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Intertextualidad en la poesía de Ángel González

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«No sé si somos conscientes de que escribir es reescribir, volver a decir lo ya dicho por otros, presentándolo bajo una luz nueva, añadiendo tal vez una inflexión, un tono de voz único, inconfundible, que en algunos casos merece la pena ser oído»

Ángel González

Consciente del carácter ficcional de su propia voz, Ángel González lo dejaba claro: “El poeta es un fingidor. Del mismo modo que el cantante ha de impostar su voz – desnaturalizarla, falsificarla –, el poeta debe situar la suya […] en una tesitura que no es natural”. En realidad no estaba diciendo nada nuevo. La primera frase no era otra cosa que una alusión al título de uno de los poemas más conocidos de Pessoa. Y él lo sabía. Y sabía que sus lectores lo sabían también. De alguna forma estaba proponiendo un sencillo juego de referencias y – a la vez – una de las características más complejas y esenciales de su obra: su carácter intertextual. Esa es la idea que se esconde también en las – aparentemente – inocentes palabras del poeta que abren este texto: la escritura como acto de repetición, de reescritura.

“Escribir es reescribir”, dice la cita, e interpretando desde nuestra posición esa frase podemos comprenderla, seguramente, mejor que el propio Ángel González. El concepto de intertextualidad es un término que hoy en día ya no puede extrañar a nadie. Mijaíl Bajtin fue el primer crítico al que se reconoce un acercamiento a la teorización sobre este concepto. Marta B. Ferrari define, en un artículo en el que habla sobre los intertextos en la poesía de Ángel González, las ideas de Bajtín referentes a la intertextualidad con las siguientes palabras:

En la medida en que todo autor ha sido antes lector de otros textos que conserva en su memoria en el momento de producir el suyo, necesariamente establece con todos ellos una relación dialógica, por lo que, en todo discurso no oímos solamente la voz del autor, sino una pluralidad de voces superpuestas (Marta Ferrari)

El origen del término bautizado como tal se le atribuye a Julia Kristeva y su artículo La palabra, el diálogo y la novela, en el que pretendía acercar el pensamiento dialógico de Bajtín a las academias europeas. La principal novedad en los planteamientos de Kristeva radica en que, mientras Bajtín negaba la intertextualidad en el lenguaje poético, ella acentúa precisamente la predisposición de la poesía a ser afectada por los juegos intertextuales. En el artículo se utiliza por primera vez el término en la siguiente cita:

Un descubrimiento que Bajtín es el primero en introducir a la teoría literaria: todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto. En el lugar de la noción de intersubjetividad se instala la de intertextualidad, y el lenguaje se lee, por lo menos, como doble (Julia Kristeva).

Después de Kristeva, el concepto ha evolucionado en distintas direcciones. Gerard Genette, en su libro Palimpsestos: la literatura en segundo grado (1989) define la intertextualidad “como una relación de copresencia entre dos o más textos” y se establecen tres grandes grupos de relaciones intertextuales: la cita entre comillas, la alusión y el plagio. Graciela Reyes facilita la comprensión y la normalización del concepto: “el carácter citativo del discurso es manifestación de uno de los rasgos fundamentales de los sistemas semiológicos: la posibilidad necesaria de que un signo pueda repetirse, la iterabilidad. En la misma línea, y acercándonos mucho al sentido con el que aparece la intertextualidad en la obra de Ángel González, José Enrique Martínez explica en su libro La intertextualidad literaria que “cualquier texto previo puede ser utilizado en la producción de un nuevo texto”, sin que esto pueda extrañar al lector – aún menos, al crítico –, pues “entra dentro de la práctica lógica del uso alusivo de textos conocidos para facilitar la interacción comunicativa con el lector”. Por último, también es interesante tener presente una idea de Harold Bloom, relacionada con la visión de la escritura como acto de iterabilidad, según la cual un poeta no puede ser ya un ego autónoma y aislado, sino “un ser atrapado en una relación dialéctica con otro u otros poetas”.

A partir de esta idea he seleccionado algunos poemas de Ángel González en los que la teoría de la intertextualidad resulta clave para su comprensión. En el primero de ellos, “A veces”, publicado en Breves acotaciones para una bibliografía, se establece un símil entre la escritura y el placer sexual (“Escribir un poema se parece a un orgasmo”). Las imágenes alegóricas se utilizan para reforzar la comparación y despertar en el lector el sentido erótico: “manoseo las palabras/ muerdo sus senos”. En este momento aparece el juego intertextual, la presencia de una voz ajena a la del escritor. En esta ocasión, el poeta declara abiertamente el autor del texto al que hace referencia e incluso entrecomilla la frase: “Lo expresaba muy bien César Vallejo: “lo digo y no me corro””. En realidad, la frase no es textual sino una paráfrasis de una parte del tercer verso del poema de Cesar Vallejo “Piedra negra sobre una piedra blanca”, que dice así: “Me moriré en París – y no me corro –/ tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”. Tampoco el significado de la expresión es sinónimo: Vallejo la utiliza como sinónimo de no tener miedo o escapar de algo o alguien; el poeta asturiano, en cambio, recurre a esa misma expresión dándole un significado nuevo y dotando, por lo tanto, al verso de un doble sentido que mezcla el significado original con el sentido sexual de la expresión “correrse”. Pese a este nuevo matiz, la alusión – el juego intertextual – resulta imprescindible para la comprensión del poema y abre una complicidad con el público que va más allá de la propia obra. La intertextualidad aparece, en consecuencia, como pilar fundamental del edificio poético.

Otro poema en el que esto ocurre es “Glosas a Heráclito”, publicado en Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (1976). Su propio título nos anticipa el carácter alusivo del texto. El poema está subdividido en tres aforismos basados en una de las afirmaciones más populares atribuidas a Heráclito. La frase original, traducida al castellano, dice algo así: “Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña”. Encontramos en ella la idea de que en el mundo nada es estático, nada permanece y todo está en continuo cambio. Ángel González caricaturiza estos pensamientos, no para menospreciarlos sino para introducir la crítica social en una sentencia que, en principio, estaba lejos de ese significado. En la primera parte se desmiente irónicamente la frase de Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río. / Excepto los muy pobres”. En la segunda se parte de esta deformación consciente para darle la vuelta a la frase: “los multimillonarios: / nunca se bañan dos veces en el mismo / traje de baño”. Por último, la tercera parte de poema subtitulada “Traducción al chino” termina de deformar la expresión de Heráclito para hacer referencia a un momento histórico concreto: la revolución china. “Nadie se mete dos veces en el mismo lío. / (Excepto los marxistas-leninistas)”. Volvemos a ver como el poema de Ángel González nace en la frase del filósofo por más que la deforme y caricaturice: la referencia intertextual vuelve a ser la herramienta clave para la creación poética.

Por último, un caso menos explícito, pero seguramente más obvio que los anteriores: el poema “Poética nº4”. En este caso no encontramos la referencia nombrada en el título ni a lo largo texto pero cualquier lector la identificaría en el primero verso: “Poesía eres tú”. Se abre el poema recurriendo al juego intertextual, referenciando a la Rima XXI de Bécquer para, de nuevo, hacer que el sentido de la frase apunte a una dirección muy distinta a la de su contexto original. En la rima del poeta sevillano, el verso servía como respuesta a una pregunta anterior (“¿Qué es poesía?”), y se pronombre, ese “tú”, referenciaba sin duda a una persona. En el poema de Ángel González la respuesta es el primer verso, y a continuación, se marca conscientemente una diferencia con la rima de Bécquer: “dijo un poeta / –y esa vez era cierto–” (entendemos que otras veces no lo era). Y se cierra el poema convirtiendo la referencia al verso original en una distancia insalvable entre ambos textos: “mirando al Diccionario de la Lengua”. Vemos como el sentido vuelve a transformarse por completo: esa segunda persona ya no es, como se ha dicho a propósito de Bécquer, una mujer, sino el “Diccionario de la Lengua” (y puntualizado “esa vez era cierto”). Con todo, la subversión del mensaje, el profundo cambio de sentido, la referencia resulta básica no ya para la comprensión del poema sino también para su existencia: volvemos a ver como la creación literaria parte necesariamente de otra creación anterior, el carácter alusivo hace al lector ir más allá del poema mismo, le propone un papel activo en el proceso comunicativo.

Queda clara la presencia de la intertextualidad como característica esencial en la poesía de Ángel González y se confirma, a la vez, la posibilidad (en realidad, la obligación) de que una obra literaria parta de otra creación anterior si realmente pretende resultar interesante al lector, trascender más allá de sí misma e implicar a este en un proceso de comprensión activo. “Escribir es reescribir” decía el poeta en la cita que abre el texto, “volver a decir lo ya dicho”. Y es que parece que el verbo escribir ya no tiene sentido si no se escribe detrás del prefijo.

Para cerrar, se me ocurre una idea de Umberto Eco: eso de que el mundo se divide en dos tipos de personas, los “apocalípticos” y los “integrados” (1995). Y por si todavía hay a quienes el concepto de intertextualidad como centro de la creación literaria les parezca exagerado, el propio poeta habló, en su momento, sobre esto, dejando claro hacía que lado de la balanza se inclinaba:

[La] intertextualidad es un fenómeno viejo, y yo diría que inherente no sólo al hecho literario, sino a todas las actividades propias del ser humano; igual que en la literatura, se pueden advertir en la gastronomía, en el ajedrez, en la moda o en el diseño de vehículos de motor. En cualquier cosa que el ser humano cree – de crear o de creer, da lo mismo –, siempre se podrán encontrar huellas dactilares de otro hombre o de otra mujer. (El País, 1994)

Bibliografía

BÉCQUER, Gustavo Adolfo. Rimas. Madrid: Cátedra, 1988.

BLOOM, Harold. La angustia de las influencias. Venezuela: Monte Ávila Lationamericana, 1991.

ECO, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona: Tusquets Editores, 1995.

FERRARI, Marta B. “Un constante regreso: la escritura intertextual”. Prosemas 1. Oviedo: Universidad de Oviedo, 2015.

GENETTE, Gerard. Palimpsestos: la literatura en segundo grado. Madrid: Taurus, 1989.

GONZÁLEZ, Ángel. Poemas. Madrid: Cátedra, 1980.

_ “A propósito de la intertextualidad”. El país. 22 de abril de 1994. p.3

_Entrevista. “Diálogo con uno mismo a través de cinco preguntas formuladas”. Guía para un encuentro con Ángel González. Oviedo: Luna de Abajo, 1997.

_ Palabra sobre palabra (antología). Madrid: Seix Barral, 2010.

KRISTEVA, Julia. “La palabra, el diálogo y la novela” Semiótica 1. Madrid. Editorial Fundamentos, 1978.

MARTÍNEZ FERNANDEZ, José Enrique. La intertextualidad literaria. Madrid: Cátedra, 2001.

REYES, Graciela. Polifonía textual: la citación en el relato literario. Madrid: Gredos, 1984.

VALLEJO, César. Antología poética. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

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