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La cosmología de Roberto Bolaño

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Estos días he regresado al universo de Roberto Bolaño a través de su novela El espíritu de la ciencia-ficción, una de las primeras obras que escribió y que sin embargo no vería a la luz hasta hace escasos dos años. Regresé a él —a Bolaño— porque en realidad nunca quise irme, pero en ocasiones la vida te lleva por caminos poco transitables que ralentizan tu paso y en ocasiones obligan a tomar un descanso. Si uno hace senderismo, son los momentos en los que se bebe agua, se come algo o se conversa sobre cualquier trivialidad si viajas acompañado. En esas pausas uno se da cuenta de lo cansado que está, de lo cansado que es vivir en general.

Pero volvamos a la literatura, a los libros. Como digo, no tuve más remedio que iniciar un hiatusbolañiago” durante varias semanas, meses incluso. Mis motivos tuve para tomarme esa pausa con el legado del escritor; pese a ser estúpidos, entrañan una desconcertante lógica primigenia.

Existe en la figura de Roberto Bolaño — el escritor chileno,  primer mito literario del siglo XXI — una fascinación que sin duda va de la mano de las tramas de sus novelas. Se han reseñado todos sus trabajos infinidad de veces, se han escrito miles de artículos — algunos tan curiosos como los que narran los avatares del destino que propiciaron los no-encuentros entre el propio Bolaño y César Aira, el prolífico escritor argentino — y se han realizado ciclos, conferencias y documentales sobre su figura personal. Tal es el magnetismo de su figura que hoy, tantos años después de su muerte y en un mundo literario en el que la fama y la transcendencia son efímeras, su figura se yergue perenne al paso del tiempo, invariable al auge de nuevos autores y autoras. Todo el mundo conoce a Bolaño, y como si de Cervantes y su Quijote se tratara, dice que ha leído 2666, Los detectives salvajes o El tercer Reich. Tres obras monumentales de la narrativa contemporánea que probablemente corren la suerte de ser las obras que más se dice que se han leído por el mero hecho de aparentar.

Esa fascinación que la mayoría de lectores y profesionales de las letras no esconde por Bolaño guarda una singular y estrecha relación con su cosmogonía literaria, de un modo imperceptible pero que sin duda nos conecta directamente con su obra. Hay algo en sus historias que se nos mete dentro, un gusano invisible que se aposenta en nuestras tripas y se queda allí por un tiempo indefinido. A veces aparece, a veces desaparece, como una tormenta de verano. Incluso en la violencia nos vemos reflejados, porque somos seres que no escapan de sus instintos, una brutalidad que destilan las obras de Bolaño —ya sea explícita o subliminal—, y que curiosamente convive con infinidad de escenas rutinarias, de momentos de vida cotidiana. Luces y sombras que se superponen en una gama amplia de grises. A esa mezcla contribuyen de forma clave sus personajes, que se nos presentan distantes y al mismo modo cercanos; en un párrafo reconocemos a un amigo de la infancia, de la adolescencia, y al siguiente estamos viendo la descripción exacta de nuestro hermano, de nuestra madre.

De algún modo, su prematura muerte cuando empezaba a disfrutar de una floreciente fama — más tarde convertida en mito — ejemplificaba, por desgracia a la perfección, una vida truncada, rota, que tantas veces había mostrado en sus escritos a través de sus protagonistas: ellos y ellas encarnaban una especie de desgracia personificada, de la que no parecía haber escapatoria y que desprendía al mismo tiempo un aroma a resignación constante. Se aceptaban hechos negros, oscuros y desesperantes con la tranquilidad de quien ha interiorizado que tarde o temprano tenemos que morir de alguna manera o motivo. Hasta uno de sus trabajos, Monsieur Pain, representa esa aceptación tranquila del lado oscuro de la vida —el tratamiento amable de la palabra pain (dolor) es un ejercicio sintáctico de fina ironía— por el que transitamos sin parar. Hasta la carrera truncada de Bolaño tiene algo de eso, algo de triste resignación a no saber nunca qué pudo haber escrito, a no saber qué nuevos títulos de su bibliografía podrían adornar nuestras estanterías; futuros truncados que, como hemos hecho tantas veces como lectores de su literatura, no podíamos sino aceptar tarde o temprano.

Me faltan algunas de sus novelas por leer. Ahora que he vuelto espero pegar el arreón definitivo que me permita tener toda su bibliografía leída. ¿Por qué dejé de leerlo si tanto me entusiasma? En realidad, fue una trivialidad; pero de esas que a veces nos afectan de un modo que se acerca demasiado al patetismo. Sufrí, tiempo atrás, un pequeño revés en mi particular trastorno lector obsesivo compulsivo — que no es otro que la manía de tener todos los libros de un mismo autor o autora de la misma editorial, tantos ejemplares como me sean posible —, otro más en mi vida. A saber: me hallaba a mitad de camino para tener todas sus obras publicadas por Anagrama cuando los derechos de la obra de Bolaño fueron comprados por Alfaguara. Fue una sorpresa que me cogió desprevenido. De nuevo, algo se truncaba, mi pequeña meta se difuminaba. Por supuesto podía hacerme con ejemplares de ediciones anteriores, pero como buena sociedad capitalista que somos sus precios se hicieron abusivos en apenas unos días. Ahora quien tiene ediciones de Anagrama tiene delante un posible negocio. Es el mercado, amigo, como diría nuestro querido e infausto exministro Rato.

Así pues, tenía otro elemento de resignación ante unos acontecimientos funestos, que rompían el hilo invisible que nos une a nuestras pasiones, anhelos o sueños. De nuevo, el universo Bolaño impactaba en mi vida. Dolor, resignación y aceptación. Y lo hacía fuera de sus libros, deshilachando una hebra invisible que tengo con su obra desde que leí años atrás la primera de sus historias. Ahora en mi estantería puedo visualizar sin problemas la cicatriz en el tiempo, la uniformidad de los lomos que de repente muta a otra diferente; dos etapas diferenciadas que también pueden ser las de mi propia vida. Maldito seas, Roberto, eres un brujo. Sus libros muestran la realidad rajada por el caos que de vez en cuando toma las riendas de nuestra existencia, otro elemento con el que Bolaño trató de poblar en muchos párrafos de su creación literaria.

A veces creo que soy un personaje del escritor chileno, condenado a recibir las bofetadas que te da la vida esperando a que termine esta historia. Y estoy seguro que a muchas personas les sucede lo mismo. Por desgracia, él creyó que sería una buena broma dejarnos con este suspense por el resto de nuestras vidas.

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