Lorca: un carácter sin igual para una obra excepcional

Lorca: un carácter sin igual para una obra excepcional

Un amplio sector de la filología coincide en que una obra literaria debe ser leída y estudiada sin tener en cuenta la biografía de su autor, ya que esta podría conducir a interpretaciones erróneas o sesgadas. No obstante, a veces la vida del artista sí que es decisiva a la hora de entender ciertos aspectos de su obra: cuando una personalidad excéntrica se conjuga con un talento inigualable, el paso a la historia está garantizado. Tal es el caso del granadino Federico García Lorca.

La mayoría de las curiosas anécdotas que definen su peculiar carácter —y sus relaciones con otros artistas— tienen como escenario la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde convivieron grandes genios como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas o Rafael Alberti, ya como residentes, ya como invitados a las tertulias. El trío más llamativo de este centro cultural fue el conformado por Lorca, el pintor Salvador Dalí y el cineasta Luis Buñuel; sobre todo sorprende la gran amistad entre los dos primeros, una amistad que tantas veces intentó frustrar el tercero. Es más, algunos rumores aseveran que aquel vínculo entre Lorca y Dalí no era una mera relación de amigos: más de un gran hispanista sostiene que existió entre ellos una tensión sexual que, por algún motivo, no se llegó a consumar. Según algún biógrafo del granadino, Lorca se enamoró de Dalí e intentó con él más de lo que debía, pero el pintor se negó a tales acercamientos —bien porque no lo correspondía, bien porque no era capaz de asumir su propia condición, según se ha sugerido—.

Buñuel, por su parte, siempre despreció a Lorca —de hecho, lo llamaba «el asqueroso»— y trató de distanciarlo de su amigo Dalí: cuando poeta y pintor compartían habitación y dormían juntos, el director de cine les tiraba barreños de agua por las rendijas del dormitorio. Aquellos eran solo juegos de adolescentes: el asunto pasó a mayores cuando Buñuel convenció a Dalí de protagonizar el célebre cortometraje surrealista titulado Un perro andaluz, en clara y ofensiva alusión a Lorca. Para entonces, Dalí y Lorca ya habían roto sus lazos: el pintor, al leer el Romancero gitano, había tachado al poeta de «putrefacto» por lo supuestamente obsoletos que estaban sus versos.

En el antedicho Romancero gitano, Lorca aborda sin tregua el tema de la muerte, desde una perspectiva un tanto tétrica en ocasiones. Su pasión por el último adiós no se limitó a la literatura: alguna que otra vez fingió el poeta su propio óbito en la Residencia de Estudiantes. En efecto: pasaba horas y horas en la cama, incluso días, ante la mirada atónita de sus amigos, que lo consideraban al borde de la muerte. Lorca recreaba oralmente su propio entierro: mientras ellos lo rodeaban, creyéndolo agónico y delirante, él les narraba cómo se cerraba su propio ataúd, cómo redoblaba el bronce fúnebre de Granada, cómo lo sepultaban en el camposanto… y, de súbito, cuando algunos presentes ya derramaban las primeras lágrimas, Lorca pegaba un salto de la cama, reía a carcajadas y trocaba su palidez en su color natural. Después de esta fugaz visita al más allá, los echaba a todos de su habitación y se echaba a dormir como un recién nacido. Como hemos visto, de vez en cuando la realidad supera a la ficción o, más bien, la personalidad del autor supera a su propia obra

Sobre el autor

Licenciado en Filología Hispánica. Vivo para escribir y, sobre todo, escribo para vivir.

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