Aproximación a la vida según Onetti

Aproximación a la vida según Onetti

Mientras escribía acompañado del estridente rubor de la Olivetti Lettera 42 suspendido por el silencio intempestivo que balsamizaba el cuarto, interrumpiendo el hastío de relojes y puertas con el fragor de agujas y portazos, buscaba la lejana intuición de su presencia, la cual había imaginado al mismo tiempo que deambulaba extraviado por las laberínticas veredas de su prosa, abstraído por sus juegos con el tiempo y la existencia, por las metáforas tan enrevesadas, que padecían la necesidad del reflejo de las palabras en los pliegues de la realidad, como familiares, propias de una vida – la de Brausen – semejante al resto. Intuía a Onetti al otro lado de la pared de mi cuarto, en la penumbra que ridiculiza a la réplica, separadas la suya y la mía por la frontera de la muerte – decolorándose con el tiempo, acercándome a él –; en la cama, atribuyendo a su cuerpo la liviandad de una figura decorativa, formando parte del paisaje, incompleto en su ausencia, leyendo asiduamente novelas policiacas, sin la interrupción de la narcosis, que Dolly, su esposa, le compraba para despistar su agonía, sus demonios, fumando con absoluta naturalidad – algo que a Dolly le quitaba el sueño por las noches: pensaba que se dormiría con el cigarrillo entre sus labios, haciendo arder la cama, su cuerpo, el cuarto, la casa de Avenida de América –, bebiendo alcohol aguado, con la cara rojiza e inflamada por no dejar de hacerlo; acariciando, mientras fumaba, leía y bebía, a La Biche, su pequeña fox terrier, mirándola  a través de las lentes que escondían sus ojos cansados, descansando sobre las bolsas de ojeras que pendían sobre su rostro con machas y arrugas; o, simplemente, Dolly haciéndole una foto (´Mirá acá, Juan`, diría) donde, con un revólver, el mismo con el que Brausen no se atrevió a disparar a la Queca en La vida breve, simulaba apuntar hacia el objetivo de la cámara.

´Pum`, escuché al otro lado del cuarto, enfrente de la pared que escondía a Onetti y hacía sospechar sus movimientos. El ruido me hizo ver, sin dejar de escribir, amordazado por el murmullo que se prolongaba tras el impacto, a Gabo, a Borges – quizá fuese Vargas Llosa quien salió enfurecido, ultimando su fuga con un portazo retumbante –, en definitiva, a quienes el pasado auguró el porvenir de la fama, oscureciendo la obra de otros, en la sombra, no menos brillantes en su literatura. Tal vez, mi cuarto, separado a un lado con Onetti, al otro con Gabo y Borges – Vargas Llosa en una ausencia transitoria, en el futuro de los muertos –, fuese aquel dubitativo espacio del destino. Y en la pared colindante que me separaba de Onetti, deseaba escuchar el dulce tono de voz de Cortázar – quien parece (injustamente) un atributo de la juventud –, entrecortado por las bocanadas de humo que escapaban de la ficción – como sus cuentos – del rojizo tabaco ardiendo al respirar por la boquilla de su pipa, mientras acariciaba a su gato bajo la penetrante mirada dibujada en el cautivador semblante de Rulfo, que contemplaba el frondoso entrecejo de Cortázar y, tal vez, se perdía en Comala con la voz de fondo, como una apocada melodía repatriada en las librerías de viejo, de Bolaño, quien hablaba y escribía, porque no podía dejar de escribir, por ejemplo, 2666.

Entonces, del cuarto en el que emergía la voz de Onetti, como sangre tras una mutilación, llamando a Dolly, extenuado de recibir visitas – periodistas, amigos, su conciencia –, sin levantarse de la cama, renegando de sí mismo – ´Jamás leí a Onetti`, dijo en una ocasión a una periodista –, escuché, de nuevo, en este caso en el piso de Avenida de América, un portazo, seguramente la despedida de un amigo, quizá Muñoz Molina, quien en Como la sombra que se va nos mostró quien era él (Onetti) y Muñoz Molina. Ese sonido, en apariencia tan inocuo, golpeó la delicadeza de mi nostalgia, aminorada por el recuerdo del futuro, y me devolvió a sus ojos inquietos tras haber comprado el último libro de Faulkner, recorriendo párrafos por las calles, chocándose con la gente, arrastrando sus pies por el simétrico empedrado, interrumpido por las terrazas y quioscos donde la gente, al sol del mediodía, lee el periódico al cual mandaba cartas, en plena calle Príncipe de Vergara.

El amor por Faulkner había influenciado su escritura, alterando, de algún modo, el curso de su vida. La vida breve, que empieza con Brausen imaginando el pecho sin mama de Gertrudis y la presencia de alguien ajeno al otro lado de su apartamento, es una de las novelas más intrépidamente imaginativas y reflexivas de la literatura reciente en castellano. Hay algunos escritores que piensan que la obligación moral de un narrador es relatar su proceso de escritura (cuanto menos debatible); pero es que Onetti es mucho más. En esa historia, cargada de matices, con la musicalidad intacta en una voz rigurosamente personal e irreductible, Onetti, quien llega a personarse en la novela, escribe tres historias, tres desdoblamientos de una misma persona, tres reversos de una misma trama.

Lejos del existencialismo primigenio en obras como La náusea, creó la novela literaria más existencialista en castellano, en la cual describe la angustia vital, la existencia previa a la esencia, y su cercana, al mismo tiempo que difusa, distancia con la inexistencia, la muerte. Entretanto el grado de embriaguez se acentúa con la lectura, cabe imaginarse a Onetti disfrutando y jugando con el tiempo – dotando de insignificancia al ser; revivirlo en lo absoluto –, cruzando historias entre sí. Su prosa, fielmente realista, relata la complejidad de lo concreto en un tempo y forma anómalo, propio, rememorando, en ocasiones, a estilos como el de Juan Benet – ambos herederos de la novela faulkneriana –. De ahí que, como Faulkner, de igual modo que Benet en Región, en la propia historia, a través de un personaje inventado por el protagonista en la novela, fuese creando un mundo literario como Santa María, inaugurando el lugar donde se sucederían, también, El Astillero y Juntacadáveres. Pero Onetti, incluso, comete una genialidad mayor: mientras Faulkner nos zambullía directamente en Yoknapatawpha, él nos hace cómplices, partícipes, testigos de la creación de su mundo, semejante a un brote de tinta que se dilata sobre el bosquejo de un plano vacío, cuando Díaz Grey lo dibujaba para después romperlo en pedazos.

Santa María no nace del albedrío, no es fruto del capricho, sino, más bien, conforma un lugar de paz en el exilio: cuando Onetti vivía en Buenos Aires, apresurado bajo las fronteras infranqueables del gobierno de Perón, extrañaba la ciudad, seguramente, de su vida, Montevideo; por ese mismo motivo, como él dijo, necesitaba un lugar reconocible, un puzle entre dos ciudades enfrascadas en recuerdos que le parecían tan ajenos – vivía en Buenos aires, pero su conciencia residía en Montevideo –. Requería, intuyo, aferrarse a algo antes de cansarse de vivir, dejar de buscar una razón que disculpase su existencia, resignándose ante la muerte, esperándola en su cama, con Dolly, con La Biche, con el tabaco, con el alcohol aguado, con las novelas policiacas, en su casa de Avenida de América – otra paradoja más del azar que ratificaba el arraigo al Montevideo de su infancia –.

Al recibir el Premio Cervantes, el mismo año que fue propuesto como candidato al Nobel para que al año siguiente un tal Gabriel García Márquez lo ganase, doce años antes de su muerte en Madrid, un año después de escribir su última novela en Santamaría (Dejemos hablar al viento), en una entrevista para El País con motivo del galardón, dijo: “Me gustaría confundirme entre la multitud”. En la misma, cuando le preguntaban si él escribía para Onetti, respondió, desdoblándose, como en la vida, en La vida breve: “Sí; él es mi mejor amigo”. También es particularmente célebre una anécdota que nos aproxima a su personalidad, lejos de la angustia depresiva que padecía por el simple accidente de la existencia: al disputar el Premio Rómulos Gallegos con Vargas Llosa, al rivalizar La casa verde del peruano con su Juntacadáveres y ganar la primera de ellas, atestiguó, imagino, con su gesto serio al mismo tiempo que retórico, aspirando a dejar de ser quien era, abandonándose a sí mismo, que su “burdel era mejor que el mío en Juntacadáveres. El mío no tenía orquesta”.

Quizá esa orquesta le separase de la otra pared del cuarto, aunque, quizá, no hubiera deseado traspasarla nunca, con su desprecio a la fama, quizá Vargas Llosa y él se habían cruzado en el destino de la literatura y su folclore, dirimiendo sus caminos, quizá la musicalidad de la novela de Onetti sustituyese al silencio de la orquesta tras su muerte.

*Fotografía Juan Carlos Onetti ca. 1993. Fotografía: Dolly Onetti / Casa de América.

*Juan Carlos Onetti  falleció el 30 de mayo de 1994 a los 84 años en una clínica madrileña, a causa de problemas hepáticos. Siguiendo su última voluntad, sus restos fueron cremados en el Cementerio de La Almudena, en la capital española.12

Sobre el autor

Articulista, cuentista, cronista por devoción. Economista por obligación.

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