La desoladora España vacía

La desoladora España vacía

Uno se hace consciente del mundo mirando. Más allá de la capacidad de ver, mirar significa concentrar conscientemente la mirada, alejándonos de nuestro horizonte interior por un momento, y no es algo que se aprenda fácilmente. Hay que entrenarse. Mi primer gran entrenamiento fue el Camino de Santiago (versión Norte: Irún – Compostela). Fue caminando que mi mirada aprendió. Quizá por ello, reconocí de inmediato esa capacidad de mirar en La España vacía (Ed. Turner), de Sergio del Molino.

Siendo como soy un gallego costero, todavía recuerdo el desagrado que sentía de pequeño al penetrar en los vacíos del interior de Galicia. Me preguntaba, ¿por qué no hay más casas, más gente, más pueblos? En la tardía adolescencia, recuerdo también encontrarme a la puerta de un albergue en mitad de la provincia de Burgos, y decirle a un profesor de biología que no comprendía cómo la gente podía vivir en un lugar así, sin apenas referentes geográficos ni pueblos. Él me respondió, con razón, que debía adiestrar mi mirada.

Lo que durante el Camino de Santiago llamé España en ruinas, Sergio del Molino lo llama la España vacía. Mi mirada se acostumbró a encontrar pueblos vacíos o abandonados a la sombra de la autovía (signo de modernidad pero también puntilla para miles de pueblos); también, viejas aldeas devoradas por la maleza; e incluso los pueblos de mayor entidad iban cayendo en una languidez previa al fin. La gente joven se marcha a la ciudad, y ya está. Nada nuevo bajo el sol, ¿cierto?

En La España vacía, Sergio del Molino disecciona de forma brillante el modo en que el interior de España se ha ido desangrando a lo largo del tiempo, especialmente durante el S. XX, para terminar convertida en un gran vacío, con las densidades demográficas más bajas de Europa. Su obra, una de las sorpresas editoriales del 2016, resulta vital para comprender este fenómeno y, también, para adiestrar la mirada, tal y como Sergio del Molino ha hecho a lo largo de centenares de visitas a esa España vacía que ahora conoce tan bien. Su prosa, bella y melancólica, pero también ágil, te conduce por los orígenes de ese ocaso de lo rural, derribando por el camino tópicos e iluminando zonas de oscuridad. Y ese camino incluye el por qué la sociedad española, al contrario que sus vecinos europeos, ha mirado con desconfianza y desagrado al campo, dándole la espalda. Desde Cervantes y las clases dominantes (aristócratas y burgueses); pasando por los románticos, que renegaban del campo como de la mismísima muerte; hasta nuestro pequeño dictador favorito y su Gran Trauma (expropiación de pueblos enteros para la construcción de presas y consecuente desplazamiento de mano de obra barata a las pujantes ciudades). Del Molino profundiza en ese odio a los campesinos usando como apertura el origen de la palabra tenedor. Y pasa, no de puntillas, por figuras capitales en la defensa de lo rural como Unamuno, Bécquer, Machado o Azorín, hasta llegar incluso a Extremoduro, ahí es nada. Y aunque en estos tiempos en que la vida parece medirse con la velocidad de la conexión a internet, pudiera parecer que la brecha campo-ciudad se hubiese diluido, Sergio del Molino nos recuerda que todavía hoy se distorsionan las noticias venidas de la España profunda, exagerándolas o convirtiéndolas en muestra de esa mitológica España negra: brutal, criminal y fría. Recordemos el histórico caso de Puerto Hurraco o el más reciente crimen de Fago. Mitos que se han ido colando en el inconsciente colectivo como un veneno de acción lenta.

Porque La España vacía de Sergio del Molino toca una fibra sensible en un país donde hasta no hace tanto, todos teníamos la casa del pueblo o pasábamos cada verano en la casa de los abuelos. Yo el primero: todavía recuerdo, con cierta vergüenza, renegar todo lazo de pertenencia con la aldea de mi padre. Porque ser de la aldea significaba ser un palurdo, un bruto, un animal. La España vacía de Sergio del Molino se construye con pueblos que son poco más que residencias de ancianos, lugares en donde van desapareciendo los servicios y donde el llanto de un bebé se vuelve noticia; lugares en donde se cuentan los caídos hasta que solamente queda uno, como nos cuenta Julio Llamazares en su sublime La lluvia amarilla (reseñada aquí): Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación; últimos habitantes que, en muchas ocasiones, se niegan a abandonar: Una anciana murió quemada en una choza que se negó a abandonar (Karl Marx). Todo esto, siempre y cuando el pueblo no hubiese sucumbido ya al Gran Trauma de Franco.

Los tentáculos de la España vacía de Sergio del Molino son muchos y variados, lo que ameniza todavía más una lectura que, en ocasiones, podría haber profundizado más. Transita por la modernidad líquida de Bauman, la teoría del aburrimiento de Janes Danckert, nos cuenta la Niebla fronteriza de Hasier Larretxea o detalla la crucial diferencia entre contarse y ser contado: “… que es la misma que hay entre la de ser dominado y dominarse uno mismo”.

Asombrosa mezcla de libro histórico, ensayo y crónica de viajes, La España vacía es un libro capital e imprescindible. Especialmente, para aprender a mirar.

Sobre el autor

Vividor nato; soñador; y de paso, también escritor. Todo a tiempo completo.

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