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Berta Isla & Quédate este día y esta noche conmigo.

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Fue Borges quien enseñó a leer, quien erigió esa distancia fundacional que separa la literatura del fervor ideológico, tan pretencioso, que uno piensa que lo es (o, al menos, debe serlo) todo durante la adolescencia, sin todavía contener el idealismo en la propia naturaleza de su etapa vital. Para algunos pudo ser Borges, o Vargas Llosa, o Cela, incluso Conrad; para otros, supongo, fue Wilde, Woolf, o García Márquez (aunque es un divagar sobre lo ajeno): todos ellos nos enseñaron a leer con los ojos encerrados. Menciono, y significa una vaguedad, algunos nombres, pero la lista sería infinita. Porque siempre, al igual que la crítica literaria, buscamos enlazar la literatura con la biografía de sus escritores – y cuando sus vidas se parecen a las nuestras padecemos un orgullo pusilánime, nos sentimos satisfechos, aliviados. Quienes contradecían nuestros principios, pero nos marcaron con sus novelas, nos precipitaron a mundos que nunca habríamos descubierto sino fuera por la obcecación de la necedad.

Así, con alguna desavenencia, cayó en mis manos, con su capacidad habitual para envolverme, la última novela de Javier Marías, Berta Isla: una de sus novelas más sólidas en cuanto a forma y profundidad se refiere. Quien se sienta seducido por la voz narrativa del escritor sentirá sus deseos colmados: esa incisiva manera de relatar una historia sin sucesos narrativos extraordinarios en su trama permanece intacta.

Esa minuciosidad en la prosa, la ambivalencia narrativa para cavilar sobre algo y su reverso, la trascendencia imprudente de nuestros actos sobre las vidas ajenas evoca al mejor Marías que leí en Corazón tan blanco, Los enamoramientos o El hombre sentimental. Las ausencias transitorias, la corrupción de la espera cuando esta misma se demora en el silencio, y en el secreto, la pérdida y el reencuentro son el argumento deambulante de la novela. “Quien se acostumbra a vivir en la espera nunca consiente del todo su término”, piensa Berta Isla en los últimos pasajes de la novela. Hay escenas rodeadas de un clímax de tensión agonizante en esa búsqueda por la fijación de los objetos y los gestos habitual en Marías. Podría intuirse que se trata de una novela de espías, pero, aunque lo sea, no lo es en absoluto. Es una historia acerca de la convivencia con el secreto, de cómo asumir la lealtad en alguien tan cercano a tu vida, alguien que marca su transcurso (truncado en un momento aleatorio), desconociendo la otra mitad de su persona, aquella que protagoniza la mayor parte de su tiempo. Quizá, a pesar de que la intermitencia de alguien en nuestra existencia cueste asimilarse, pasada su agonía, y acostumbrados a su ausencia, no asimilamos cuando esta misma persona desaparece del todo o, por el contrario, permanece junto a nosotros de manera ininterrumpida, desordenando la rutina creada en torno a su pérdida.

Pero, como dice Gopegui, resignándose a mitificar – humanizando – a quien escribe, un asiduo ejercicio por parte de quien lee: “la mayoría de literatura que he leído es literatura para inmortales (…), luego hay un poco literatura que es literatura para mortales”. También existen escritores que lejos de suponer un descubrimiento, complacer el instinto de armonizar dos pilares que dan sentido, e incluso definen, nuestra existencia, nos decepcionan como narradores, o simplemente envejecen fatal con el tiempo. De ese modo, buscando correlacionar esas dos fronteras (pues ambas nos separan de los otros) tropecé con Quédate este día y esta noche conmigo de Belén Gopegui (el título pertenece a un poema de Whitman – no era un mal comienzo –).

Esta última novela es una carta escrita por los protagonistas, Mateo y Olga, a Google, el dueño etéreo de nuestras vidas. Su estilo narrativo posee una mezcla entre la complejidad y la liviandad; en ocasiones, su lectura requiere un esfuerzo que no existe en las demás novelas, aunque este mismo impulso te precipita, sin darte cuenta, al final de las páginas (esta combinación es inquietante, la novela parece indomable, salvaje). Como toda novela para mortales habla de los problemas presentes que invaden nuestras terrenales existencias: la robotización de la realidad, la precariedad laboral, la frustración en los jóvenes ante un futuro incierto y vacío de expectativas, la relación de los seres humanos con su trabajo, es decir, del capitalismo, la distancia generacional que imponen las nuevas tecnologías en la sociedad, la enfermedad, el padecimiento, el dolor circundante, la urgencia por una muerte digna, la exclusividad de esta última lejos de tu hogar, de donde has confeccionado tu vida.

El personaje colectivo somos todos, es Google, y se manifiesta con explicitud, pues es él quien nos atiene a esta historia, crónica si se me permite, carente de tiempo y lugar determinado, aunque ambos interrogantes no supongan ningún secreto. La novela está escrita en presente, un territorio algunas veces inhóspito en la literatura por la complejidad de su tratamiento. También está repleta de citas impersonales, como lo son nuestras vidas, anónimas, pero inclusivas, a semejanza de la narración que Gopegui realiza hablando hacia las personas, o hacia ellas y ellos, las lectoras y lectores, algo tan inusitado en las novelas pero que no intimida su ejercicio.

Gopegui, como otras escritoras y escritores de la literatura actual que se abren paso y configuran un nuevo paradigma (léase ejemplos españoles como Marta Sanz, o Antonio Orejudo, o Almudena Grandes, o Reig, a lo sumo Martínez de Pisón; e internacionales con ejemplos tan folclóricos como Margaret Atwood o Zagajewski a su manera), distinto al anterior, creyendo en la capacidad literaria para agitar conciencias y cambiar la realidad de nuestra época a través de nuevo relatos colectivos. Todo ellos restauran una nueva forma de narrar los fenómenos históricos con nuevas expresiones formales arraigadas, incluso, en los clásicos. Para algunos creadores significan la evasión, el maridaje – en la actualidad vacuo ante una crisis de identidad desbordante – entre literatura y realidad, el despertar de un género que conjugue la necesidad del arte para encontrar respuestas a nuestro tiempo, quizá, al igual que todos, aún reticente al cambio.

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