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Algo supuestamente divertido que no volveremos a hacer con David Foster Wallace

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David Foster Wallace, D.F.W., un acrónimo de los que tanto gustaba Él Mismo, permanece como un mito, de esos que Él Mismo miraba con tanta precaución ( y decimos Él Mismo, en tercera persona mayúscula, ya que hizo de la recursividad del lenguaje y la conciencia de sí mismo un torturado arte: podía estar horas preguntándose cuáles eran sus verdaderas intenciones con respecto a los demás).

Quitémonos ya de encima las obligaciones a la hora de escribir sobre DFW. De esa purpurina dramática, mediática. Hitos, lugares comunes insalvables sobre Él Mismo: el Trastorno Bipolar Crónico que sufría. Su melena cubierta con una badana, la barba de varios días, las chaquetas arrugadas que le daban un aspecto a medio camino entre un fan del grunge y un profesor universitario. Su trágico final ahorcándose en una cuerda.

Bien.

Él Mismo lo explicaría mejor- lo explicó- en sus artículos periodísticos, sus novelas y cuentos cortos. O no lo explicó en absoluto y tan solo hacemos cábalas en retrospectiva, creyendo que entendemos algo de Él Mismo.

En su kilométrica novela La Broma Infinita, un alarde necesario, crea todo un mundo, un ecosistema preñado de detalles, obsesivo en la arquitectura, rico en matices, prolijo en detalles, para contar apenas nada en absoluto. Un macguffin digno de Thomas Pynchon lleno de organizaciones terroristas, un nuevo mapa geopolítico, fechas del calendario que llevan el nombre de marcas comerciales, espías que se disfrazan de mujeres sin afeitarse la barba y una academia de tenis de hechuras militares. La broma infinita, no es otra cosa que una película con el poder de volver loco a todo el que la vea. La literatura por la literatura; un loop que gira y gira sin conducir a ninguna parte. El esfuerzo de un demiurgo, de un Dios  un tanto nerd, por crear un mundo tan solo por el placer de crearlo. Así era ÉL Mismo. Su obra no es perfecta, como la ningún Dios- sino miren por su ventana- pero era basta e inconmensurable y satisfactoria y potente.

A partir de DFW, un escritor realista debe acaparar más; un mayor trozo de la realidad, ese espinoso lugar donde las ficciones tienen lugar. Debe analizar más variables, poseer más conocimientos, abarcar diferentes ángulos. Debe describir cómo la luz, al entrar en una habitación, se descompone en una nueva configuración dentro del espectro luminoso. O cómo la morfología de una mosca surca el cielo opaco de la habitación donde el protagonista de la novela recuerda la constelación de pecas del rostro de su compañera de pupitre en la escuela, veinte años atrás. Porque DFW elevó el gradiente de omnisciencia de un novelista. Trató de canalizar la multiplicidad de estímulos a los que se ve sometido el Hombre Contemporáneo- como Él Mismo lo era-, tratando el arte más como una enorme mesa de mezclas de DJ donde samplear fragmentos de información, que como una obra de artesanía de la que, desde la nada, el artista extrae una obra.

DFW pretendía devolver la autenticidad de la empatía a la escritura. Desterrar el virus del cinismo de su probeta de escritor. Creía que el arte serio era creado para ofrecer una perspectiva que nos mejorara como seres humanos. Abominaba de la banalidad a pesar de dejarse envolver por ella. De usar materiales impuros con los que elevar capiteles y arcos barrocos de escritura fluida y totalizadora con la que tratar de devolverle la mirada al mundo. Ese mundo que a veces le resultaba de una opacidad y frialdad terribles. Pero que otras era una fuente de diversión y desvarío culterano.

En realidad, la obra de Él Mismo trataba de responder a diversos interrogantes: ¿Cómo vivir en el mundo contemporáneo? ¿Cómo lidiar con la recursividad en una sociedad en la que cualquier referente remite a otro y así hasta el infinito? ¿Cómo dar cuenta de esa paralizadora profusión salvaje de significados en una ionosfera simbólica en constante crecimiento y mutación aberrante?

Él Mismo nos ha dejado a solas, en nuestro solipsismo cotidiano, en nuestra ironía hastiada, en nuestras pequeñas islas llamadas yoes. Pero al menos tuvo la decencia de dejar la luz encendida, antes de salir de esta habitación que llamamos vida. Como el mismo Dios de las Sagradas Escrituras, esa otra Broma Infinita.

* Este artículo ha sido escrito sin consultar en la red nada sobre David Foster Wallace. Ha sido escrito únicamente dejando que ese pozo de limo y barro llamado memoria acuda al rescate del autor.

 

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