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“Historias de Bellas Montañas” entrevista a Ramón Portilla

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Hablar de Ramón Portilla es hablar de un alpinista de raza, auténtico y que ha encontrado su gran pasión, las montañas. Esa pasión la ha recogido  en su segundo libro “Historias de bellas montañas” de la Editorial Desnivel. Cada  una de ellas encierra historias que Ramón Portilla va desgranando con sus primeros conquistadores y los libros que recogen esas historias para dar paso a la suya propia, escrita en primera persona. Un total de 19 montañas  repartidas por los Andes, Alpes, Himalaya y África.

Nos recibe en su tienda de montaña de Madrid para contarnos sus vivencias sin prisa y transmitirnos su pasión.

¿Qué podemos encontrar al leer este libro?

En este libro he querido contar historias de las que son mis bellas montañas, las que he amado.

Escribes que La Pedriza ha sido una buena escuela para ti ¿en qué sentido?

La Pedriza es un sitio especial, mágico, uno de los lugares más increíbles del mundo. Si hubiera estado en EEUU o en otros países hubiera sido uno de los sitios más famosos de escalada de la tierra.

En La Pedriza no solo descubrí la escalada, eran las pozas donde te bañabas que ahora está prohibido, eran las cuevas donde dormíamos. La Pedriza era esa vida salvaje, que siendo un chico de ciudad, tenía a una hora de Madrid.

¿En tus ascensiones, cómo sabes cuándo es el límite al que puedes llegar?

Lo gestionas con años de experiencia y de haber pasado situaciones parecidas. A 200 metros de una cumbre, como ocurrió en el k2 que había supuesto un año de trabajo, de preparación y de conseguir dinero, meses de expedición decides que ese es el punto final porque estás al límite.

Es una raya que no hay que sobrepasar porque si lo haces igual no vuelves, si decides dar la vuelta es porque las condiciones son extremas o porque no puedes más. En las montañas hay que bajar, si estás a 8.000 metros, no te baja nadie. O te bajas tú solo o te quedas ahí.

En el libro cuentas ascensiones en Alpes al Cervino, Dru, Eiger, Piz Badile , Cima grande di lavaredo y el Espolón Walker. Es en este último donde sufres un grave accidente ¿Cómo lo viviste?

Ascendiendo al Espolón Walker se desprendió un bloque de piedra y en la caída sufrí una fractura abierta de tibia y peroné, era gravísimo. Estuve 12 horas colgado de la cuerda. Lo primero que sentí es estar en shock del pánico de verme ahí y la tensión. Luego me di cuenta de que no nos iba a recoger nadie.

A mi compañero Fernan le dije que me hiciera un torniquete, que aunque sé que hay posibilidades de que haya una gangrena era la única forma de parar la hemorragia y sobrevivir.

El dolor no importa, cuando has sufrido tanto. No me quería morir, así que pensaba que mientras hay dolor hay vida, y que si veía amanecer tenía alguna posibilidad de que me rescataran. Mi hijo tenía 9 meses y no me lo podía permitir. Después los médicos me dijeron que si hubiera habido unos grados más de frío esa noche hubiera perdido el pie.

Es la noche que con los años recuerdo la más dura y  también de la más bellas de mi vida, al ver el amanecer.

¿Crees que los alpinistas tenéis una mayor capacidad de sufrimiento?

Ramón Portilla en su tienda de montaña en Madrid

No somos superhéroes, cuando has pasado unas cuentas malas noches ya sabes las horas que dura el sufrimiento, el frío y que no hay más remedio que aguantarlo. La capacidad de sufrimiento no se entrena, pero haber sufrido mucho hace que ya sepas lo que te espera.

Describes un gran amor por la Patagonia y en especial por la cumbre del Cerro Torre.

Fue muy especial desde que de niño vi la foto en un libro y dije que tenía que subir a ese hongo de nieve del Cerro Torre y después de muchos años cumplí el sueño. Estaba en forma, el tiempo era bueno, cuando llegué arriba  fue un momento en el que si existe la felicidad, lo mas parecido es lo que sentí ahí arriba.

Entre todas bellas montañas que recoges en el libro tienes muchas en el Himalaya como el Laila Peak que conseguiste tras un sexto intento y que como cuentas tuviste un vacío cuando llegaste a su cima. ¿Qué sentiste?

Durante cinco años solo pensaba en subir esa montaña, la había visto 17 años antes y desde el momento que la vi me enamoré de ella. Cuando en el quinto intento logré la cima sentí  un gran vacío. Al conseguir ese sueño, donde había puesto mi pasión y energía durante tanto tiempo, sientes que has perdido algo. Por eso ese capítulo lo llamó “Una pequeña historia de amor”. Para mi es una montaña estéticamente de las más bonitas y es difícil volver a encontrar otra así.

Hay muchas maneras de vivir y disfrutar de la montaña ¿Cómo la entiendes tú?

La montaña entró en mi vida con 15 años, y fue una historia de amor. Automáticamente supe que iba a ser la pasión de mi vida.  Existe un alpinismo romántico y soy de esa generación de alpinistas románticos.

Siempre he vivido la montaña con amigos y lo más importante era volver todos, con o sin cumbre. Lo que yo valoro en las montañas es la amistad. Convivir en situaciones duras es lo que te hace conocer a la gente, lo bueno y malo de cada uno.

Juanjo San Sebastián y Sebastián Álvaro, que escriben la contraportada y el prólogo respectivamente, son más que amigos, son mis hermanos, nos dejaríamos la piel si cualquiera de nosotros tiene el más mínimo problema y eso lo hemos aprendido viviendo situaciones extremas.

En las montañas lo que me interesa  es lo que vivo en ellas, me gusta escalarlas, lo que me enriquece son  las sensaciones que tengo haciendo esas actividades, no subir a la cumbre, eso es secundario. Lo que importa es el camino que recorres para llegar a ella.

Y para terminar ¿qué proyectos tienes ahora en marcha?

Entre varios proyectos tengo el de escalar este año una de las fisuras más bellas de la tierra, la ruta Perestroika Crack en el Pico Slesov de 4.240 m en Kirguistán junto a mi compañera en esta aventura, Marina Fernández.

Y puestos a soñar y viajar tan lejos nos gustaría completarlo con la travesía de otros tres picos, el Peak 4.810m, 1000 Years of Russian Christianity y Kotina. Sería hacer la repetición de una ruta de gran compromiso, escalada en una sola ocasión en el año 2012 por Peter Fasoldt y Josh Finkelstein.

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