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Game boy: callarse o morir

Game Boy Victor Parkas Comparte este post

Este texto no debería existir. El libro sobre el que quiero escribir tampoco. Si, como asegura Víctor Parkas, autor de Game Boy: un libro de ficción, ensayo y privilegio, “todo hombre blanco hetero tiene, como nexo común con sus iguales, la irrelevancia”, parece obvio que yo (hombre blanco hetero hasta que se demuestre lo contrario) no debería escribir esto. Y Víctor Parkas tampoco debería haberlo hecho. ¿No? Los tipos como nosotros (nosotros mismos) ya hemos hablado demasiado. Ya hemos escrito demasiado. Ya hemos formado parte de cánones literarios, de listas de ventas, de portadas de diarios. Ya hemos ocupado demasiado espacio: en los medios, en las antologías, en las estanterías, en las bibliotecas y hasta en los asientos del metro. Y el mundo nos está gritando y exigiendo que nos echemos a un lado. Que dejemos de copar todos los malditos espacios.

Es una contradicción inmensa. Y el propio ejercicio de afrontar la contradicción, de enfrentarla, también lo es. En el fondo, la solución sería mucho más sencilla: callarse. Que hable quien tenga que aportar algo. Quien ha sido silenciado durante años. Durante siglos. Dejemos de repetir perpetuar nuestros discursos. ¿No es, acaso, el cuestionamiento del propio discurso una forma más de reinventar el discurso propio? Decía Samuel Beckett que, cuando uno está con la mierda al cuello, solo queda jugar. Vila-Matas ha convertido la absurdidad de la literatura en el motor de su literatura. Pessoa se reinventaba para no callar (entre sus muchos heterónimos hubo, desde luego, nombres de mujer). Puede que haya algo de todos ellos en Game Boy. No de Beckett, de Vila-Matas o de Pessoa en concreto; pero sí de todos esos hombres blancos hetero que han sentido su voz como absurda y fuera de lugar y han convertido la reflexión acerca de la irrelevancia de su voz en el mismo centro de su relevancia literaria.

El caso de Víctor Parkas es significativamente distinto. Game Boy “no es una recopilación de sangrantes columnas de opinión, ni tampoco una novelita generacional sobre el ocaso de las masculinidades tóxicas, ni mucho menos un conjunto de relatos endiabladamente pop”, dice la contraportada de libro, “Game Boy es todas esas cosas a la vez”. Y yo añadiría: Game Boy hace de la mezcla y la fragmentariedad un arma contra sí mismo.

El hecho de que uno no pueda describir Game Boy tanto por lo que es como por lo que no (o por ese conjunto de cosas que no es y es a la vez) ya da una pista de lo que el libro persigue. Que no compre este libro quien quiera una novela con todas sus letras. Que no lo compre quien busque un ensayo. Tampoco quien quiera una colección de relatos. O sí: que lo compren todos ellos. Que lo compren con una condición: que no tengan miedo a descubrir, en el proceso de lectura, cómo los géneros se ven arrastrados hacia una espiral de confusión en la que todo deja de ser lo que era y los fragmentos (que ya no son) se mezclan con otros fragmentos, con citas sacadas de contexto y con recuerdos que la lectura pretende despertar en el lector, haciendo de todo ello una amalgama de ideas confusa (pero, a la vez, muy clara; uno de los mayores logros de este libro) en la que uno acaba cuestionándose a sí mismo, al autor de libro, al propio texto y, con total seguridad, a los cientos, miles, o decenas de miles de textos escritos por hombres blancos heterosexuales que, en su vida, haya consumido. Porque, no nos engañemos, leemos y sobre todo hemos leído, a hombres blancos heterosexuales. Y parece que seguimos haciéndolo.

Y ahí una de las claves de este libro: en él, Víctor Parkas no busca reinventarse para seguir ocupando espacios que siente que no debería ocupar, sino para generar, en esos espacios, una reflexión acerca de la pertinencia de ciertos discursos (y, sobre todo, de ciertos autores tras ellos). Para ello, Parkas habla de masculinidad tóxica, de nuevas masculinidades (tóxicas), de música, de sexo, de paternidad, de antifascismo, de su polla o de la polla de su abuelo. Y con todo ello consigue que el lector se haga preguntas (muchas de ellas, sin respuesta alguna) que hoy en día todos deberíamos hacernos. Este texto es una de ellas: ¿callarnos o problematizar nuestra voz?

Incluso con todas sus contradicciones, o precisamente por ellas, Game Boy resulta imprescindible hoy. Insisto: sobre todo para hombres blancos y heterosexuales. No como espacio seguro en el que seguir recreándonos, porque nuestro espacio seguro sigue abarcando demasiado espacio. No como autoengaño para seguir reafirmando nuestros privilegios bajo una carcasa más amable, sino como herramienta para tomar consciencia de ellos y utilizarlos en la dirección más adecuada. Es imprescindible que nosotros mismos aprendamos y dediquemos nuestro propio discurso en hacer aprender, en la medida de lo posible, a nuestros semejantes. No porque sepamos más que nadie (seguramente sea todo lo contrario), pero sí porque tenemos el deber de hacerlo. Nuestra irrelevancia no tiene derecho a seguir ocupando espacios, y mucho menos nuestra ignorancia. Compra el libro, léelo, y pásaselo a tu colega. Da igual si tu colega pasa tiempo en asambleas, en discotecas o encerrado en casa; da igual si se considera o no feminista; si le gusta la novela, los libros de cuentos, el ensayo o si no se ha leído un libro en su vida. Pásaselo y comentadlo. Pásaselo a tu padre, al novio de tu hermana, a tu hermano.

Hace cosa de una semana estuve en la presentación del libro en La Central del Raval, en Barcelona. Allí Víctor Parkas y Julia Beltrán hablaron sobre Game Boy y una sala abarrotada escuchó sus reflexiones. Un tema sobrevoló la presentación de principio a fin, cuando un hombre (cómo no) abrió el turno de preguntas y quiso comentar lo que la mayoría habíamos pensado: habrían allí más de setenta personas y, de entre todas ellas, yo no conté más de diez hombres. Creo que la cifra habla por sí sola.

Por ir callándome: “Game Boy Pocket”, “Game Boy Advance” y “Game Boy Color” son tres títulos de algunos de los no-relatos—no-ensayos—no-capítulos de este libro de Víctor Parkas. Son nombres para nada inocentes. Juego de niño, juego para niño. De bolsillo, avanzado, en color. Los nombres de distintas ediciones de la consola de Nintendo. Pero, mientras leía Game Boy, yo he tenido otro nombre atravesado en la garganta: Game Boy Advance SP Girls Edition. Corresponde a otro modelo de Game Boy, publicado en 2004, de color rosa (como la colección de Caballo de Troya a la que pertenece Game Boy: un libro de ficción, ensayo y privilegio) y destinado a niñas, a las que, al parecer —y tal y como el nombre indicaba—, no iba destinado ninguno de los modelos anteriores.

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