La literatura del compromiso

La literatura del compromiso

Hace un tiempo se publicó en la exquisita, longeva y coetánea revista literaria Babelia, un esencial artículo de Marta Sanz llamado “¿Es posible una literatura de urgencia?” que desgranaba o, más bien, avivaba, de nuevo, la interminable controversia acerca de la vigencia que ha de poseer la literatura del compromiso en nuestros días. Un debate, a veces, reñido entre el fervor del idealismo inmediato y el enconamiento de los puristas refinados. Rescindir o declinar la discusión hacia una postura u otra, no sólo revela un dogmatismo insolente, sino que, a lo sumo, constituye un ejercicio de burda trivialización. Dicha cuestión goza de una relevancia absolutamente trascendental; pues condiciona o legitima una expresión formal de no exclusivamente la creación y el panorama literario, también del arte en su conjunto.

La literatura, junto a las demás expresiones artísticas, erige y deconstruye el relato de la Historia. Parece algo inherente, casi instintivo, a la condición humana, desde los más recónditos y pretéritos antepasados: narrar la realidad a través de imágenes, pinturas, relatos, mitos…ficciones de la realidad. Necesitamos materializar, de algún modo, nuestra existencia en elementos fundados a partir de abstracciones: las palabras. Quizá, en su génesis resida la genialidad y fatalidad por llegar al conocimiento en su más absoluta integridad.

El mundo sería inexplicable, aunque la literatura, al igual que el resto, jamás cerque – ni tan siquiera se aproxime a ello – el conocimiento, sin el arraigo de un relato – espejos distorsionados según consideraciones propias – nutrido y, he aquí el retorno al interrogante primigenio, condicionante de la realidad. Esta última – la transformación –, dilatándolo a cualquier obra artística, resulta ineludible y, a través de la ratificación en numerosos casos, concluimos que forma parte del sentir general de la población. La literatura, los periódicos, la música, la radio, la televisión, el cine, el teatro modelan el conglomerado histórico de una época, originando así, que podamos trasladarnos al pasado para comprender – o simplemente por placer –, nuestro presente. Por tanto, en muchas ocasiones, la descripción de la realidad, con sus dichas y tragedias, significa una transgresión hacia la misma; ante situaciones abominablemente mezquinas, detallar un paisaje histórico, sin posicionamiento explícito de ningún tipo, conduce, según sea la realidad, con mayor o menos vehemencia, según sea el individuo, con mayor o menor sensibilidad – empatía –, a una pulverización de los ideales establecidos en favor de unos nuevos que entrañen la ruptura o reforma que hegemonizaron los anteriores. Y así se sucede la Historia, el tiempo, nuestras vidas, hasta que exista, intuyo, una sociedad que acabe con ella – intuyo, por más añadidura, la cual obvie la sustancia del cambio por las formas más agresivas para conseguirlo –.

Tener unos principios y trascenderlos a una obra artística, en el caso que nos concierne, a una carrera literaria, encarna una práctica de dignidad: anteponer y divulgar tus preceptos a una de las manifestaciones vitales, quizá la que adquiere mayor relevancia, como es el trabajo profesional. Por ello no supone una crítica consistente la que ampara a la literatura de todo compromiso histórico, más aún cuando se proclama que la “literatura es otra cosa”, sin declarar cuál, o en qué se sustenta, ese argumento etéreo que hace menospreciar a la literatura del compromiso o, más bien, de urgencia, acomplejada, frente al resto del género literario.

La literatura puede que sea el arte más cautivo en lo que a forma se refiere, pero en su libertad narrativa pervive su belleza universal. El sometimiento de la literatura a un género concreto, dictaminando, según las apetencias, la superioridad de unos frente a otros, queda evidenciada en el dinamismo de las innovaciones acontecidas durante la Historia. El realismo mágico, por situar un célebre paradigma, no supuso un punto de ruptura de lo anterior, sino un enriquecimiento de la cultura universal en un determinado momento histórico.

Existen distintas manifestaciones del compromiso, implícito o explícito, a través de elementos narrativos de diferente índole. Madame Bovary estuvo a punto de no publicarse por pleitos en los que se argumentaban “delitos de ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres”; sólo con la contextualización del transcurso vital de Virginia Woolf, hace comprender la transgresión que supuso a la sociedad inglesa de comienzos del siglo XX una novela como Orlando (donde un hombre se convierte en mujer) o su tan popular y folclórico ensayo sobre feminismo La habitación propia. De igual modo que perdura la dialéctica del compromiso o no compromiso – ¿es esta última una forma de compromiso? Un ejemplo de excentricidad ante una realidad que siempre adquiere deficiencias; ¿o es este mismo argumento, el de una realidad siempre frustrante, en el que se escudan y argumentan su no compromiso con la realidad? – encontramos una desorbitada diferencia con una novela panfletaria, moralista. Toda novela, lo desee o no, configura un relato de la Historia, inocuo o subversivo; pero el territorio del compromiso, por otro lado, supone un riesgo extraordinario a quién lo adquiere. En nuestro tiempo de instantaneidad y desmemoria, un simple prejuicio que se convierte en viral simplifica, y en esa misma actitud mezquina, convierte en deplorable toda una carrera literaria de largo recorrido.

La política en sociedades con sensibilidades históricas y culturales tan desemejantes e, incluso, enfrentadas, permanece en un estado de excesiva visceralidad, dueña de las pasiones encontradas. Parece detestable cuando a un escritor o escritora, por estar en desacuerdo en lo político, se juzgue toda su obra; la mayor parte de las veces degradándola, aunque la mitificación resulte igual de obscena sin precedentes que la justifiquen – y sin precedentes, sólo la mitificación –. Es fundamental dividir dos conductas que no han de entremezclarse: la aportación política, en calidad de ciudadano, sometida a un juicio político, y la aportación literaria, en calidad de escritor, sometida a un juicio literario. Desligar ambas facetas proporciona mayor riqueza intelectual y cultural, de análisis, frente a la mediocre vaguedad del simplismo en forma de consigna.

El realismo social, la literatura en defensa de una causa, ideología, precepto…la literatura del compromiso supone una elección que incumbe al creador, exclusivamente, de una obra. Tanto y nada más que eso. Aun así, también es necesario reclamar, como demanda ciudadana, una toma de conciencia acerca de la realidad que nos acontece y, en estos tiempos, como en el pasado, como siempre ha sido y será, nos desborda. Señala – y acierta – Marta Sanz que “puede que hoy la urgencia tenga que ver con el rescate de formas clásicas y de un modo de leer que, desde la epidermis, nos conduzca a la raíz, desarrollando una conciencia crítica, obviando la literalidad”. Al igual que destaca en su artículo, es necesario subrayar la tensión en la que permanece la literatura de urgencia: acabar con la pretensión de convertir el compromiso en un fenómeno comercial – mainstream – que vacíe el significante primigenio y conseguir que ese retrato de la realidad se vea traducido en un compromiso pétreo en cuanta mayor gente posible, para así, en última instancia, consumar una realidad que atenta contra las nuevas percepciones inspiradas en, por ejemplo, como herramienta de difusión de masas, la literatura; todo ello conservando perder la forma narrativa requerida. Las generaciones venideras deberán resignificar el poso de pasado que nos vimos obligados o, más bien, pudimos, dejarles, constituyendo, en suma, repitiéndose interminablemente, el mayor hito de la condición humana: el progreso.

Sobre el autor

Articulista, cuentista, cronista por devoción. Economista por obligación.

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