Actualidad / Libros

Kim Ji-young, nacida en 1982

Kim Ji-young nacida en 1982 Comparte este post

La violencia, el machismo o la discriminación son monstruos que en ocasiones permanecen en las sombras, ocultos bajo un manto suave de aparente normalidad que los hace más fuertes. Esa “normalidad violenta” es la que nos presenta Cho Nam-joo en su novela corta Kim Ji-young, nacida en 1982; un retrato familiar que se convierte en altavoz para denunciar que la mujer sigue siendo menospreciada en todos los niveles.

Todo comienza con un hecho extraordinario: Kim Ji-young, una mujer coreana de lo más normal, sufre un aparente y repentino trastorno por el cual empieza a comportarse como su madre, también como una amiga ya desaparecida, y otras mujeres diferentes a ella. Lo que en un principio parece un caso clínico (y raro) es en realidad la somatización de un trauma generacional, de la carga que todas las mujeres en Corea (y por extensión en tantos países del mundo) llevan a sus espaldas: el de repetir sin remedio el patrón de sus madres, abuelas, amigas, vecinas… todas ellas actrices muy secundarias en una sociedad claramente patriarcal.

Tras ese inicio revelador asistimos mediante un largo flashback a la vida de Ji-young desde su más tierna infancia, terreno en el que la autora planta las semillas que brotarán en el futuro de la protagonista: pequeños actos en su núcleo familiar a través de los cuales queda claro el papel testimonial de la mujer en la sociedad asiática. Son los propios padres quienes con sus acciones y enseñanzas moldean a sus hijos (dos niñas y un niño, el pequeño y quien se lleva toda la atención) a la vez que perpetúan esos roles tan delimitados y desequilibrados. Con un tono directo y sin florituras, la autora consigue transmitir la sensación de familiaridad y credibilidad que la novela necesita. Así, al leerla no podemos dejar de sorprendernos ante unos hechos inaceptables y que tristemente no podemos sino hacer otra cosa que admitir como habituales. Esas pequeñas dosis de abuso sin ruido, sin aspavientos ni escenas dramáticas, ese cóctel de violencia de género muda y de aparente falta de peligrosidad resultan en su conjunto más impactantes que una bofetada.

Y así sucede a lo largo de toda la novela, capítulo tras capítulo, año tras año en la vida de Ji-young, quien ha de lidiar con los constantes desprecios (inconscientes y aceptados, que es lo más degradante) por parte de los hombres. Y lo que es peor: de las mujeres de su entorno.

Se tocan temas muy duros, y quizás el más doloroso es el del aborto: cuando se espera una niña en lugar de un niño, asistimos a una oleada de presión familiar y social para desechar esa opción y buscar la que es más conveniente para la familia; porque en un mundo machista siempre será mejor ser un hombre. Esa ley no escrita apuntala el resto de la historia: la domesticación de la mujer hasta el punto de ser ella misma quien se impone los grilletes.

Hay dos escenas muy concretas, una de ellas la entrevista de trabajo, en las que la normalidad con la que la autora describe las dantescas escenas y la protagonista las vive hacen erizar los vellos de la nuca; la vejación como vehículo habitual, el horror aceptado sin más. El abuso silencioso en la novela se viste de irremediable normalidad, un nadar a contracorriente convertido en el único modo de moverse. Todo ello a través de una vida tan mundana como lo es la de Ji-young, pero también la de nuestra vecina, nuestra compañera de trabajo e incluso una familiar. La sensación de impotencia ante tales acontecimientos plantea al lector una serie de preguntas que deambulan por su cabeza durante mucho tiempo.

En el acto final de la novela, que ya nos presentan al principio, los años bajo un yugo apenas perceptible pero asfixiante y el aciago destino de las generaciones que recaen en Ji-young explotan en un arrebato que es al mismo tiempo una rebeldía y un grito de socorro. ¿Alguien lo va a escuchar?

Kim Ji-young, nacida en 1982 es una larga agonía a través del tiempo (el de la protagonista y por extensión el de la mujer a lo largo de la historia); la crónica de la dominación del hombre sobre la mujer, al ralentí y sin apenas giros drásticos de volante, pero firme en su dirección. Su lectura es una invitación a no bajar la guardia, a no creer que la igualdad que se supone debemos alcanzar (y que quizás deberíamos haber logrado ya) todavía está muy lejos de ser una realidad.

Deja un comentario

Entradas relacionadas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: