Lo que no sabías de Juan Ramón Jiménez

Lo que no sabías de Juan Ramón Jiménez

Siempre existe una historia detrás de las páginas: cada poeta escribe a su manera y a veces es interesante conocer las manías de los mayores genios de la literatura. Pues bien, tras las páginas de Juan Ramón Jiménez está la historia de un perfeccionista rayano en lo obsesivo.

Efectivamente, desde muy joven, el moguereño aspiraba a lograr la poesía perfecta, definitiva, incuestionable. Tanto era así que, a medida que cumplía años, revisaba los poemas que había escrito tiempo atrás y los quemaba casi sin excepción: tenía la sensación de que todas sus etapas anteriores eran mejorables y, por consiguiente, inútiles.

Pongamos algún ejemplo: publicó dos poemarios en su adolescencia, Almas de violeta y Ninfeas, pero años más tarde los releyó y los repudió, de modo que los fue persiguiendo de librería en librería —cual emisario de la Inquisición— para quemarlos todos y que no quedara ningún vestigio de su pasado imperfecto. Dado lo extenuante que debía de resultar este procedimiento, recurrió más tarde a otra estrategia: cuando releía algún poema antiguo que aún lo satisfacía, lo sellaba como «MPS» (‘Meditado Para Siempre’) y lo conservaba para la posteridad. Todos los demás sucumbían al fuego.

Su ortografía también dio que hablar. Puesto que nuestro poeta era un pertinaz paladín de la sencillez y un acérrimo enemigo de lo innecesario, utilizó únicamente la j en lugar de ge/gi (jitana, jenial) y eliminó algunos grupos consonánticos (setiembre, escelentísimo), entre otras innovaciones. Al fin y al cabo, Juan Ramón defendía que se debía escribir como se hablaba, en lugar de hablar como se escribía. ¿Para qué trazar una g en girar y una j en jirafa si el fonema es el mismo? ¿Por qué escribir extraño u obstáculo si todos decimos estraño y ostáculo? Tales eran sus ideas, compartidas a propósito por nada menos que Gabriel García Márquez, quien llegó a declarar en el Congreso Internacional de la Lengua Española de 1997: «¡Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna!».

Finalmente, espigaremos algunas curiosidades sobre su relación con su esposa, la estadounidense Zenobia Camprubí. A Juan Ramón se le había diagnosticado hiperestesia (es decir, algunos estímulos sensitivos de escasa intensidad resultaban especialmente fuertes para sus sentidos) y percibía los sonidos de forma especial. Fue así como conoció al amor de su vida: escuchando una risa embriagadora que todas las tardes acudía a la casa de sus vecinos. Tras algunas semanas, casualmente reconoció aquella hermosa risa por la calle y se atrevió a hablar con la emisora de tan eufónicas carcajadas: podríamos afirmar que fue un amor a primer oído.

Por cierto: fue Zenobia quien, aprovechando algunos contactos de su país, propuso a su marido para el Premio Nobel de Literatura. Desafortunadamente ella enfermó de cáncer, pero no murió sin saber la magnífica noticia: tres días antes de fallecer, le comunicaron que el galardón se le concedería a su esposo. Pero Juan Ramón no lo disfrutaría durante mucho tiempo: el onubense dependía hasta tal punto de los cuidados de su consorte que, tan solo dos años después de que ella pasase a mejor vida, él se marchó a hacerle compañía.

Sobre el autor

Licenciado en Filología Hispánica. Vivo para escribir y, sobre todo, escribo para vivir.

1 Comentario

  1. Rosa

    Vaya!. Me encanta que sepas cosas que normalmente no son conocidas. Sigue indagando y así continúo deleitándome con tus escritos…felicidades!!! Es” escelente ” tu trabajo!!

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