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El animal más triste, el sexo como regla fundamental del juego

El animal más triste Comparte este post

Vivimos tiempos líquidos, como diría el estimado Zygmut Bauman, y la nueva novela de Juan Vico (Barcelona, 1975) es un claro ejemplo de ello. Una novela en tres actos que dibuja los contornos de nuestra sociedad a través de las vivencias de un grupo de amigos, personas que dejaron atrás sus años de juventud y se enfrentan al mundo adulto, ya asentados en él desde hace años, con una mezcla de desidia inevitable y desengaño ante los sueños no cumplidos.

El animal más triste (Seix Barral) tiene una estructura claramente definida en tres partes, diferenciadas en lo narrativo pero profundamente conectadas. En un primer acto se nos cuenta una reunión entre amigos, con Jonás como protagonista y narrador de esos días en una casa situada en un valle no muy alejado de Barcelona. Sobremesas en las que se nos desgranan diferentes problemáticas de nuestros tiempos, de las relaciones personales, de la aceptación del paso del tiempo.

La segunda parte es una historia rural, en el mismo valle en el que transcurre la primera parte, situada en los años anteriores a la Guerra Civil. En un primer momento puede desconcertar porque parece un relato corto metido dentro de la novela, pero en realidad es una suerte de pie de página que desarrolla uno de los puntos que aparecen en la primera parte. Además, se incluye un elemento que viene a ser el germen del que brota el resto de la novela.

Después, el tercer acto nos vuelve a conectar con el primero, siendo su continuación, pero la historia se desarrolla a través de múltiples narradores, todos los personajes que aparecen en la primera parte y que confirman o atan cabos que quedaron sueltos con anterioridad. Indicios que se materializan o desaparecen. En esas páginas, más allá de alguna escena que lo explica claramente, se juega mucho con las elipsis —en su mayoría sexuales— y los espacios imaginarios narrativos que el propio lector ha de rellenar para terminar dando la forma a la historia.

Teniendo, pues, una estructura tripartita, no es de extrañar que también sean tres los elementos básicos que cohesionan cada una de las partes en un todo singular.

Por un lado, tenemos el sexo. Sin duda es el elemento clave de la novela, el motor que hace girar las historias —ya sea de manera soterrada o en primer plano— y las hace avanzar. Está presente en las tres partes del libro, evitando que éstas se dispersen o terminen siendo elementos diferenciados entre sí. Actúa, sobre todo en la primera y la tercera parte, como prisma a través del cual se observa a la sociedad; cuando suceden o han sucedido ciertos momentos, sexo casual u otro tipo de suceso sexual —algunos de ellos inesperados y que cambian muchos aspectos en las relaciones entre los personajes—, estos adquieren tintes decadentes, mecánicos, algo así como un mero movimiento instintivo que deja un vacío. No existe una verdadera motivación detrás, lo que se refleja también en otros aspectos de sus vidas cotidianas. Dejar el coche en punto muerto y que la inercia haga su trabajo, aunque al final haya un precipicio.

Ese movimiento, que en realidad es inerte, se ve a escala íntima en el sexo, que ampliado a la sociedad se transforma en un vivir desapasionado, sin aparente convicción en gozar del presente y que tanto aleja a los protagonistas de sus propios pasados, en los que la ilusión y esas ganas de comerse el mundo parecen ser ciencia-ficción.

Unida a esa intimidad que rodea al sexo, encontramos también un halo prohibido. Éste se manifiesta de dos modos: a través de las elipsis narrativas en las conversaciones de los personajes durante la tercera parte —esa omisión le da más carácter oculto— y a lo largo de toda la segunda parte, en la que el sexo es el tema tabú que planea por encima y por debajo de la historia. Se ejemplifica a la perfección durante la escena en la que los niños protagonistas descubren el libro del profesor, que habla sin pudor de sexualidad.

El sexo, pues, mostrado tal y como es concebido en la actualidad: una de las pocas cosas que realmente mueven el mundo y que al mismo tiempo sigue siendo públicamente un tabú.

El valle es otro elemento de cohesión, aunque en este caso sea de forma geográfica —y aunque no aparece en la tercera parte, al estar ésta directamente conectada con la primera es prácticamente una extensión de la misma— y siendo nada más que el escenario en el que se desarrollan tanto la primera como la segunda parte. Aun así, en el caso concreto del segundo acto, el valle se transforma en una suerte de tierra que se abona con sangre y sexo a través de la leyenda del pozo; la historia, contada a los niños protagonistas, queda difuminada pero no desaparece del todo a lo largo de las páginas. Así, queda también ligada al sexo —el principal tema de la novela— en cuanto es origen y final de la propia existencia folclórica del valle.

Por último tenemos a los personajes, que si bien no son un elemento uniforme que une las partes —la primera y la tercera, en realidad— sus relaciones y cómo les afectan pueden ser vistas como un nexo invisible que los mantiene unidos pese a todas las circunstancias. Sus constantes juegos, sus silencios y sus confidencias, estrechamente relacionadas con el sexo y todo lo que de él se deriva.

Hay mucha psicología en las tres partes, aunque se hacen realmente evidentes en las que afectan a Jonás y su círculo de amistades. La exploración del comportamiento humano y su psicología aparece en intrincadas hebras, muchas veces poco definidas, que luego se reflejan en sus interacciones, conversaciones y cavilaciones: un todo con el que Juan Vico dibuja de forma efectiva el retrato de una generación que ha asimilado como una consecuencia natural que las conexiones entre las personas terminan inevitablemente en la cama. La ley de la atracción sexual se convierte en la mano invisible que baraja las cartas, las saca por parejas y luego las vuelve a mezclar.

Esa aceptación del sexo como regla fundamental del juego se hace desde una actitud resignada y hasta cierto punto pesimista, una característica de ese segmento de la población que entró de lleno en el mundo adulto justo cuando la crisis hacia acto de presencia y que a través de ella ha edificado unas vidas que muchas veces están desprovistas de un horizonte, ya no positivo sino siquiera visible.

A lo largo de El animal más triste asistimos, de forma paralela a la historia, a un juego de estilos en los que se deforman las pautas habituales de la narrativa y en la que se intercalan pequeños ensayos de cine, fotografía y arte, la fábula y hasta la novela histórica. La primera parte tiene ecos ligeros de obra de teatro por momentos y en la tercera se arriesga con una estructura narrativa que puede parecer caótica y repleta de elipsis que convierten al lector en parte activa de la misma narración, rellenando esos espacios en blanco con total libertad.

Estamos, en definitiva, en una novela de múltiples niveles que juega constantemente con las reglas literarias y narrativas, al mismo tiempo que reflexiona sobre nuestra sociedad, las relaciones entre las personas hoy en día, en el pasado y busca explicar —o no— el papel del sexo como termómetro de los tiempos que estamos viviendo.

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