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Acerca de la autoficción, ¿Qué dice este género sobre nuestra sociedad?

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La literatura contemporánea está embarcada en una cruzada a favor de la realidad. La llamada ficción está siendo atacada por hordas de fieles devotos de una evolución de ésta primera: la autoficción. Una suerte de biografía camuflada de novela en la que el autor o autora expone su vida privada bajo la excusa de explicar una historia que nada tiene que ver con él o ella.

El mundo editorial, tras las tormentas perfectas que supusieron las eras de la novela negra y la romántica —y erótica—, vive ahora inmersa en la vorágine de historias mundanas sobre las vidas de los escritores y las escritoras, sus traumas, sus alegrías y sus desgracias; a quién aman, a quién odian, cuando murieron sus seres queridos y cuánto dolor les produjo. ¡Un penique por cada autoficción!

¿Acaso es algo malo la aparición —y consolidación— de este subgénero? En absoluto. Todo lo contrario, es necesario que el espectro literario sea lo más amplio posible para que cualquier lector o lectora encuentre sus lecturas. El problema radica en la influencia que puede ejercer a la hora de valorar otro tipo de obras, un fenómeno que se viene observando en los últimos años con el auge de las redes sociales, amplificadoras de las opiniones y las corrientes de pensamiento o actuación. En ellas cristaliza lo mejor y lo peor de nuestra sociedad, siendo la Cultura otro ejemplo más.

Según la tercera acepción aceptada en el diccionario de la RAE, la ficción es una «Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios». Es importante señalar y recalcar la última parte de la definición, imaginarios. Eso significa que no es real, que es inventado. En eso ha consistido la ficción literaria desde que el mundo es mundo.

Pero ahora, bajo el influjo de la cada vez más sobreexplotada autoficción, la crítica está empezando a mezclar ambos mundos. No es algo que debería sorprendernos en una época en la que la información es tan efímera y rápida que cuesta encontrar los lindes de las mismas. Muchas veces no sabemos dónde empieza una y termina la otra. Así, se le exige a la ficción pura ceñirse a eventos que puedan ser creíbles, relegando a ese elemento vital de su naturaleza, la invención, al ostracismo. Si aparecen elementos extraños, seres raros o situaciones que no se podrían dar en nuestra realidad, esa obra de ficción es criticada negativamente por eso. A veces un servidor tiende a pensar que los cuentos populares hoy en día no tendrían cabida por no ser reales.

Y es que la confusión radica ahí, en creer que la ficción ha de estar basada en hechos reales y, por tanto, tiene que prescindir de ciertos recursos narrativos. No puede haber en una obra de ficción un fantasma que interactúe con la protagonista, o que de repente el perro doméstico hable.

Lo mismo sucede en el mundo del cine, donde cada dos por tres se leen opiniones en las redes sociales que critican ciertas escenas o guiones enteros porque se permiten ciertas libertades narrativas en aras de explicar una historia que debería quedar claro que es de ficción. Incluso en las películas más evidentes, las de ciencia-ficción, se aplica el mismo rasero: realismo y coherencia en una película de realidades alternativas, zombies o extraterrestres. Tal vez estamos exagerando, ¿no?

Tal vez sería necesario que la industria editorial dejara de moverse a base de oleadas de los géneros que están de moda y se centrara en buscar un equilibrio; porque la variedad de personas es ingente, y también los libros deberían serlo. Y aprender a conocer los géneros que leemos.

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