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Ed van der Elsken: Fotografía, mirada y la condena de mirarse sin verse

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En un plano secuencia Elsken otea la cámara que lo graba — con aspecto desaliñado y la mirada a kilómetros de distancia — y confiesa que hace meses que no se corta el pelo, no por desdén, sino por la necesidad de mirar al espejo y encontrar a otra persona allí.

Ed van der Elsken fue un fotógrafo holandés (1925-1990) que se necesita conocer para entender la búsqueda incesante del yo — individual o colectivo — a través del soporte fotográfico.

Pero no vengo a hablaros del fotógrafo de posguerra que buscó por medio mundo  — París, Amsterdam o Tokio — a aquellos “de su tipo”. Quiero hablaros de 1988, ese año en el que detectaron a Elsken un cáncer de próstata incurable, y de los dos años que convivió con la enfermedad hasta su muerte.

El fotógrafo aprovechó su circunstancia vital para grabar el documental Bye (1990) — del que os adelantaba un plano en las primeras líneas — un diario de a bordo de la enfermedad y del ser que de descompone a su paso.

La falta de reconocimiento de quien lleva toda la vida dedicado al oficio de mirar a otros es desoladora. O quizás es algo más — sobrecogedor en cualquier caso — quizás se trata de un último desafío de Elsken a la imagen que le devuelve el espejo y a la realidad sangrante que no puede cambiar. Porque a veces sucede que despiertas y matarías porque quien estuviese al otro lado del espejo fuese otro. Y, ¿Por qué no? Podría tratarse en realidad de una última metáfora de su propia vida, que el incesante buscador acabe reducido a la mirada que se encuentra en todos los demás.

Elsken, que durante toda su vida exploró las preguntas que surgen cuando comenzamos la eliminación de los muros entre lo que somos y cómo nos miran los demás, se enfrenta en el documental a su propia mirada.  Y en esa búsqueda de los restos de uno mismo antes del naufragio vienen días de euforia y esperanza que dan paso a horas de angustia y depresión. El protagonista se desprende plano a plano de todo lo superfluo y en esa basculación — entre lo real y los deseos de permanecer — su mundo se va estrechando, hasta no dejar espacio para una mirada más.

Una película cruda que deja ese regusto acre que nos provocan las despedidas, esa sensación de que siempre falta algo por decir o hacer antes de irnos.

Es interesante resaltar la mirada del fotógrafo sobre la infancia en el documental — utilizando recursos del momento del nacimiento — no como contraposición de su situación terminal sino como cierre tranquilizador ante la muerte que se aproxima, una sonrisa sanadora al hecho de existir. Porque, ¿Y si no era la muerte lo que más acongojaba a Elsken en sus últimos meses? ¿ Y si su mayor miedo era dejar de ser?

A veces uno desea, como Elsken, que el espejo nos escupa otra verdad; pero otras, miramos en busca de un rincón más cálido y reconocible de nosotros, un yo del que nos suene la cara. Siempre en busca de estudiar la anatomía que nos compone desde los primeros acordes de la vida al último Adiós.

*Tema originalmente publicado en Signo editores Numen.

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