humano: que es la historia de quienes te han puesto en este mundo. De repente, tú como ser humano puedes hacer muchas elucubraciones sobre quién eres, pero hay algo fundamental, primitivo, primario y elemental que es que alguien te trajo aquí. Y de ahí arranca, de ese sentido inmediato de la vida.

Eso tiene que ver con el misterio de la vida del padre y la madre antes de nacer

Está llena de fantasmas, es una novela autobiografía pero a veces se convierte en una novela de fantasmas, otras es un poco terrífica. Yo de hecho no la he vuelto a leer.

¿No quieres volver a releerla?

No, no. Yo no me la puedo releer. En absoluto. Para mí corregirla fue un sufrimiento. Y, de hecho, tuve problemas morales con la novela. Siempre he tenido problemas morales con este texto. En realidad, es un prensado de redacciones muchos más amplias donde había episodios más oscuros de mi vida que he quitado.

Lo conté en un artículo el otro día que publiqué en la prensa: me ponía a corregir y a la media hora me tenía que levantar, me iba a la nevera, me iba a ver la tele. Era un texto que me devoraba. Un texto que me implicaba muy directamente.

Hay una cosa que en la novela de Vilas siempre estaba presente: la aparición de tu padre. Pero ahora está también presente tu madre.

Claro, porque la novela arranca a partir de la muerte de mi madre. A los quince días de su muerte empiezo a escribir este libro. El libro es un reconocimiento de una orfandad. Yo no sabía que mi padre y mi madre eran tan importantes en mi vida hasta que se murieron. Esa constatación es terrible. Que no me diera cuenta de ello. La muerte de mi padre ya la había asumido. Pero, al morir mi madre, hizo como que la muerte de mi padre volviese otra vez a aparecer. Y se cerraba otro círculo. Entonces, la muerte de mi padre, que creía que ya la tenía asumida, se movió al morirse mi madre. Las dos muertes se me echaron encima. Todo eso fue lo que yo viví. Un sentido de desamparo absoluto.

¿Has encontrado un adjetivo que describa el género de la novela?

Es un cajón de desastre. Pero si he leído libros de la tradición española como El balcón en invierno de Luis Landero, que mi libro estaría por ahí. También La isla del padre de Fernando Marías, o Phillip Roth en Patrimonio. El cajón de la novela de no ficción es bastante socorrido, sirve mucho para esto. Volvemos otra vez a este problema de los géneros literarios: hay libros que se adaptan muy bien, y otros libros que se despegan un poco. Los míos siempre se despegan.

Hay, también, un aire de kafkiano, ese sentimiento de peligro enfermizo.

Yo a Kafka lo llevo un poco de serie. Obélix se cayó en la marmita y yo me caí en el kafkianismo. Es el escritor que a mí me hizo desear ser escritor. Yo soy un hipocondríaco total, yo estaba convencido de que tenía un tumor del tamaño de un puño en la cabeza. Fui al neurólogo. Me hizo una placa, un escáner. Y me dijo, usted tiene una cabeza normal. No hay nada. El hombre también se extrañó. Diría este tío tendría que ir al psiquiatra (risas).

Me parece que el cuerpo humano es una cosa maravillosa. Vas al médico, y te dice cuatro tonterías sobre tu cuerpo. En la enfermedad de mi padre, cuando vi el lenguaje limitado de la medicina, dije, la medicina solo sirve para prescribir drogas. Drogas estupendas porque hay una farmacología maravillosa. Pero no hay palabras, no hay poesía. La dimensión literaria que podría tener la medicina se ha perdido, de los pequeños matices del cuerpo, de esa parte poética que hay en la enfermedad. Eso que decía Rilke de que quería vivir su propia muerte.

¿Qué te suscita la aparición del género autobiográfico en escritores reconocidos? ¿nos dice algo de nuestro tiempo?

Yo creo que sí, que haya una coincidencia de tantos escritores caminando por los mismos lugares puede revelar un deseo de alternativa a la ficción. Una exploración de campos paralelos. Yo creo que no es circunstancial que se produzca. También en la literatura norteamericana está sucediendo lo mismo. Hay escritores que van por esta senda. Richard Ford acaba de publicar un libro sobre sus padres. O Knausgard, que ha cifrado todo su proyecto sobre una obra autobiográfica.

Eso que se ha venido a llamar autoficción pero que Ordesa no es para nada.

Esto de la autoficción es cada vez más enigmático. ¿Qué demonios es la autoficción? (risas). Al final es un misterio.

Y con el misterio es como empieza el libro: “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas”. ¿Eso no acabaría con la poesía?

Esa era una obsesión mía. Con el paso del tiempo, uno quiere saber cuánto ha sufrido. Pero las palabras son las que miden el sufrimiento y son inciertas. Qué mal lo he pasado, pero ¿cuánto? ¿Un catorce? ¿Un siete? Era sensación de penuria o incertidumbre a la hora de poder medir lo que uno sufre en esta vida. Es también un deseo de gravidez, en el sentido de que sea preciso.

Si hay una cosa de la que me siento orgulloso de este libro es el comienzo. Cuando escribí el libro, eso no se lo he dicho a nadie, pensé que el comienzo tenía que ser como cuando una banda de rock and roll da un concierto. Es importantísima la primera canción.

La novela, también, es un desnudo ajeno, sin impudicias, algo que te gusta reivindicar.  

Sí, el pudor en el mundo español es una herencia del catolicismo. Los narradores de otras confesiones religiosas no tienen este problema con la verdad. El miedo a la narración de la verdad de uno mismo se basa en la pérdida de estimación social. Si tú cuentas lo que te ha pasado en la vida piensas que los demás te van a marginar. O van a pensar que eres un depravado. En el mundo anglosajón no se mide así, se mide como un hecho de sinceridad.

Por otra parte, cada vez hay más literatura española que reclama ser impúdica. Hay ahí un territorio literario interesante. Estoy pensando en Clavícula de Marta Sanz, o el Amor del revés Luisgé Martín. Son libros confesionales donde el pudor sobra porque están escritos a pie de vida.

No sé si esa impudicia peligra con lo políticamente correcto. ¿Se publicaría hoy Lolita?

Por un deseo de corrección política podemos acabar todos sin cultura y sin literatura. El lugar de la literatura es el lugar de la vida. La vida es imperfecta. Probablemente el día en que la vida sea perfecta, desaparecerá la política, la literatura, la música, el arte. Desaparecerá todo.

Hay una imperfección fundamental en la vida que no desaparecerá nunca que es la muerte. La muerte y la enfermedad son en el hecho más imperfecto de la vida. Esas realidades humanas están ahí. No hay nada más políticamente incorrecto que morirse. Dejas de consumir, además. Es evidente que lo que se narra en Lolita es una ficción. Tachar a Nabokov de pederasta…por favor. Estos debates son del XIX. Es el mismo que llevó a Flaubert a los juzgados franceses porque en Madame Bovary salía un adulterio. Debería estar superado y reaparece. No es más que la actualización de la censura modernidad. La responsabilidad que se le exigía a Nabokov es la misma que se le exigía a Flaubert.

Se dice que Ordesa es una novela distinta a las otras de Vilas, cuando realmente, recoge la última expresión de elementos de tu obra.

Quien dice eso creo que no leyó bien mis libros anteriores. Quizá lo que ha sido extirpado es el mundo pop. Pero hay otras cosas que están ahí.

El humor en la tragedia. La política. Eso no se por qué, pero siempre me ha inquietado mucho. A mí me inquieta, por ejemplo, poemas como Capitalismo, porque no es una crítica, sino un culto a la belleza.

Hay un tema que es la ambigüedad. De repente, todo el mundo que sale a censurar la sociedad en la vivimos, a mí no me dice gran cosa. Meterle un borrón al sistema me parece muy fácil. Todos estamos formando parte de este sistema, no es fácil salirse. En cualquier caso, lo que sí puede añadir un escritor es un punto de vista ambiguo sobre eso. La descalificación instantánea del sistema es sencilla, es la que hace el populismo en la política. Pero eso no nos ayuda a saber cómo es la bestia que tenemos delante porque no la describe. Yo intento describirla.

Recuerda a una frase del libro: la corrupción de nuestros políticos distrae nuestras corrupciones morales.

Sí. En España vemos al político corrupto y nuestras corrupciones, porque nos corrompemos. Cuando has cocinado unos espaguetis y al repartirlo das la peor parte a tu hermano (risas). Yo creo que la literatura puede transmitir que la realidad es más complicada que lo que los medios de comunicación transmiten.

La figura del pícaro.

Eso es muy español, eso en EE.UU no existe. Por otras razones son abominables, pero para eso son absolutamente sanos. En la sociedad americana no se concibe la mentira, por eso está tan penada. Si el presidente miente tiene que dimitir. La mentira es inconcebible.

Cuando llegas y te preguntas: ¿va usted a asesinar al presidente del gobierno? (risas). Esa es la hipérbole de decir la verdad.

Esta obra, al tener esa duda sobre lo que habían sido tus padres antes, ¿no es también un tributo a tus hijos?

Eres hijo y te conviertes en padre. Y en ese tránsito se construye toda la existencia humana. Lo más importante es que, probablemente, los errores que tuviste con tus padres se repetirán con tus hijos, en un ciclo de malentendido universal. Por otra parte está en toda la literatura sobre padres e hijos, es una especie de gran metáfora de la identidad humana.

Entonces, ¿La incertidumbre de tus hijos sobre la vida de su padre se resuelve con este libro?

Ahí sí. Yo espero que cuando ellos sean mayores acudan al libro y vayan ahí a ver a su padre. Eso me planteaba también problemas morales, por un tema personal de cómo la familia puede leer tus cosas. Esa es una de las partes que más me preocupaba.

Mi hermano lo ha leído y le ha gustado. Algo a lo que también tenía miedo. Esos miedos son normales. Los protagonistas no pueden replicar porque están muertos. Es un poco monstruoso eso. Yo, quizá, me he dado cuenta un poco después. El hecho de que no hay réplica.

En alguna medida pensé que, desde la compasión, desde la empatía, eso me daba un pasaporte, cierta inmunidad, para poder entrar en esas vidas y salir bien parado.

Hay un homenaje a la música clásica, ¿qué música hay en Ordesa?

Empecé a escribir el libro con una canción de 19 minutos de Lou Reed y Metallica que se llama Junior Dad. Era como una salmodia, estaba todo el día escuchando esos minutos. Es una especie de oración, es del disco de Lulu. Luego escuché mucho un tema de Ennio Morricone de la banda sonora de Eráse una vez en América. También a The Cranberries.

Pero voy cambiando de música. Ahora, por ejemplo, estoy con una canción de Tom Waits todo el santo día.

Hay una metáfora literaria genial en el libro que es la borrachera con Perico Fernández. De una época decadente para los dos conviertes el fracaso en tu mayor éxito.

El hombre estaba muy deteriorado, los dos estábamos muy deteriorados. Era un poco una expresión de la desolación, pero también compasión. A mí me alegraba verlo. Luego murió poco después. Era el ejemplo del desamparo más radical, era una soledad brutal. En el 74 en España era una celebridad y ahora ha tocado fondo. Yo empaticé con él. Éramos dos tíos a la deriva, cada uno desde su frente. Yo me salvé, él se murió.

Cuando acabó de hablar, y tras un solo de guitarra eléctrica, sonaron los platillos de la batería.

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