Knausgård: Un hombre enamorado… ¿de sí mismo?

Knausgård: Un hombre enamorado… ¿de sí mismo?

De Knausgård hablé por primera vez hará cosa de un año, tras leer la Mi lucha 1: La muerte del padre. Por entonces, me enfrenté al fenómeno literario de Mi lucha con ciertas dudas, y terminé con una mezcla de enamoramiento y desconfianza. Enamoramiento porque Karl Ove Knausgård (1968) escribe muy bien, rematadamente bien; desconfianza porque, ya entonces, intuía un algo de posible timo en su empresa de más de 3500 páginas. Así, a lo En busca del tiempo perdido.

El exhibicionismo del noruego me fascina. Cuando leí La muerte del padre, me vi a mí mismo reflexionando sobre si sería capaz de hacer algo así. Y no me refería a nivel técnico, sino emocionalmente. Utilizar la propia vida y exponerla, exponiendo por el camino a todos los que te rodean, con sus virtudes y defectos, con todo el drama que puede acumular la existencia diaria. Acabé concluyendo que no, que ninguna obra o estela literaria merecía semejante carnicería. Lo cual no restaba ápice de valor a lo que Knausgård había emprendido. Supongo.

Con toda la decisión del mundo, un año más tarde, emprendí la lectura de Un hombre enamorado, la segunda entrega. Y aquella desconfianza que sentí entonces se ha manifestado con una mayor intensidad.

Empiezo.

¿Es Karl Ove Knausgård tan bueno? ¿Está haciendo algo diferente, increíble, asombroso, o tiene mucho de postura, de fenómeno comercial? ¿Debatimos de nuevo sobre la auto-ficción? ¿Está enamorado Knausgård de sí mismo?

Resulta obligado no caer en la hipocresía. Todos los escritores (o creadores de cualquier tipo, en realidad) tenemos una buena dosis de ego. Forma parte del juego. Cuanta mayor la genialidad, mayor el tamaño del mismo. Para qué dar ejemplos. El ego de Knausgård, sin embargo, parece no tener límites.

El exhibicionismo de su obra, y de su propia imagen, explotada hasta la saciedad, me hacen desconfiar de una serie que, en su segunda entrega, empieza a chirriarme. Hace no mucho que leí en un artículo, dedicado a la aparición del quinto tomo, que la fórmula del noruego parecía agotarse en la nueva entrega. Eso me hace sentir algo mejor. Que quizá no soy el único que entiende que hay algo que no encaja. Quizá es la parte de la fama. Quizá el aura de escritor maldito, tan viciada ya. Quizá que ya le hayan dado el premio Nobel anticipadamente (por cierto, el propio Knausgård desprecia el Nobel: “Recibir el Premio Nobel de Literatura es la mayor vergüenza posible para un escritor”). Eso no evitará, sin embargo, que me enfrente al tercer tomo: La isla de la infancia. Pero lo hago con la mosca detrás de la oreja.

¿Fenómeno editorial? ¿O verdadero genio?

No dudo de la calidad de Knausgård como escritor. En su segunda entrega, se pueden encontrar pasajes maravillosos. No voy de boquilla: “Todos los lugares que yo guardaba en mi interior, que había visto en mi mente tantísimas veces en el transcurso de mi vida, pasaron por delante de la ventanilla, sin aura, completamente neutros, como eran de verdad. Rocas, una pequeña bahía, un ruinoso muelle flotante, un brazo de mar, algunas casas viejas, una llanura que bajaba hacia el agua. Eso era todo”; lo sublime en lo mínimo: “La besé. Sus labios sabían a sal”; la identificación con un ideal: “Tengo una larga lista de cosas que no he hecho bien. Porque de eso se trata. No debes engañar, ni de coña. Podría pensarse que es un ideal fácil de cumplir. Para algunos lo es. Conozco a varios, no muchos, que siempre hacen lo correcto. Que siempre son buena gente, buenas personas. No me refiero a los que nunca hacen nada mal porque no hacen nada, porque sus vidas son tan nimias que en realidad no contienen nada que se pueda destrozar, porque también existe esa clase de gente. Me refiero a los que son justos en todo su ser y que siempre saben qué hacer en cualquier situación. Los que no se colocan a ellos mismos en primer lugar, pero que tampoco faltan a sus propios principios. Tú también conoces a gente de esa clase. Buenos hasta la médula, ¿a qué sí? Ellos no entenderían de qué estoy hablando”; vitalismos: “- Pero es grande. La vida de todo el mundo es tan grande como uno la hace. Yo soy el héroe de mi propia vida. ¿Verdad? Personas conocidas, personas famosas, las personas que todo el mundo conoce, no son conocidas y famosas en sí, en su propio derecho, hay alguien que las ha hecho conocidas, alguien que ha escrito sobre ellas, que las ha grabado en película, hablado de ellas, que las ha analizado, que las ha admirado. De esa manera son grandes para otros. Pero no es más que una escenificación. ¿por qué iba a ser menos verdadera mi escenificación? Al contrario, porque los que yo conozco están en la misma habitación que yo, puedo tocarlos, mirarlos a la cara cuando hablamos, nos vemos aquí y ahora, y eso no lo hacemos con ninguno de esos nombres que zumban a nuestro alrededor a todas horas. Yo soy un hombre del subsuelo, y tú eres Ícaro”; e incluso sorprendentes pullas a la ficción: “Lo inventado no tiene ningún valor, lo documentado no tiene ningún valor.  Lo único que para mí seguía teniendo valor y todavía tenía sentido eran los diarios y los ensayos, la parte de la literatura que no es narración, que no trata de nada, sino que sólo consta de una voz, la voz de la propia personalidad, una vida, un rostro, una mirada con la que uno podía encontrarse. ¿Qué es una obra de arte sino la mirada de otro ser humano? No por encima de nosotros, ni tampoco por debajo de nosotros, sino justo a la altura de nuestra propia mirada. El arte no se puede vivir colectivamente, el arte es eso con lo que uno se encuentra a solas. Uno se encuentra a solas con esa mirada”.

Knausgård toca resortes instalados en lo profundo del alma humana. Su ética, o falta de ética, de exponerse no sólo a sí mismo, sino a toda su familia y amigos, me resulta repulsiva, aunque fascinante. La naturaleza exacta de su éxito editorial, misteriosa. Por momentos, de mercadotecnia similar a la que sustenta fenómenos como Harry Potter, por poner un ejemplo.

En Un hombre enamorado, Knausgård habla del hombre enamorado que fue. A pesar de los matices escandinavos, en ocasiones sorprendentes y muy ajenos para nosotros, habitantes del sur, consigue tocarnos en donde duele, porque todos nos hemos visto metidos en la vorágine del enamoramiento, en su sorprendente magia, en su naturaleza inesperada, en sus turbulencias y en la calma tras la tormenta. “… y caminar así con ella, cogidos de la mano, en medio de esa ciudad tan hermosa y para mí aún desconocida, me producía oleadas de felicidad por dentro”. Sin embargo, nada es así de sencillo para el noruego. No se queda en la crema dulce del amor, sino que va más allá y nos expone sus miserias y la de su mujer y sus hijos. Se retrata a sí mismo como un ser humano complejo y de innumerables capas, cubriendo todo el espectro de emociones y sentimientos de una forma obvia pero multilaminar. El fallo se encuentra, en mi opinión, en que su auto-análisis es tan constante que exaspera. Recalca constantemente tamaño desprecio hacia sí mismo que logra caricaturizarse, por no hablar de la inevitable caída en la autocomplacencia y el victimismo. Porque es así como Knausgård se expone: débil, vulnerable e… incapaz del cambio. Es, sin lugar a dudas, un hombre enamorado de sí mismo y de nadie más.

Supongo que no se puede saber si el noruego es un genio, un mito o un fraude. Si acaso, las tres cosas al mismo tiempo. Cosas de los tiempos modernos, del encumbramiento típico de otros campos como la música, de las modas, de los absurdos. Nadie le puede arrebatar, sin embargo, su calidad como escritor, ni la profundidad filosófica, ni la manera de hilar, soberbia, historias dentro de historias sin que nos perdamos.

Dice, hacia el final de este Un hombre enamorado: “La indiferencia es uno de los siete pecados capitales, en realidad el más grande de todos, porque es el único que peca contra la vida”. Puedes estar tranquilo, Karl Ove, tú y tu lucha generan muchas cosas pero nunca, nunca, indiferencia.

Sobre el autor

Vividor nato; soñador; y de paso, también escritor. Todo a tiempo completo.

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