Que la broma siga girando

Que la broma siga girando

Me abro una cerveza como homenaje a La broma infinita de David Foster Wallace, pero supongo que todo lo que no sea pincharme o esnifarme alguna mierda no hace justicia al libro.

Que mi pésimo inicio no te haga suponer, ni siquiera a pesar de las cientos de páginas y de las decenas de notas en las que trata el tema, que la novela va de drogas. Sobre la desesperación de enfrentarse a la vida en su agotador día a día, sí, sobre el sinsentido de la rutina, el absurdo en general, las respuestas todavía más absurdas que nos damos de manera concreta, los laberintos adictivos donde nos metemos de cabeza, el horror, la brutalidad, el exceso, el sexo y casi todo lo que quieras añadir aquí con carácter oscuro, también. Pero ríe, que todo es una broma y a veces brilla. De eso también se trata.

Quiero ondear la bandera de mi vanidad para decir que acabé con más de 1200 páginas en letra más bien pequeña, y con más de 100 de notas a tamaño ridículamente microscópico, antes de que todo ese papel acabara conmigo. Me llevó tiempo, paciencia y escenarios múltiples como mi casa, el autobús, el metro, el trabajo y algunas aceras, pero mereció la pena, vaya si lo hizo. Por supuesto me gusta el mero placer de leer, pero la literatura también es esfuerzo. E Infinite jest lo exige.

De hecho, en cierto modo se puede decir que estamos ante un antilibro, si por libro entendemos un producto de mero entretenimiento. No solo por el volumen mastodóntico y el tamaño de la letra (lo leí en Debolsillo, Contemporánea, pero en todas las ediciones es similar), sino sobre todo por:

a) la estructura temporal; confusa y no aclarada hasta la página 257, cuando se presenta una cronología completa que parece un chiste pero que hay que tomar en serio. Después de esa cronología, todavía necesité de muchas andanzas de la familia Incandenza y de otros muchos protagonistas, para encajar todas las piezas temporales, y no me atrevo a poner la mano en el fuego porque lo lograra por completo.

b) la trama; surrealista y retorcida. Ahí va: James Incandenza, un genio alcohólico que se ha suicidado metiendo la cabeza en un microondas, rodó, antes de despedirse del mundo, una película que vuelve loco a todo el que la ve. Esa película será codiciada por diversas facciones políticas y terroristas que pululan por un USA y por un Canadá cercanos pero al tiempo distópicos. Pero que quede claro, la trama es una mera excusa para poner a bailar a sus personajes. Y quien dice bailar, dice sufrir.

c) por su final; al menos a mí me llevó de nuevo al principio pero me sentí tan exhausto que no pude ir más allá de hojear el principio. A tomar por culo la presentación, el nudo y el desenlace. Reconozco que tras establecer una relación tan intensa con la obra, esperaba una despedida más placentera. Ja. Luego pensé que al acabar una obra de arte en cierta medida te quedas huérfano, pero que el artista suele ofrecer una especie de duelo. Pues bien, en La broma, que es una obra de arte, te quedas huérfano también de ese duelo.

Así las cosas, no parece de extrañar que al libro se le subraye de posmoderno y aunque no soy muy fan de etiquetas es difícil discutir según qué cosas. Vamos con otros términos;  existencialista, de ciencia ficción, distópica o sátira de la sociedad norteamericana y por extensión de la cultura occidental en general.

Pero ya que estamos voy a animarme yo también a colgar un rótulo que reza: pura literatura. Porque pura literatura hace D.F. Wallace con su Infinite Jest al arrastrarnos con brillantez hacia los más bajos fondos del alma humana, y al elevarnos hacia alguna de sus cumbres. Insiste mucho menos, eso sí, en ir hacia arriba que en ir hacia abajo. Wallace juega con el lector mientras juega consigo mismo, o dicho de otra manera, consuela al lector mientras se consuela a sí mismo aunque para ello hunda a sus personajes.

Por todo lo dicho hasta aquí: NO. No es un libro que te recomiende, salvo que te odie mucho o te quiera demasiado. Pero mejor olvida lo segundo. Bueno, también lo primero. Más bien es un libro que te debe elegir a ti, no tú a él. Por eso si has llegado hasta aquí, corre antes de que te atrape. Y si te alcanza y acabas con él entre tus manos, no me pidas explicaciones.

Debería escribir adiós pero aún me quedan un par de tragos de cerveza.

Con el primero apostaré a que si no conoces a D. Foster Wallace y no has oído hablar antes de su Broma, la pomposidad de mis palabras te condujeron a un malentendido: el de que estamos ante un libro de culto leído por cuatro gatos. Lo primero no lo niego, lo segundo sí: es un bestseller. Puede parecer increíble por lo que he dicho hasta ahora, pero críticas como la del Time, que la considera una de las 100 mejores novelas jamás escritas en lengua inglesa, seguro que ha ayudado. A mí lo que me gusta pensar es que si lo han comprado y leído (no son sinónimos, lo reconozco) tantísimas personas, todavía queda esperanza inteligente en este planeta. Qué quieres que te diga, cada uno se motiva como se le antoja.

Con el último estertor de la cerveza te diré que David F. W. fue un coloso superdotado (por mucho que dijera pretender la normalidad), al que le tocó sufrir a lo largo de los años una evidencia que él mismo se encargó de destacar en Infinite jest: ser brillante no te hace feliz, más bien al contrario. Wallace, predicó con el ejemplo, buena parte de su vida la pasó medicado y diagnosticado con una depresión severa que le colgó de una viga a sus 46 años. Tenía el respeto de los críticos y el éxito de los lectores, ¿qué más puede pedir un escritor? Solo se me ocurre contestar, desde luego no soy brillante, que la vida demasiadas veces es una broma de mal gusto, y que no debemos olvidarnos de disfrutarla cada vez que nos dé un respiro.

Sobre el autor

La literatura es la mentira en la que más creo.

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