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Autogol: fútbol, redención y muerte para hacernos transpirar

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17 de junio de 1994. España se enfrenta a Corea del Sur en su primer partido del Mundial de Estados Unidos. Quien esto escribe, con diez añitos, aguanta hasta las dos y pico de la madrugada para ver el partido, acompañado de mi padre, pero sucumbe al sueño tras una primera parte aburridísima. Duerme profundamente cuando España se adelante con un 2-0, que luego remontarán los asiáticos a cinco del final. El Mundial del 94 es el primero que recuerdo. Mientras a este lado del Atlántico, nos preocupaba si el combinado nacional pasaría a la segunda fase, y los temidos cuartos, en una Colombia turbulenta, convulsa y temperamental, arrasada por el impacto del narcotráfico y las apuestas ilegales, la población esperaba que su selección protagonizase el campeonato. Eran favoritos. Sin embargo, el fracaso fue estrepitoso. Es en medio de ese fracaso, donde Ricardo Silva Romero sitúa su Autogol (Ed. La navaja suiza, 2018).

A pesar de Borges (“el fútbol es popular porque la estupidez es popular”), existe mucha literatura relacionada con el fútbol, y grandes autores que han utilizado su narrativa para tratar de plasmar lo que ocurre en el césped y a su alrededor (por ejemplo, Galeano, que amaba el fútbol porque decía que pertenecía a la gente). El genio argentino odiaba el fútbol, por considerarlo terreno de ignorantes, pero no cabe duda que en la pelota y sus devenires, como en todas partes, existe vida y magia. Y donde hay vida y magia, hay literatura.

En Autogol, Silva Romero nos cuenta la historia de Pepe Calderón Tovar, comentarista de radio que pierde la voz al mismo tiempo que Andrés Escobar se marca un gol en propia puerta, condenando a Colombia a la eliminación en la primera fase del Mundial. El jugador colombiano, que posteriormente fue asesinado a tiros, era quizá el menos sospechoso de todos los futbolistas que integraban aquella selección, de andar metido en asuntos de apuestas, pero en su figura, Calderón Tovar concentra la venganza de todas las desdichas de su vida, alcanzando la conclusión definitiva: únicamente asesinando al futbolista podrá recuperar su voz perdida.

Andrés Escobar tras marcar el famoso gol en propia puerta

Supongo que podría decirse que, en Autogol, el fútbol tiene un protagonismo fraudulento. Que se trata, más bien, de una excusa para conducir una tragedia personal, con su venganza y su necesidad de redención, y toda la carga emocional del Calderón Tovar. Utilizando su voz, con la estrategia de la autobiografía, Silva Romero conduce la historia con elegancia, primero con una pormenorizada descripción del partido catastrófico en que Colombia queda eliminada (las intrigas dentro de la propia selección, las sospechas de compra de partidos, la influencia de los cárteles, etc), para continuar con el viaje (también interior) del protagonista para cumplir con su objetivo de asesinar a Escobar. Se transmite de manera sublime el calor atosigante de aquel Mundial, los claroscuros de la personalidad de Tovar (“Odio esas autobiografías baratas que dejan en la sombra la mitad de sus autores”) y, muy especialmente, la de una Colombia en plena ebullición, un lugar inhóspito, mágico y lleno de derrotados, entre los cuales, inevitablemente, se encuentra Tovar, que ha perdido el respeto de sus hijos, a su esposa, a la mujer de la que estaba enamorado, y la mismísima voz, su modo de vida.

Debo reconocer un pecado de lector acelerado. Mientras devoraba páginas en un vuelo Barcelona – Reykjavík, tuve la impresión de que la extensión de la novela terminaría sancionando la fuerza de su estilo simple pero plagado de giros semánticos propios del español hablado en Colombia y términos sonoros que reniegan de la austeridad del castellano. Sabiendo, desde la primera página, que el protagonista matará a Andrés Escobar, sentí que la narración perdería fuerza. Sin embargo, Silva Romero da una lección de narrador. No entro en detalles para no arruinarle el libro a nadie, pero es obligado reconocerle al autor mantenerle el pulso a la historia, que me recordó (salvando distancias y temáticas), a Crónica de una muerte anunciada, de su compatriota, el gran García Márquez. También en este caso, saber que matarán a Santiago Nasar no nos impide continuar leyendo, completamente absortos.

Silva Romero, que se trabajó la parte real de la historia visitando lugares donde sucedió la tragedia y recopilando múltiples testimonios, utiliza una prosa sencilla pero no descuidada, contándonos una historia que, se sea aficionado al fútbol o no, engancha y hace transpirar. Buena literatura, y sí, fútbol.

Termino con una frase de la novela que, por alguna razón, me parece soberbia: “Uno nunca sabe -dijo-. Uno nunca sabe ni siquiera cuando sabe.”

 

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