Reseña de una reseña

Reseña de una reseña

Esta reseña es un fracaso desde la primera línea. Cualquier escrito, sólo letras destartaladas, necesita de una categoría a la cual dar respuesta. Por lo tanto, el tiempo, con el paso de la lectura, ratificará la tragedia de una reseña que se niega a serlo, que desdeña su condición para permanecer en la etérea abstracción de la duda. La certeza adquiere una titánica violencia, una ingenuidad análoga al candor de la infancia, crédula, pasajera, añorada, sino fuera por la crueldad que supone desconocer quién eres.

Imaginen a esta reseña, por llamarla de algún modo, sólo por consumar la duda que oscurece su alusión – aunque, realmente, el término exacto sea insinuación –, acudiendo al registro civil de los textos. El burócrata de las reseñas le recibiría con la protocolaria actitud que incapacita al reproche, y preguntaría: “¿Nombre?”. “La reseña”, respondería – no sabemos quién –. Lo apuntaría, el tecleo, efímero, por un ligero momento, ensordecería cualquier palabra que quisiera deambular en la nube que habita en el silencio de los ruidos triviales que no nos conciernen. Levantaría el funcionario su mirada cansada, desgastada por quien no encuentra la evasiva de la distensión, resignándose ante la tan asfixiante rutina, aclararía su voz y reanudaría, de nuevo, el cuestionario – o interrogatorio, o cualquier cosa –: “¿Procedencia?”. El texto (eso es innegable) prorrogaría el silencio ante una aclaración inminente. “El género del texto”, añadiría, como quien muestra el hartazgo al insistir en dicha puntualización, reiteradamente, con cada texto que acude al registro. El texto se quedaría esclavizado ante la duda, sin respuesta: en blanco.

Quizá, este manuscrito se caracterice por su vacuidad gracias al motivo que, a veces, nos imposibilita a encontrar nuestro lugar en este frenético mundo donde nada perdura, donde todo parece arcaico en cuestión de segundos por la necesidad de inmediatez: el miedo. Reseñar, evaluar, criticar una obra significa una opresiva responsabilidad que se traduce en un cargo de conciencia sofocante. El primer elemento sustancial obedece a los arbitrios, tan caprichosos, de quien escribe la crítica; tal vez configure una pretensión deplorable reducir una novela a una exigua reseña, un ejercicio de simplificación sobre horas y horas de trabajo. Al reseñista se le presupone, también, una cierta no ignorancia, inteligencia – por eso no me ha atrevido a ello –, un cierto conocimiento de, por ejemplo, las metáforas literarias o la identificación y, en consecuencia, gratitud o desafección, hacia una cuidada o negligente voz narrativa. Por tanto, de ambos elementos (las apetencias y el intelecto), cabe deducir al peor de los reseñistas: alguien malhumorado e ignorante al mismo tiempo.

Otro determinante que aviva el temor: escribir una reseña que desanime la posterior lectura por parte de quien es leída. Acaso, por ese motivo, al inaugurar un texto relativo a Madame Bovary, una vez terminado, lo mejor que pude hacer fue romper el folio y tirarlo a la basura, abatido como se sentía madame bajo la prosa flauberiana, tan ecuánime como apasionada, con una tercera persona que esboza a la condición humana a través de personajes universales. En esa misma tentativa, escribía un artículo sobre el estilo literario de Chéjov, que rememoraba a Flaubert, en su caso a través de cuentos, más bien radiografías de la prerrevolucionaria Rusia del siglo XIX que nos trasladan, con esa exquisita vehemencia, a los lugares de aquella época. Esa insólita capacidad de ambientación narrativa, sin la necesidad de acudir a referencias históricos explícitas, me asaltaba mientras leía Orlando de Virginia Woolf. En su estilo técnico y liviano, en su desbordante capacidad imaginativa y en su transgresión en cuanto a la forma y las ideas emulaba Historia abreviada de la literatura portátil de Enrique Vila-Matas. El autor es uno de los narradores más salvajemente imaginativos de la literatura actual; goza de un reconocimiento internacional extraordinario que ha influido en la obra de escritores tan populares como Paul Auster. Vila-Matas ha construido un mundo literario orgánico, enlazando sus novelas entre sí, con diferentes historias, pero destacando una voz reconocible e ingobernable. Sus textos parecen tan frágilmente cuidados como para olvidar que lo están; nos sumerge en su agudeza creativa jugando con la delicada frontera que separa la realidad de la ficción sin dejar de resultar auténticamente verosímil.

Redactar una reseña, desde el primer momento, incluso antes de su transcripción, conjuga una cantidad de peligros insoslayables, ajenos al lector que sobrevive desconociendo la agonía del escritor de su lectura. Por ello, en cierta medida – incapaces de sintetizar o, tan siquiera, precisar la magnitud concreta –, este texto, del cual desconocemos su origen, supone una traición: un modo de transmutar la zozobra, propia del remitente, a su destinatario. Las amenazas de escribir una reseña comprenden pudor o miedo, y se precipitan en cualquier momento: antes, durante y después de la escritura. La primera deslealtad de la conciencia te asalta mientras se disfruta de una placentera lectura, parecida a esta, pero, insisto, en ese caso, placentera. De repente, al principio, mitad o final de una novela se te ocurre una primorosa, en apariencia, y desazonada, en profundidad, idea: el deseo de reseñar esa obra. Al comienzo puede suponer, también, un acto de misericordia y bondad al querer compartirla, pero, en ocasiones, se transfigura en un elitismo. Entonces, te atreves al peligro de que te guste y tener que acarrear con este y los sucesivos desperfectos. Y si te gusta, y no la escribes, y piensas que prefieres reservarte el placer de la lectura, te sientes un egoísta – otra opción más descabellada y mezquina es escribir una reseña falsa: beatificar una obra paupérrima –. En conclusión, no disfrutas de la novela porque piensas continuamente cómo debería ser su crítica. Destripas sus entrañas y, también, cierta magia.

Otro agravante reside en los medios para la escritura: llegar al escritorio, coger folios, rellenar la pluma en el tintero con el émbolo y al escribir, deseando con locura hacerlo, ser incapaz – o comenzar y parecer todo tan grotesco y vulgar que tienes que tachar cada frase – y viceversa: estar el metro, comiendo, en la consulta del médito, en cualquier lugar, haciendo cosas tan foráneas a la imaginación y tener un destello, un golpe, de ingenio, y no tener nada donde escribir o apuntar, y sentir el desasosiego del fumador compulsivo privado de su vicio, y olvidarte el tabaco, y memorizar en tu cabeza, y repetir constantemente esa idea que se antoja tan envidiable, y abrir la casa, y no saludar a nadie, y llegar a escritorio, y escribir, y tachar, y otra vez volver a empezar.

Quien escribe, también, inquiere, obsesivamente, en dotarse de una voz narrativa idónea. Por un lado, en determinadas ocasiones, resultar liviano con una prosa que no tenga la menor dificultad para el lector, fácil, sencilla, corriente; en otras tantas, semejarse a la delicadeza, con precisión, a través de rimbombancias, cargada de matices, tonalidades, concreciones, prolijidades, gracias a símiles visuales, como un pintor que ansía la pincelada precisa, inmejorable, exquisita, frágil en su cuadro. También, algo verdaderamente concurrido en la escritura, son las interpretaciones o metáforas explícitas: ´Tengo pánico a que no les guste esta falsa reseña´, dirían; o implícitas, estas últimas le corresponde al lector encontrarlas.

Pensar cómo le gustaría (a quien lee, interpreta y sanciona la reseña) que fuese el texto es otra perturbación habitual. O, simplemente, divagar acerca de sus pensamientos y sospechas que huyen de lo estrictamente literario. ¿Se advertirá demasiado mi vergüenza o imprudencia, mi hipocondría o salud, que escribo de noche o por la mañana, ser de izquierdas o derechas, o, incluso peor, ser diestro o zurdo, si escribo sobrio o ebrio, con vino blanco manchado con gaseosa o con un vaso de agua, o, lo que es más probable, se percatarán de que es Clara, mi amante, quien escribe mis textos, pero le da vergüenza que salgan publicados con su nombre?

El detonante fratricida surge en esa irreparable, siempre vacilante, a medias, batalla entre el deseo y su proyección en la realidad, apenas una sombra distorsionada. Por eso, recomiendo, bajo una hipotética potestad para hacerlo, que, ni se les ocurra, en un golpe de nostalgia, releer sus textos. Cuanto más tiempo, más desasosiego – ni que decir tiene respecto a los ya publicados –. La regla es sencilla, aunque también la vida lo parezca, únicamente han de reprimir sus caprichos: sólo lean para modificar, jamás para disfrutar – máximo plazo posible: un par de horas –. Otra decisión absolutamente transcendental es el título. Puede ser pomposo y largo (“La insoslayable amenaza de escribir una crónica”); o corto y sencillo (“La crónica perdida”), también, por supuesto, se admiten combinaciones entre sí (“La insoslayable crónica de escribir una pérdida”, “La crónica amenaza de escribir”), más divertidas, pero, al mismo tiempo, escacharradas. Y, por fin, el último inconveniente, mandar el texto a la redacción (y tropezarte con que el perro se haya comido tu ordenador porque tenías miedo al enviarlo). In situ, la redactora adquiere el papel de crítica, crítica sobre tu crítica literaria, una trampa en los reversos del azar, y sentencia su destino. Si están leyendo esto, habrá aprobado su publicación – o habrán entrado a robar a mi casa, quizá esto sea más probable –, desconozco según qué criterios, pero, no obstante, deben agradecérselo a la redactora – tal vez, ella accedió a mi casa, burlando las paredes, y, mientras buscaba el texto, haya dejado el escritorio desordenado como permanecía cuando me dispuse a enviarlo y no lo encontraba – o recriminármelo a mí -y beber como al escribirlo y fumar como al acabarlo, como nunca había hecho –. También se puede sentir miedo al juicio del escritor de la novela, pero, en todo caso, es una responsabilidad suya. La escritura es siempre una agonía, una obra inacabada, sin embargo, a veces, incluso, en esta reseña – ¡no!, ¡reseña no!, olvídenlo –, se disfruta haciéndolo.

Cuando acabo de leer, una presencia oscura, lúgubre – un reflejo de mi conciencia –, se apodera de mí. Me persigue, infatigable, parecida a mi sombra. Los odradeks que diría Vila-Matas. Vuelvo corriendo (huyendo) a mi casa. Y al comenzar a escribir esta reseña la rompo porque todo lo que escribo es falso, improcedente, innombrable. Intento escapar de aquel lugar. Mi amante, con la que vivo desde hace años, descansa en el salón, ajena a lo acontecido, leyendo en el sofá gracias a una tenue luz anaranjada, sus piernas entrelazadas y el gesto serio. No percibe mi presencia y, antes de rescindir el silencio, dibuja una ingrávida sonrisa. Me alcanza el texto, la no reseña, y mi mirada recorre sus líneas mientras agonizo. No reconozco mi letra. Leo y releo, y soy incapaz de saber quién la ha escrito, ennegreciendo ese folio, con trazos de tinta ondulante. ´ ¿Cuál es el género del texto? `, pregunta Clara al acabar de leerlo.

Sobre el autor

Articulista, cuentista, cronista por devoción. Economista por obligación.

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