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Fractura, de Andrés Neuman. Sepan que no es el final

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La humanidad es porque fue. El puzzle desordenado y huérfano que llamamos memoria se construye con los vestigios del pasado que resisten al oleaje del tiempo: una suerte de fascinación y azar. También hay recuerdos atrincherados que florecen con un olor, un roce de mejillas, una canción con nombre de cinco letras, con esa extrañeza de lo insólito y lo familiar en el mismo instante.

Observaba en la estantería, entre los libros dispersados por el suelo, el lomo verde atómico de Voces de Chernóbil (Svetlana Alexiévich) y dos imágenes persistían intactas como ráfagas en el recuerdo – que se codifica por secuencias –: la asfixia ante el relato de los supervivientes y su necesidad por contarse lo sucedido a sí mismos. Después de la tragedia alguien debe ponerle un nombre, designar aquello que estremece, pero aleja de la palabra – las personas se convirtieron en filósofas, retomaron la fe para comprender aquello que carece de explicación. “Nadie nos enseñó a vivir sin Tolstói”, recuerdo – como esos capítulos literarios que se mueven en la frontera con los episodios de tu vida – que dijo una mujer anónima, como los cuerpos en las catástrofes.

El impulso de relatar los hechos que padece la humanidad funciona por instinto, un mecanismo de indigestión. En las cuevas prehistóricas se dibujaban hazañas de cacería – el enfrentamiento primitivo ante el salvajismo de la naturaleza que llega hasta a Las palmeras salvajes y atraviesa toda la genealogía de literatura –, el mito a la belleza de los animales. Pero, en Japón, ante Fukushima y Nagasaki, pese a su distinto génesis, imperó el silencio, la desmemoria, el olvido. Neuman, con su última novela, Fractura, despierta sentimientos que se pensaban muertos: describe, con la necesaria frialdad ante la barbarie, la falta de oxígeno bajo el testimonio del inescrutable señor Watanabe; indaga en el terror de que se convierta en humo todo lo que dábamos por seguro: la certeza, los muros, el paisaje, la vida.

La ruptura con el presente conduce, inevitablemente, a modo de socorro, a una vuelta al pasado – cuando las esperanzas se marchitan frente a los pies del futuro. Al igual que en la frontera del tiempo, en la frontera literaria entre dos mundos surge Fractura: una sólida combinación del territorio de la poesía y la novela. Quien se mueve en esa delgada línea con el suficiente desparpajo para no cargar de solemnidad al texto – entorpecer los ritmos de la narración –, como trapecista sin arnés, o que rastrea la diferencia tan corrosiva entre los géneros, siempre demuestra no sólo honestidad sino valentía en su obra. Sus formas literarias, salvo excepciones concretas que no invalidan el cariz propio del texto, están regidas por un minucioso cuidado del esteticismo con frases directas entrelazas entre sí – solemniza algunos enunciados sin provocar hastío en el peso de las palabras; al contrario, está dotado de una escrupulosa liviandad.

Andrés Neuman, autor de la novela ‘Fractura’

Watanabe, el coprotagonista junto al amor de Violet, Lorrie, Manuela y Carmen, al amor por París, Nueva York, Buenos Aires y Madrid, es la figura que da orden a la novela, pero que, al mismo tiempo, se esconde en ella: se convierte en un enigma, una figura deforme en el reflejo de sus parejas, en una de esas ilusiones narrativas donde se desconoce la realidad que se muestra. Neuman mide el silencio, ese arte de no escribir.

Fractura es un camino que se dilata hacia nuestra interior, cartografía la memoria sentimental de finales de siglo en la tensión de Occidente y Oriente. Conjuga dos paradigmas distintos, casi antitéticos, reseñando sus contradicciones, lo que la sociología convencional denomina choque cultural. Es subrayable su dinamismo en el juego del tiempo, expresado con naturalidad, acentuando la robustez estructural de la novela. Quizá su mayor éxito, junto al eclecticismo que le proporciona personajes tan asimétricos, haya sido ambientar un sentimiento de época: configurar un marco histórico que, desde la ficción, resulte distinguible al lector – sin liturgias de la Historia innecesarias para una novela que no pretende ser una crónica. La construcción de esa atmósfera le permite convertir en literatura algo a lo que teme la novela actual – por esa patología congénita de evangelización del pasado –, como las redes sociales o los likes en Facebook.

Esta configuración del relato anuda el amor por sus personajes al amor de Neuman por las ciudades que habitan. Dotar al texto de tantos personajes femeninos – caracterizados sin reafirmar estereotipos – desde un narrador en primera persona acarreaba, tal vez, uno de los mayores peligros de la ficción: la inverosimilitud. El desamor no es trágico, como en la vida, no deshoja de sentido a este bosque de calles en la primavera que precede al verano, donde mueren y nacen los árboles, este lugar de nadie conquistado por la tristeza, el silencio de las palabras que dicen lo que apenas se puede pensar. La ausencia de Lorrie, el vacío que dejó en mí, en la novela se resuelve con el vigor de las demás mujeres. La pasión de descubrir a escritores se satisface, como al despedirse tras terminar desnudos, cuando sabes que habrá más ocasiones. Quien lea esta novela de Neuman, sepa que no es el final.

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