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En realidad, nunca estuviste aquí: el disparo certero en la novela corta

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Uno de los puntos fuertes del arte —o así lo defienden algunos expertos— es su capacidad de expandirse en más de una disciplina, mezclarse entre ellas para crear nuevos lenguajes, nuevas expresiones escapando de las limitaciones propias de la pintura, la música o la literatura. Existen innumerables casos a lo largo de la historia, lejanos y cercanos; por supuesto, la actualidad no es una excepción.

Jonathan Ames hace gala de esa mezcla de disciplinas en su novela negra En realidad, nunca estuviste aquí, editada en España por la editorial Principal de los Libros dentro de su colección Principal Noir. Siguiendo la estela de la primera novela de su colección (SOLO LAS BESTIAS con enlace a la reseña), nos encontramos ante una historia que es algo diferente a lo que predomina en el panorama de la literatura policíaca. Cuesta encontrar elementos outsiders dentro de una dinámica que busca establecer un producto que pueda venir, repitiendo fórmulas que aunque conocidas siguen dando resultado. Sin embargo, en ocasiones hay editoriales o editores y editoras que se arriesgan y ponen por delante la experimentación antes que los números. En realidad, nunca estuviste aquí es un ejemplo, una historia que se sale por la tangente y no se mece en las aguas de lo que hoy parece ser un cánon en la novela negra: tramas intrincadas, tropecientas páginas en las que no sucede nada pero se intenta ser profundo y unos desenlaces que lo dejan todo atado y bien atado.

Pero no es éste caso. Porque uno de las características que la hace diferente es su estructura y narrativa, que la acerca de una manera directa al guión cinematográfico.

Lo primero que hay que decir es que En realidad, nunca estuviste aquí es una novela corta. Apenas un centenar de páginas en las que se desarrolla toda la trama, que contiene varios escenarios y mucha acción, con lo que la estructura narrativa tiene que ser muy dinámica, con diálogos cortos y pocos momentos estáticos. Éstos son abruptos; haciendo un símil con el género, son como balas disparadas a quemarropa, a veces de un modo inesperado. Es por ello que Ames elige, teniendo experiencia en televisión, mezclar la literatura con el cine y convertir su historia en una suerte de guión literario. Es como si después de ver una película se le pidiera a un escritor que la convirtiera en un libro. Y lo consigue, pues la fluidez con la que se suceden los acontecimientos es muy alta y se tiene la sensación en todo momento de estar visualizando una película, algo que probablemente fue la intención de su autor.

El protagonista, pese a encarnar el típico y tan manido cliché de ex-agente atormentado, oscuro y antisocial, cumple con su cometido: ser el catalizador de la acción y el centro gravitacional de la trama, pese a que ésta se amplifica y rasca en la superficie de unos temas muy turbios en los que la clase política no sale muy bien parada. Como casi siempre en este género novelístico, por otra parte. Pero al final, ese mundo apenas se describe lo necesario. Lo importante es nuestro protagonista y lo que le sucede. A su alrededor aparecen algunos personajes, todos secundarios, que conforman un pequeño elenco de los bajos fondos de la sociedad que tanto aparecen en este tipo de novelas pero que en En realidad, nunca estuviste aquí son más bien parte del decorado; gente sin nombre, que no importan, que viven o mueren por puro azar. Elementos desechables en la trama y en la sociedad. Un paralelismo que sin duda encaja a la perfección.

Es precisamente su estructura narrativa, tan cercana al cine -de manera consciente o no- lo que consigue que su lectura sea ágil y rápida. No olvidemos que es una novela corta. Se puede leer tranquilamente en una tarde, con un par de parones para ir al lavabo. En esos parones tal vez repases un par de escenas, muy cortas y caóticas, porque no te ha quedado claro el desarrollo de la acción; esa es la gracia y el hándicap de la novela, su concatenación de escenas trepidantes sin apenas dejar lugar para el respiro o que el lector pueda asentarse en la historia. En ocasiones, en realidad, parece que no se quiera dejar al lector adentrarse realmente en la trama, como si fuera espectador de un persecución automovilística que pasa por delante de sus ojos mientras pasea al perro y los coches desaparecen de su vista con la misma velocidad con la que llegaron.

Se lee y apenas se rasca la superficie de todo, del personaje principal, de la trama política, de los suburbios que se nos intuyen. Pero está bien, eso no es lo que importa; es suficiente con ver e intuir la sombra del horror, como nos sucede a la gran mayoría en la vida real. Sabemos que hay algo horripilante detrás de la máscara pública, pero no queremos saberlo. Por eso la novela sólo muestra esa sombra y se dedica a viajar a lomos del protagonista en una vorágine de peleas, disparos y sangre al más puro estilo Die Hard.

Se viaja de un escenario a otro con una celeridad en ocasiones caótica; por momentos parece que el escritor pierde el control de su propia historia y es el protagonista quien lleva la batuta. En un momento dado de la novela, pierde el control por completo y decide que ya nada importa; en ese momento la historia también se acelera y en pocas páginas todo se precipita de un modo brutal y crudo. Otro elemento metaliterario que quizás está planeado. Sea como sea, ese descontrol aparente, paralelo entre estructura narrativa y protagonista, ayuda a conformar una trama que es consecuente y lógica con su naturaleza interna.

No es una lectura que perdurará en la historia, ni será recordada dentro de la literatura universal. ¿Qué más da? A veces simplemente se trata de distraer, de divertir. En esta ocasión, aunando literatura y cine. Y ese es el propósito: pasar un par de horas leyendo esta historia del mismo modo que estaríamos en una sala de cine viéndola.

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