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Cuando las luces se apagan: Al caer la luz, de Jay McInerney

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El 19 de octubre de 1987 (lunes), los mercados bursátiles de todo el mundo se desplomaron. Como en otras ocasiones, casi nadie había predicho la caída. Es en la Nueva York de los meses previos al llamado Lunes Negro, en donde Jay McInerney (autor de la generacional Luces de neón), sitúa Al caer la luz (Libros del Asteroide), primera parte de una trilogía sobre el matrimonio que completan Good life y Bright, precious days.

Algunos libros, te ganan desde el primer párrafo; otros, en cambio, lo hacen de a poquitos, enganchándote página a página sin que apenas seas consciente. Al caer la luz es uno de los segundos. La escena que abre la novela, una frívola cena en la casa de los protagonistas, Russell y Corrine, lleva filtro, como las fotos en Instagram. Ella, corredora de bolsa; él, editor en una prestigiosa editorial. Se trata de una estampa que huele a American dream, a cócteles sofisticados, conversaciones intelectualoides, narcisismo, gloria y cocaína. Una especie de renovada versión de la Nueva York delirante y mágica descrita por Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby. En esa primera escena, a uno le asalta la conciencia de clase y hasta el anarquismo. Un disgusto desasosegante.

“Una fugaz visión del futuro, Bull”.

Pero McInerney nos engaña. Utilizando un estilo simple (que no simplista), poco recargado y sin apenas concesiones a la lírica, en una poco atrevida tercera persona, nos conduce a través de la crisis identitaria de Corrine, cuyos cimientos se tambalean al entrar en la treintena, y de la ambición de Russell, sumergido en la vorágine histérica que arrasa la ciudad, a la sazón, otro de los personajes de la novela. Porque la Nueva York de Al caer la luz es como una galería de los horrores del capitalismo más salvaje, puro exceso. ¿Recordáis El lobo de Wall Street? Por ahí van los tiros. En esa Nueva York previa al Lunes Negro, todo sueño es posible, a crédito, las carreras se vuelven meteóricas en cuestión de días, jornadas extenuantes, mucha droga; en la otra cara de la moneda, yonquis infectados de SIDA, que llenan las calles y las camas de hospital, revistiendo la ciudad de rostros mortecinos, antebrazos picados, muerte.

A pesar de que la voz narrativa se centre en Russell y Corrine, también oscila por otra media docena de personajes, escritores como el amigo de Russell, Jeff, arquetipo del escritor maldito caído en desgracia, o Victor Propp, intelectual del que se espera nueva novela durante décadas; o colaboradores en la arriesgada jugada bursátil de Russel, como Washington Lee, un bon vivant en toda regla. Todos inmersos en una fiesta que parece no tener fin, convierten a Al caer la luz casi en una novela coral. Me atrevo a insinuar que la prosa sencilla que usa McInerney responde a que, en realidad, lo grotesco de los hechos hablan por sí mismos, sin necesidad de adornos. Y así, página a página, la lectura se vuelve adictiva y el autor desliza sobre nosotros la sospecha de que un gran desastre se aproxima.

“Que algo pudiera hacerse no significaba que fuera preciso hacerlo”.

Ese gran desastre, vestido de ironía y humor ácido, consigue atraparte, y llevarte a las capas inferiores de la novela, en donde habita una esencia que, más allá del sarcasmo o la frivolidad, nos empuja a reflejarnos con esos personajes en cierta medida perdidos, hipnotizados por la ambición; la crisis de los treinta, la pérdida de confianza en los esquemas heredados, el miedo al fracaso, y sin lugar a dudas, la decadencia de la juventud y la muerte.

McInerney nos presenta la estampa luminosa que el Lunes Negro devoró, recordándonos esa máxima tan repetida: Nada es gratis. Y, para estamparnos esa verdad en todos los morros, construye una novela larga que se lee rápido, en apariencia simple pero con múltiples capas, y que transmite con eficacia casi quirúrgica la realidad de un tiempo de codicia y cocaína que, como todas las euforias del capitalismo, murió.

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