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Cuando la categorización no es tan simple o la paradoja de los géneros literarios

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Imagina que alguien te pide que definas un objeto X con solo tres palabras. El objeto es grande, azul y triangular, así que tú dices: el objeto X es grande, azul y triangular. Sin duda esas son tres características propias de tal objeto, por lo que, si volvieran a mostrarte un objeto grande, azul y triangular, podrías relacionarlo con el objeto X. Después te piden que hagas lo mismo con un objeto Y. Dices: el objeto Y es pequeño, marrón y redondo. De nuevo, tres características que te permitirían poner la etiqueta Y a cualquier objeto que las compartiese. Por último, te piden que vuelvas a elegir tres palabras para definir a un objeto Z. Y tú dices: el objeto Z es mediano, amarillo y cuadrado. Hecho esto, el entrevistador dibuja tres formas en una pizarra, cada una con las características que has dado a cada objeto, y te propone un juego: van a mostrarte una serie de objetos, cada uno con sus propios rasgos y particularidades, y tú tienes que decidir a cuál de las formas dibujadas se parece más: a la X (grande, azul, triangular), a la Y (pequeña, marrón, redonda) o a la Z (mediana, amarilla, cuadrada). Los objetos son los siguientes:

  • Una pelota azul de tamaño mediano
  • Una caja enorme, cuadrada y marrón
  • Una pequeña señal de peligro, amarilla y triangular

Resulta que cada uno de los objetos comparte características comunes con cada una de las tres formas iniciales. Aun así ¿podríamos relacionar cada uno de ellos con una sola forma? Quizá podríamos considerar una característica de cada objeto que llamase la atención por encima de las otras dos. Por ejemplo, decir: el objeto a) podría relacionarse con la forma X porque es azul. Pero en ese caso estaríamos dando prioridad a nuestra percepción (subjetiva) por delante de la propia realidad física del objeto (puesto que éste tiene tres características básicas y no una). Y aunque aceptásemos como válido nuestro criterio de clasificación, éste difícilmente coincidiría con el criterio de selección utilizado por cualquier otra persona. La otra alternativa sería negar la posibilidad de clasificar los objetos por su relación con las formas X, Y o Z y plantearnos la necesidad de crear nuevas formas con nuevos nombres para cada uno de los objetos. A pequeña escala, puede parecer una solución útil, pero ¿serviría de algo a la larga?

Aunque parezca una comparación absurda, esta es una de las cuestiones más difíciles de responder en cuanto a la clasificación de géneros literarios, los criterios de dicha clasificación y la idea misma de género como etiqueta prototípica. Jacques Derrida escribió sobre el carácter de esta etiqueta en “La loi du genre”: “a partir del momento en que se escucha la palabra “género”, desde que aparece, desde que se lo intenta pensar, se dibuja un límite”. Así funcionan las formas del ejemplo –X, Y, Z–  y los géneros literarios –narrativa, poesía, teatro, ensayo– (y, en el fondo, cualquier otro “género”): como límites, como definiciones más o menos concretas a partir de las cuales clasificar los objetos o textos en la práctica. Así, podemos analizar “El tonel de amontillado”, de Edgar Allan Poe, y decir, sin dudarlo, que, dentro de la literatura, pertenece al género narrativo. Y más aún, podemos decir que es un relato o cuento breve e incluso a qué género temático pertenece. Y lo podremos decir porque las características propias del texto coinciden plenamente con todos aquellos significantes que, a lo largo del tiempo, hemos relacionado con la idea o el prototipo de lo que ha de ser un relato, de lo que ha de ser la narrativa. Del mismo modo, nadie se atrevería a negar, hoy en día, que “Piedra blanca sobre una piedra negra”, de César Vallejo, es un poema, porque coincide con los rasgos esenciales sobre los que se constituye la idea de poesía como género literario, de lo que ha de ser la poesía.

Representación de Luces de Bohemia, obra de Ramón María del Valle-Inclán

Y digo “hoy en día” porque, respecto a estos ejemplos, hay algo que no se aprecia en la comparación de los primeros párrafos y que, sin embargo, es esencial para entender el funcionamiento –o el no funcionamiento– de los géneros literarios como etiqueta clasificatoria y hasta qué punto son éstos incuestionables: es su carácter no-estático. Los géneros literarios, como cualquier otro constructo cultural, son el resultado de un proceso constante e infinito de transformaciones y, por lo tanto, no responden a una clasificación cerrada y aislada de su entorno sino a una clasificación que se transmuta con el tiempo y el avance social, se modifica, transforma, y dibuja o desdibuja barreras. Con esto quiero decir que, por ejemplo, una obra como Luces de bohemia, que hoy en día pertenece sin duda al canon de la literatura española del siglo XX, en la época de su publicación generó desconcierto en torno a su naturaleza teatral por el hecho de incluir en su texto unas acotaciones que la hacían prácticamente irrepresentable.

Pero, más allá de esta idea de transformación constante de los géneros, ¿qué ocurre con aquellas obras que, en su momento de publicación, en su contexto, no encajan exactamente en ninguna de las posibles clasificaciones? Quiero decir aquellas obras literarias que no encajan en la etiqueta de narrativa, tampoco en la de poesía o teatro y tampoco en la de ensayo. Algunas de estas obras, sin duda, se encontrarán en la situación de los ejemplos del primer párrafo: la pelota no encaja con ninguna de las tres clasificaciones (X, Y o Z) pero, a la vez, comparte características con las tres. No podríamos decir, por lo tanto, que la pelota pertenece solamente a una de las tres formas, pero tampoco podemos clasificarla dentro de las tres formas o dejarla fuera de las tres. Ahí entra en juego la idea de “participación sin pertenencia” que Derrida introduce en su “ley de la ley del género”.

Un ejemplo muy claro de esta dificultad en la clasificación de una obra la podemos encontrar en El hacedor de Borges. Este libro está formado por un conjunto de textos que –inevitablemente– sugieren preguntas sobre su propia forma al lector. En ellos la poesía, el ensayo y la narrativa se entrecruzan y mezclan para dar lugar a formas expresivas difícilmente clasificables bajo una sola etiqueta. En uno de estos textos, “Argumentum ornithologicum”, la visión de un grupo de pájaros sirve al narrador para llevar a cabo una reflexión sobre la existencia o no existencia de Dios. Sin duda, estamos ante un texto narrativo en cuanto a una voz en primera persona nos narra una escena desde la primera frase: “Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros”. Ya tenemos un narrador –presuntamente protagonista– y un conflicto al que ha de enfrentarse: “¿Era definido o indefinido su número?”. Tampoco hay duda que, avanzado el texto, la narración se transforma en una reflexión, el narrador se plantea la existencia de Dios a través de la visión de la bandada de pájaros: “Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta”.

Según Liliana Weinberg, en Situación del ensayo, una de las características modernas del género es que “el ensayo está frecuentemente partido entre dos tendencias contradictorias, que generan tensiones internas” (2006: 153), característica fácilmente aplicable al texto de Borges: la existencia o no existencia de Dios. Esto nos permite relacionar el texto también con el género ensayístico. Más allá de la resolución del conflicto inicial, que nos llega de la mano con la resolución de la duda metafísica con la que se relaciona, ¿podríamos, después de leer el texto, etiquetarlo únicamente como narrativo o únicamente como ensayístico? ¿No estaríamos dejando de lado la mitad del texto si nos viésemos obligado a leerlo solo desde una de las dos perspectivas?

Algunas obras como El Hacedor de Jorge Luis Borges son difíciles de clasificar en los cánones tradicionales

Retomando el concepto de Derrida, la idea de “participación sin pertenencia” viene, de algún modo, a solucionar estas dificultades en la clasificación de un texto. Para Derrida, la pureza, la esencia del género como método de clasificación es, en realidad, su impureza: la posibilidad de transgredir las fronteras que una etiqueta establece es precisamente la única garantía de la supervivencia de tal etiqueta. Algo así como el aforismo de Ángel Guinda: “El rey no ha muerto, ¡viva la República!” (2014: 41). La naturaleza del género es precisamente su capacidad de no encerrar nada bajo su etiqueta, de permitir la contaminación, el diálogo con simultaneo con otras etiquetas. De ahí que Derrida entienda que una obra pueda “participar” de uno o varios géneros sin “pertenecer” a ninguno de ellos: “un texto no pertenecería a ningún género. Todo texto participa de uno o varios géneros, no hay texto sin género, siempre hay género y géneros, pero esta participación no es jamás una pertenencia”.

Gracias a esta visión podríamos entender que los textos de El hacedor participasen de la idea de varios géneros sin tener que pertenecer a ninguno de ellos; de este modo leemos el texto del ejemplo sin vernos en la obligación de clasificarlo únicamente como narrativo o únicamente como ensayístico, aceptando su carácter híbrido y pudiendo así comprenderlo y disfrutarlo plenamente. A esta idea añade Derrida el concepto de “marca” como característica presente en un texto que nos permite relacionarlo con un género o géneros determinados: por poner un último ejemplo, en Baladas del dulce Jim (1967) de Ana María Moix, muchos de los textos contienen “marcas” innegables que nos permiten relacionarlos con la poesía pese a no pertenecer estrictamente al género poético, puesto que en ellos, como en el ejemplo de Borges, también existen “marcas” narrativas que nos hacen pensar que el texto participa de la idea de relato.

Y como Baladas del dulce Jim o El hacedor podemos encontrar infinitos ejemplos que cuestionan la concepción más clásica del término “género” y solo pueden entenderse abriendo las fronteras y aceptando su no pertenencia a una etiqueta determinada a la vez que su participación en varias de estas etiquetas; no solo en la literatura: en el cine, en la pintura, en la arquitectura, en la política, en la sociedad, en la vida… en pleno siglo XXI la única forma de clasificación aceptable ha de ser la que no restrinja ya la libertad de sus partes. Al contrario: la facilite.

«Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba a casa, y juro que no bebí, pero allí estaban los dos, jugando a cartas a la vuelta de la esquina. Eran dos sombras para siempre enamoradas: Bécquer y Ché Guevara.»

Ana María Moix

Bibliografía

BORGES, Jorge Luis. El hacedor, Madrid: Alianza Editorial, 2005

CASTELLET, José María (ed.). Nueve Novísimos, Barcelona: Barral Editores, 1967.

DERRIDA, Jacques. “La loi du genre”, Glyph, 7, Baltimore: 1980.

GUINDA, Ángel. Libro de huellas, Madrid: Tigres de papel, 2014.

WEINBERG, Liliana. Situación del ensayo, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006.

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