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La apariencia del genio: Arthur Miller

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No es sólo la labor de escribir, por grande que sea esta, sino también la historia del personaje que está detrás de esas palabras rasgueadas lo que hace que se vaya perfilando la imagen del artista. A Valle Inclán le gustaba fantasear y fardar cuando hablaba de cómo perdió su brazo izquierdo. Él anhelaba convertir lo nimio en algo pomposo sin ningún tipo de miramientos, porque así es cómo se van forjando los grandes acontecimientos, las historias que resplandecen a base de ideas aparentes.

Recoger del suelo un papel desarreglado y transformarlo en una oda nada rutinaria es algo normal para los hombres y mujeres que sobresalen del resto aunque sólo sea a causa de su habitual y desvergonzada neurosis. Será porque tras las obras que pasarán a los anales de la Historia también está la vida más íntima del artista –en muchas ocasiones turbulenta y punzante-, la fábula de un temperamento que hasta de lo vulgar hace maravillas.

Éstos son seres incomprendidos, achacosos, depravados, hijos y nietos de la bohemia… Personas enamoradas del suspiro que se prolonga hacia esa vida que les ha tocado por suerte o por desgracia, ya que sus genialidades realizan vuelcos en el aire, casi siempre gracias a la tinta, la pluma y la absenta, como rapsodas tuberculosos y desarrapados que transforman el sin sentido del día a día en una mueca compensada que perdurará durante siglos en la retina de los lectores.

Yo gusto de las anécdotas que hacen de la vida usual del escritor una existencia desesperadamente ilógica, nada vulgar. Yo no sé si el genio nace ya como tal, tampoco es algo que nos debería importar en demasía. Pero lo que sí ocurre con esas naturalezas increíbles y la mayor de las veces apesadumbradas, es que pasan por delante de nosotros y dejan huella; están a nuestro lado y no nos queda más remedio que odiarlos o amarlos, ya que no existe punto medio a la hora de intentar entender la sombra del conmovido a causa de los sentimientos que le circundan la mente, el alma y el corazón.

Personalmente, me encanta la anécdota que le acaeció al bueno de Arthur Miller, dramaturgo y guionista estadounidense:

Él se encontraba sentado en un bar tomando una copa, cuando fue abordado por un hombre brillantemente vestido que le preguntó:-¿No eres tú Arthur Miller?

-Sí, lo soy, ¿por qué?

-¿No te acuerdas de mí?

-Tu cara me resulta familiar, pero…

-Soy tu viejo amigo Sam. Estudiamos juntos en secundaria.

-Me temo que…

-La vida me ha ido bien. Poseo unos grandes almacenes, una hermosa esposa y dos hijos maravillosos. ¿A qué te has dedicado tú?

-Bueno, yo… a escribir.

-¿Y qué escribes?

-Obras de teatro, sobre todo.

-¿Alguna vez te han producido alguna?

-Sí, alguna.

-Dime el título, a ver si la conozco.

-Bueno, ¿tal vez has oído hablar de Muerte de un viajante?

Aquel hombre lustrosamente acicalado quedó perplejo, con la boca abierta. Su rostro palideció y permaneció por un momento sin habla. Un rato después preguntó:

-¿No serás tú el Arthur Miller escritor?

 

Pues eso, cosas de genios.

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