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Contra muros y banderas, la distensión identitaria de El Roto

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Eso de extrañar, la nostalgia y todo eso, es un verso. No se extraña un país; se extraña el barrio en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. La patria es un invento.

Martín (Hache)

Con esta frase Martín Echenique (Federico Luppi) firma un monólogo soberbio sobre la nostalgia, la identidad y el nacionalismo en la película Martín (Hache). Se puede estar o no de acuerdo con la reflexión de un personaje que sufre el trauma de la emigración en sus carnes, pero  hay algo innegable en nuestro caso: los grises han desaparecido en materia de nacionalismo e identidad en España. O se pertenece, o se aborrece, o enorgullece, o avergüenza, o se cuelgan las banderas, o se huye hacia nuevos patriotismos. ¿Y quien no siente tus colores? Un paria. Un instigador. Un terrorista. Un rupturista. Un facha.

Con esta marejada de etiquetas vacías y un horizonte que promete tormenta, Andrés Rábago (El Roto) se envalentona a lanzar Contra muros y banderas, un libro que recoge sus reflexiones —punzantes y certeras— sobre la situación que atraviesan España y Cataluña.

El dibujante satírico deja entrever su visión acerca del conflicto desde las primeras páginas, con una viñeta que, a modo casi de prólogo, reza “Frontera: dícese el lugar donde acaba una locura y empieza otra”. Y en ese trastorno colectivo, que suponen las patrias y sus defensores, el autor interpela al lector con sus célebres pensamientos breves.

Una buena parte de la obra está dedicada a los muros y su incongruencia en un mundo cada vez más globalizado. Se presentan los nacionalismos —extremistas— como ideologías que dinamitan puentes y anidan el cerebro de los fieles de forma casi enfermiza.

También aparece recurrentemente en Contra muros y banderas el recurso de mirar hacia atrás para entender nuestra dicotomía actual. Rábago, que unas cuantas vivencias acumula a sus 71 años,  nos señala que si se cava lo suficiente siempre aparece alguna patria, tal y como nos interpela una de sus viñetas, recordándonos a lo que los extremismos y el nacionalismo exacerbado nos ha llevado anteriormente.

Otro de sus dibujos señala que “los palos están mal vistos, pero si les pones un trapo se dignifican”, mostrando que las identidades nacionales en muchas ocasiones sirven de parapeto para camuflar ideas afiladas.

Sin entrar en si comparto al completo el análisis que El roto hace de la crisis nacional, hay varios puntos acertados y plausibles —se piense como se piense— los civiles en ocasiones parecemos marionetas de una maquinaria que apenas alcanzamos a entender, el nacionalismo exacerbado produce monstruos y siempre será mejor tender un puente que alzar un nuevo muro.

Como animales pluricelulares, los humanos tampoco entendemos de grises. Somos capaces de desarrollar nuestro intelecto —al punto de entender la materia de la que se compone el universo y  las leyes que orquestan nuestra existencia— y de envilecernos por proteger una idea, destruir los recursos de nuestro planeta o despreciar a otros —semejantes o animales— protegidos por una bandera.

Siento no ser una patriota de libro ni ser todo lo contrario. Siento haberme alejado lo suficiente  del problema como para darme cuenta de que esto de existir —y todas las cuestiones derivadas— es algo mucho más simple, breve, singular y diferente de las prioridades que ha adoptado la sociedad en que vivo, cuestiones tan nimias como una bandera o un muro.

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