Zelda y Francis Scott Fitzgerald: esplendor y caída de la pareja que marcó una época

Zelda y Francis Scott Fitzgerald: esplendor y caída de la pareja que marcó una época

Gran acierto el de Gatopardo ediciones al contar de nuevo en su catálogo con Pietro Citati (Florencia, 1930), autor con un dominio magistral de las biografías (responsable de autores de la talla de Kafka, Tolstói o Goethe). Además, como demuestra en su última colaboración con la editorial tras La vida breve de Katherine Mansfield (2016), el género de la biografía no siempre ha de ser extenso.

Precisamente, La muerte de la mariposa es un breve pero contundente y preciso recorrido por una de esas parejas que, sí, admitámoslo, todos hubiéramos querido conocer: Zelda y Francis Scott Fitzgerald. Ellos, que tanto tuvieron, y que, sin embargo, tanto perdieron.

¿Qué habita en las parejas atormentadas que cautivan tanto? Ya sea en la ficción como en la vida real, parece que la inestabilidad y los baches de las parejas que confían en superarlo todo confiando solo en el poder de su amor son fuente de admiración y curiosidad. Quizás sea por aquello de que todo en esta vida es una batalla que libramos día a día, y el amor no escapa de esa máxima.

El perfil de él es más conocido. A pesar de su gran éxito, toda la vida de Francis S. Fitzgerald (1896-1940) fue una grieta. Incluso cuando se casó con Zelda Sayre y llegó a ser un escritor de enorme éxito, vio en el triunfo la sombra de varias catástrofes.  No tenía reparos en confesar abiertamente su deseo de convertirse en uno de los mejores escritores de todos los tiempos. El arte de gustar lo obsesionaba de tal modo que marcó su vida. Quizás, motivado por la idea de brillar y gustar, se fijó en la que era la chica más cortejada de toda Alabama.  Pero, mientras eso pasaba, él no se respetaba ni confiaba en sí mismo.

Si Fitzgerald era una herida abierta por la que sangraban sus debilidades, Zelda Sayre aparentemente no presentaba ninguna fisura, según escribe Pietro Citati en las páginas del libro. Hiciera lo que hiciese, resultaba una chica fascinante, alguien a quien todo el mundo contemplaba. Suele ocurrir que las criaturas agraciadas son también las más atormentadas, y que detrás de esa aparente perfección se escondía mucho en lo que indagar.

Zelda creía que el deber de las mujeres no era garantizar la tranquilidad, como le habían enseñado en el seno familiar, sino ofender, molestar, provocar desastres (…). Pero ellos eran afines, demasiado afines. Tanto en su dimensión de personas como en la de escritores, eran cómplices. Fitzgerald copiaba las cartas y los diarios de Zelda y los incorporaba a escondidas a sus libros: A este lado del paraíso, Hermosos y malditos y Suave es la noche; le presentaba a su esposa, página tras página, sus cuentos y novelas, y cuando no conseguía ver a los personajes de El Gran Gatsby, ella los dibujaba repetidamente, tratando de capturar las imágenes que rehuían de la pluma de su marido. Eran la misma persona con dos corazones y dos cabezas; y esos corazones y esas cabezas se volvían apasionadamente el uno hacia el otro, el uno contra el otro, hasta arder en una única hoguera.

Los felices años 20

Durante el oasis de aparente felicidad que el mundo vivía en los años 20, una belle époque que no hacía presagiar lo que vendría una década después, la pareja se casó. Nueva York era entonces una fiesta continua.

¿Quién no querría codearse con ellos, que amablemente despilfarraban en fiestas, en villas, que contaban con niñera, criados y automóviles? En 1924, se mudaron a la Costa Azul francesa junto a su única hija. Es la costa que aparece en Suave es la noche, la que algunos consideran que es la mejor obra de Fitzgerald con permiso de El gran Gatsby.

Eran ambos mitómanos y mentirosos: aquel par necesitaba el drama, los dos lo inventaban y tal vez eran víctimas de su inestable y un poco morbosa imaginación. Poco a poco, las peleas aumentaron. Abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas antes incluso de que la locura los arrollara.

“Toda vida es un proceso de demolición”, escribió él en el arranque de uno de sus relatos. Para llevarlo a cabo, ambos bebían. Fitzgerald especialmente, tal vez para vencer el complejo de inseguridad y de inferioridad que siempre lo había torturado y que ningún éxito literario conseguía calmar. Como tantos otros antes y después que él, bebía para olvidar. Mientras tanto, ganaba una fortuna por sus magistrales relatos, fortuna que se perdía entre el lujo en el que la pareja vivía.

A los 27 años, Zelda empezó su declive mental. Era pronto para intuir que nunca saldría de ese túnel, que no vería la luz. Obsesionada por su gran pasión, bailar, soñaba con dedicarse a ello de manera profesional. La danza le permitía expresar aquello que no sabía decir con palabras.  En abril de 1930, Zelda ingresó en una clínica a las afueras de París. Poco tiempo después, salió de allí y trató de suicidarse. Fue diagnosticada con esquizofrenia. “Me pregunto por qué no hemos sido nunca demasiado felices”, le escribió a su marido en una de las muchas cartas que intercambiaron durante años.

A esa época pertenecen algunos de los mejores cuentos del escritor, como Una mala travesía, La boda, Dos errores y Regreso a Babilonia.  Los baches, ya instalados entre ellos, los acompañarían hasta el final. “No hay nada sobre nuestros pies”, escribió él, tal vez cuando intuyó el inexorable declive.

Zelda mejoró en 1931, aunque con continuas recaídas. En 1932, poco después de haber intentado suicidarse arrojándose a las vías del tren, comenzó a escribir una novela autobiográfica, Resérvame el vals. No tuvo el apoyo de su marido, quien odiaba que Zelda contase su vida, sus aspiraciones, enfermedades y desastres en una novela.

Suave es la noche, la obra que novelaba de algún modo esa existencia en apariencia perfecta pero llena de fisuras en el sur de Francia, fue duramente criticada por Hemingway. Poco amigo del empleo del tacto, el autor de Por quién doblan las campanas dijo que Fitzgerald “no sabía pensar, no conocía la realidad, no escuchaba a los demás, no olvidaba nunca su tragedia personal y no era disciplinado”.

“No puedo vivir en la ciudad fantasma en que Zelda se ha convertido”

El declive, también literario, lo obligó a regresar a Hollywood, donde se sintió abandonado por todos. Una deuda de casi 40.000 dólares era la responsable de la vuelta a casa. La Metro Goldwyn Mayer le ofrecía un sueldo como guionista; pero allí, el gran novelista era para muchos alguien a quien incluso daban por muerto.

Su relación con su esposa vivía los momentos más bajos, aunque el vínculo jamás se deshizo. “No puedo vivir en la ciudad fantasma en que Zelda se ha convertido”, confesaba el hombre que también admitía estar “terriblemente cansado de ser Scott Fitzgerald”.

En los últimos años de su vida, el escritor se sintió abandonado por la literatura, esa que había sido su gran obsesión. “Mi talento está lleno de cicatrices”, dejó escrito. Pero aún había brillo y luz en cuentos como Un caso de alcoholismo, The long way out o Financiando a Finnegan.

“La historia de mi vida es la de la lucha entre una imperiosa necesidad de escribir y una combinación de circunstancias que se aliaban para impedírmelo”.

A nivel sentimental, encontró cierto consuelo en los brazos de una mujer llamada Sheila Graham. Sería ella quien, a principios de los 40, consiguió que el autor se desvinculara del alcohol. No sirvió de mucho: la muerte ya lo acechaba, y le impidió terminar la que él esperaba que fuera su gran novela, El último magnate. 

Zelda vivió unos años más entre recaídas constantes. Su trágico final parece sacado de una novela, puesto que murió calcinada en un incendio que se desató una noche en un hospital en el que estaba ingresada. La enterraron junto a su marido, con quien había vivido los felices y luminosos años veinte, antes de que todo se desmoronase y se hundieran, botes remando contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado. Justo el epitafio, perteneciente a El gran Gatsby, que vela sus tumbas.

 

Sobre el autor

Periodista especializada en libros. Me gustaría vivir en un cuento de Cortázar o vivir del cuento.

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