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Breves atajos para caminos largos

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El camino más largo, de Riki Blanco.

Los tiempos cambian que es una barbaridad. Aclarado lo cual, espero que a nadie le vaya a sorprender ahora que yo me disponga a hablar de un libro que ni siquiera ha sido editado todavía. El libro en cuestión lleva por título El camino más largo. Y su autor es Riki Blanco.

A Riki, como a Troy McClure, tal vez lo recuerden de otros libros suyos (El deshielo. Touché!); de las ilustraciones en libros ajenos (Seísmos. Hubo un tiempo en el que el cielo); de portadas varias (El buen soldado. Lluvia de junio) y de sus muchas colaboraciones en publicidad y en medios de comunicación nacionales e internacionales (El País, Jot Down, The New Yorker). Su última obra, en cambio, y hablando en términos de visibilidad, permanece por el momento en la sala de espera de la web de Verkami, aguardando a quienes quieran colaborar con sus aportaciones económicas al proyecto.

Pero tranquilos, que no estoy aquí con ánimo recaudador; ni tampoco es mi intención extenderme sobre cómo no estará el patio editorial para que un libro como este, de indudable interés y mérito artístico, haya debido pasar, digamos, desapercibido entre quienes se encargan a priori de ofertar al público contenidos de calidad. Simplemente, he pensado que si el objetivo de cualquier reseña al uso es dar cuenta de esta u aquella novedad, cabía hacer lo propio —por qué no— con una obra aún inédita pero que trata precisamente de poder ser editada. Y tal es el caso de El camino más largo.

            Un libro estupendo, por cierto (o tal vez debería decir un PDF estupendo, pues es el formato en el que yo he tenido la oportunidad de ¿hojearlo?), y del que el propio Riki sostiene que se trata de algo así como un libro de artista, de un espectáculo de varietés, de un vodevil de textos e imágenes donde lo cómico y lo relevante se dan el lote. Además de divertida y resultona, la autorreferencia describe de manera bastante acertada esa especie de bestiario sobre la condición humana en el que, a lo largo de más de doscientas páginas, nos encontramos con microrrelatos, sketches en dos dimensiones, ficciones súbitas, ilustraciones, poemas visuales, bodegones, carteles, eslóganes, diminutas piezas teatrales… un sinfín de recursos comunicativos mediante los que Riki Blanco se atreve a poner el foco sobre cualquier cosa. Sobre cualquier tema o motivo. Aportando su particular visión de los asuntos más trillados o planteando nuevas e insospechadas propuestas. ¿Alguna vez nos hemos aburrido con pasión? Es decir, ¿hemos probado los bostezos con lengua?  ¿Qué tipo de nexos pueden establecerse entre una vaca que pasta y los celebérrimos versos de Machado? O ¿qué le pasaba por la cabeza a Ícaro mientras ascendía ajeno a las advertencias de su padre? Y en cuanto a los desmanes del amor, ¿acaso no serían menores si las baladas tristes las escuchásemos a ritmo acelerado? Son estas el tipo de semillas de las que nace El camino más largo, un auténtico festival para mentes curiosas y la singular poética de un creador dotado de un imaginario rico y complejo, y que ante la disyuntiva de escoger entre la píldora roja y la azul opta siempre por tomarse ambas y luego ya veremos. Con el telón de fondo de la reflexión y del humor —a menudo la forma más razonable de acercarse a lo que nos conturba—, Riki Blanco no ahorra esfuerzos a la hora de dedicarse a congregar sobre el escenario lo absurdo, lo lógico, lo trágico, lo cómico… todo aquello susceptible de ser sentido, experimentado, odiado, anhelado… y que, irremediable, asoma a cada recodo de nuestro camino por la vida. Esta vez no es al servicio de sus clientes sino de sus propias cuitas. Y eso se nota. En la libertad formal. En la ausencia de tapujos. En la frescura y en la clarividencia con la que aborda los temas para acabar armando un libro que, aparte de bueno, resulta también valiente. Incómodo en ocasiones. O por lo menos que no deja indiferente. Como ejemplo paradigmático de todo esto último que digo, valga el Adán de la portada, quien, como declaración de intenciones, lleva colocada la hoja de parra y de marras por detrás de los genitales.

En definitiva, El camino más largo es una oportunidad inmejorable para asomarse —de nuevo o por primera vez— al universo Blanco. Un libro a recomendar, y que haciendo honor a la singularidad de su autor, hasta que termine su estancia virtual en Verkami y sea ya una realidad física y palpable, podríamos decir que existe y que no existe a la vez, como le sucedía al gato de Schrödinger. Para amantes de este tipo paradojas o para quienes deseen conocer algo más acerca de El camino más largo, dejo una ventana medio abierta, que se abre del todo al paisaje con un solo clic. De verdad que merece mucho la pena.

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