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Crónica de una educación sentimental: Navidad

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Los años se repiten con sus festejos y añoranzas, las calles y los salones se ornamentan con luces y guirnaldas, los platos son cada vez menos porque faltan las personas, ausentes o perdidas, en una mesa donde la ilusión se ha ido congelando con el tiempo. Todo en estas fiestas se supedita a una de las más hermosas e incuestionables ficciones de la vida: adultos y jóvenes desengañados imaginamos ser Humphrey Bogart o Lauren Bacall haciendo creer a los niños que el sueño, la entelequia de la Navidad es cierta; y, de alguna extraña manera, acaba siéndolo, se consuma la ilusión, esa fábula escrita en los albores de la Historia que hace de un lugar con cruces, bancos y cristaleras con formas caleidoscópicas acabe por creerse, porque sólo es cuestión de fe ciega, un lugar sagrado. A quienes actuamos en la obra se nos concede el placer y la obligación moral de ser sus intérpretes, y, lo que es más importante, de deleitarnos con las marcas del delirio de aquellos que sueñan ajenos al telón, el maquillaje y los focos del teatro. Es una época, un lapso en la estación de todos los tiempos, propia de lunáticos del consumo y nostálgicos, más aún que el resto del año, donde resulta casi inevitable abocarse, caer en la trampa, del lugar pasado y remoto que ya no es nadie, porque es sólo tuyo, del recuerdo febril de todas las añoranzas que caben en una misma palabra: infancia.

En mi casa hemos sido siempre comedidos para nuestras festividades. Pasamos las cenas navideñas con quienes cenamos el resto de los días del año desde que las muertes se hicieron intratables. De pequeños, entre mis hermanos, nos compadecíamos al ver otras escenas familiares, con sus mesas largas, sus banquetes de boda con ensaladeras y sus eternas sobremesas de café, dulces y anecdotarios; ahora, incluso, por eso que dicen los neurólogos de que una pérdida siempre genera una reacción para preservar la identidad, detestamos el ruido y las sonrisas de fotografía – es todo tan de plástico e impostado, nos decimos sin hablarlo –.

 El espíritu navideño se resume en poco más de una hora, que es el tiempo que nos demoramos en ducharnos y vestirnos elegantes con antiguas americanas, camisas y vestidos. Trasladamos la cena de cocina a la cena de salón, y en el pasillo que une las dos esquinas de la casa, en el tránsito de caminar por el parqué con patucos a hacerlo con zapatos, habita eso que llaman Navidad en otras casas más ruidosas, aunque sea únicamente por el estrépito de los cubiertos de vajilla al comer. En ese pasillo está escrita mi infancia: mi hermano y yo jugando como si fuese un estadio de fútbol, porque en esos días de candor desmedido todo pequeño lugar lo es – ahora, con los años, me parece minúsculo en comparación con aquellos tardes inacabadas de la niñez: será que la infancia es eso que agranda el espacio y el tiempo –, para indignación del público asistente – o lo que es lo mismo, mi hermana y mi madre, y de mi padre cuando veía algún marco o jarrón hecho añicos al llegar tarde del trabajo –, con las puertas de las habitaciones y baños como fueras de banda y el perro jugando de defensa cuando uno u otro tenía la pelota, que era más suya que nuestra. Eso, y nada más que eso, porque también es la vida, es la Navidad: quitarse el pijama y vestirse de camisa y zapatos para los mismos de siempre: el sumario de toda existencia es un compendio de fotografías ordenadas en el tiempo, como esos álbumes de la memoria, donde te recuerdas vestido y desvestido de ropas que ya no te pondrías hasta no estar para ver la última que te pertenece, pero que otros no olvidarán jamás, contigo en un cajón de madera.

No hay mucho más que escribir sobre la vida: el futuro casi siempre es incierto, menos cuanto más próximo; el pasado sólo son recuerdos que no han sido olvidados, que no se consumen en el nuboso cajón de la memoria, ese que palpamos a tientas y que se convierte en un salón diáfano con la desmemoria – esa habitación de paredes blancas –; el tiempo siempre pasa y espera, al igual que la única certeza que existe: la muerte, la doblez de la única duda que existe: la vida.

El resto es prosa y decorado. Los recuerdos sólo sirven para no olvidarlos. Rememorar todo lo acontecido enquista los detritus que la nostalgia dejó extraviados en algún lugar, sin dueño ni nombre. Porque sí, un año da para mucho: para extrañar, siempre en exceso, a alguien, para amistades que se enfriaron en la distancia de quienes ya no se reconocen entre ellos, para preservar con aún más vigor a los amigos que no se fueron y todavía están, para enamorarse e intentar desenamorarse como cuando recogemos los bártulos de algo que dejó de pertenecernos para hacerlo al pasado, para habitaciones a oscuras con todos tus demonios en su interior, y en el tuyo, para historias suspendidas, como en un semáforo, que retoman su antiguo color, para las mismas cosas y al mismo tiempo diferentes en cada uno de nosotros; pero, incluso, todo eso es poco.

Una de las mejores canciones de Sinatra lo dice, porque en ella se resume la vida, que describió Camus en El mito de Sísifo, cuando todavía era Camus y no un nombre en aquellos que lo utilizan para sus ideas sin haber aprendido a leer las suyas. La fábula nihilista es conocida por todos: el hombre que empuja una piedra por el terraplén y que, cuando llega a la cumbre, se precipita hacia un nuevo talud que comienza: la historia, más real, más del día a día, de todas las personas que cargan con la vida para llegar a lo alto de la cuesta de enero, y de todos los meses del año. Eso es la vida, That´s life, un año que se deja atrás, un tiempo, rachas mejores y peores que otras, “You´re riding high in April, shot down in May”, un horizonte, el del sentido a tanto desastre, que se busca y se pierde mientras vivimos entre sueños y desencantos. Dijo Chestov, citado por Camus, “que la única verdadera salida está precisamente allá donde no hay salida alguna para el juicio humano. Si no, ¿para qué necesitábamos a Dios?”. Habla en pasado porque al altísimo ya nos encargamos de matarlo, diría Nietzsche, por muchos nostálgicos, misas del gallo y persignaciones que existan a comienzos del año en honor a aquellos que murieron en cama, y todavía no hemos sepultado.

Yo, desde que tengo uso de memoria, más o menos cuando mi madre descubrió un disco de Sinatra en la guantera del coche, en uno de esos viajes al pueblo con un tórrido calor que eternizaba la espera, escucho la canción por estas fechas, enciendo el último cigarro, porque además es un tiempo de deseos, y escucho, sin importar más que poco lo pasado, con una sensación de que el tiempo se estira como un horizonte, su última frase: “I´m gonna roll myself up in a big ball and die”.

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