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Apnea en la memoria literaria de Carlos Mayoral

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“Lo único importante es la memoria o la carencia de ella”, proclamé poseída por una revelación etílica de medianoche. Y mi acompañante se rio estridentemente en la barra, como cuando alguien habla en un idioma que no entiendes bien y la risa salvaguarda la comodidad de la conversación. El bar permaneció impertérrito a la confesión de su parroquiana, pero yo lo vi claro, como Paul Dirac al predecir la existencia de las antipartículas, la memoria es el hilo conductor de nuestra existencia.

¿Y qué tiene que ver esta reflexión con la crítica al libro Empiezo a creer que es mentira de Carlos Mayoral (Círculo de Tiza, 2017)? Mucho, en realidad. La mente es un milagro, una telaraña maravillosa de conexiones neuronales que apenas alcanzamos a entender.

Podría deciros que Empiezo a creer que es mentira es una lectura entretenida perpetrada por una pluma rutilante. Recomendada para lectores primerizos, perezosos redomados o lectores diestros. Pero ese análisis apenas sería un roce leve al contenido que Carlos Mayoral nos propone en su libro.

Este título se adentra en la memoria de un lector oriundo de Villaviciosa de Odón, redactor habitual en Jot Down y El Español, llamado Carlos Mayoral. Y lo hace desde la evocación, ese rincón fronterizo entre la ficción y la realidad o, como bien apunta el título, entre la verdad y la mentira.

Si admitimos que no hay nada más propio que la memoria, este libro traza un mapa mental del lector-Mayoral: en él encontramos a Larra, Azorín, Lorca o Dickens compartiendo techo junto a Pizarnik, Panero o Cortázar.

Deshuesar las historias que contiene sería profano. Él las narra mejor y la editorial estará encantada de sumar unas cuantas ventas. Pero sí merecen un análisis en profundidad la selección de autores, obras y personajes literarios que pasean por sus páginas. Porque Mayoral se cuela en pasajes reales o imaginarios de la literatura como todos los lectores hemos hecho en alguna ocasión.

Tiene sueño. Con la imagen de su querido Aleixandre cierra los ojos. Quién sabe si por última vez. Y entonces se acaba el día, se acaba mayo y se acaba 1939. La línea temporal se organiza, vuelve a transcurrir el año equis, y la escena se difumina a través del espacio. Pero en algún momento volverá mayo, porque mayo siempre vuelve.

El librero de la calle Sierpes terminó su historia citando al profesor Mairena: el hombre no hubiese inventado el reloj si no creyera en la muerte

El reloj de Miguel Hernández

Así, uno vive en primera persona la muerte de Alfonsina Storni, el paso por el manicomio de Panero o los primeros recuerdos de Dickens. Y da igual que sean mentiras consabidas, datos fidedignos de la biografía o invenciones de Mayoral: porque parecen verdad y ese es el único combustible que la memoria y los recuerdos necesitan para entretejerse.

Hay que agradecer tres cosas al autor que firma el libro, en primer lugar su incesante tributo a la literatura clásica española. Bécquer, Machado, Alberto, Unamuno, Valle-Inclán o Vallejo desfilan con un aire renovado por sus páginas. Sin complejos. Por eso es una lectura que bien podría encabezar las recomendaciones que propone el sistema educativo a los estudiantes. Empiezo a creer que es mentira despierta la curiosidad por la lectura que otros se encargan de adormecer.

En segundo lugar, Mayoral no se olvida de las autoras destacadas en su memoria. El activismo feminista está planteando algunas cuestiones acerca del papel de la mujer en la literatura, ¿Hemos sido menospreciadas a lo largo de la historia? ¿Es necesaria una inclusión obligatoria de mujeres en antologías, librerías y guías educativas? ¿Hay que regular o censurar el planteamiento sexista de muchos libros clásicos? Cuestiones que por mi naturaleza dubitativa no me atrevo a contestar, pero, bajo mi voluble opinión, Carlos ofrece una vía válida: hablar de las autoras es darles visibilidad. No sé si más que criticando su invisibilidad, pero su método funciona. Por eso, nuevamente sin complejos, repasa su relación con Pardo Bazán, su niñez junto a Gloria Fuertes o y señala a algunas grandes mujeres olvidadas por la literatura.

En tercer lugar, es de agradecer el ejercicio de desnudez que Mayoral ofrece, pues, más que de los autores y personajes literarios, Empiezo a creer que es mentira habla de quien lo firma. De su atracción fatal por el abismo, el suicidio, la muerte, la autodestrucción o la locura, de la obsesión por la memoria y sus límites, del carácter salvavidas de la literatura en su propia vida, de la búsqueda del yo o de los paisajes inacabados que pueblan su memoria.

“La única carta que no escribí llevaba un nombre sobre la solapa: Maga. Hay veces que el remitente es tan ficticio como el destinatario, y los párrafos se van desperdigando por ahí como deseos incumplidos. No la culpo por no existir, eso sólo depende del cristal con que se mire la realidad. Sí la culpo, en cambio, por hacernos creer que existe, y permitir que siempre haya querido escribirle una carta. Una carta que dijera mírame aquí, ahora“.

Párrafos para la Maga

Por todo esto, Empiezo a creer que es mentira no es un libro que uno simplemente recomiende, es una inmersión en las profundidades de un devorador de libros y también una vía de escape necesaria de la realidad. Porque, como resumió Neil Gaiman, uno de nuestros mayores problemas es que la vida siempre va a ser más extraña que la ficción, porque la ficción tiene que ser convincente, y la vida no.

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