Familias de Cereal: A vueltas con la famiglia

Familias de Cereal: A vueltas con la famiglia

Familias de Cereal, de Tomás Sánchez Bellocchio. Candaya Narrativa.

De pequeño solía repetir que cuando fuese mayor le iba a regalar a mi padre un Mercedes y a mi madre un abrigo de visón. Raro era que tuviésemos visita y que yo no acabara en algún momento de la sobremesa, como si fuese un animal amaestrado, representando para amigos y familiares el numerito de siempre: Javi —me daba el pie mi madre mientras sonreía satisfecha—, diles al tito y a la tita lo que vas a hacer cuando seas grande.

Sin haber mostrado todavía un interés preciso o impreciso que prefigurase lo que podría ser mi dedicación futura, me gustaría creer que tampoco es que con siete u ocho años albergara yo exactamente el íntimo deseo de ser rico, y que ese ánimo dadivoso tenía más que ver con el hecho de que lo más parecido a una vocación que he conocido de mis padres ha sido su esfuerzo constante para llegar a fin de mes y ofrecernos comida, ropa y educación a mi hermano y a mí. Ese segundo empeño no lo compartimos porque yo aún no he tenido hijos. Y en cuanto al primero, me temo que lo tenemos irremediablemente en común ellos y yo y muchos de los que estén ahora leyendo esto. Si lo explico es porque al acabar de leer Familias de Cereal (Tomás Sánchez Bellocchio, Candaya) me ha venido a la cabeza de pronto la anécdota del Mercedes y el abrigo, y, aparte de imaginar que sería un buen motivo para desarrollar en un cuento, al estilo de esas historias en las que Bellocchio aprovecha para colocar sobre la camilla de autopsia al estamento fundamental de nuestro sociedad, he advertido en mí una especie de contrapunto actual a esa peregrina motivación de la infancia. Verán. Por descontado, a mis padres nunca les he regalado aquello que aventuraba. Y resulta que hoy, si tengo que preocuparme de algo, tiendo a hacerlo más de los hijos que tal vez quiera tener algún día que del bienestar crematístico de mis progenitores. La vida tiene estas cosas, supongo. Así que, experiencia mediante, el abrigo y el coche de antaño se han acabado convirtiendo con el paso de los años en los libros que me gustaría que abarrotasen la hipotética librería en cuyos estantes fuesen mis hijos marcando con un lápiz el progreso de su desarrollo físico y emocional. Mi humilde biblioteca es la única posesión preciada y relevante de la que dispongo, y ha ido a lo largo del tiempo creciendo con nuevas adquisiciones y diezmando conforme encadenaba mudanzas caóticas y muestras de mi etílica generosidad (de la que luego a veces me arrepiento) en noches de borrachera con los amigos. Y como cada vez cuesta más llegar a fin de mes, pues de un tiempo a esta parte he sumado como variable la costumbre de vender en el mercado de segunda mano los ejemplares que ya no me interesan y sufragarme así la compra de otros que me seduzcan más. La norma es simple: se queda en los anaqueles todo libro que a día de hoy me siga interesando. Pero también aquel que, a pesar de no cumplir con este precepto, siento que debería también formar parte de esa suerte de herencia anticipada que vislumbro para mis vástagos, junto a los Cortázar y los Borges y los Roald Dalh y las historias interminables e impepinables.

Si por el momento Familias de Cereal se va a quedar conmigo es porque el libro de Bellocchio cumple ambos requerimientos. Lo quiero tener cerca porque intuyo que yo también escribiré tarde o temprano un libro parecido. Y porque es de esos libros que me gustaría que un día mis hijos tuviesen a su alcance. Un libro de relatos, además. Estupendo ejemplo del género outsider y que está lleno de material y puntos de vista maravillosamente impopulares acerca de eso que tanto desvelaba a Don Vito Corleone. Pero que mi licencia poética no vaya ahora a confundir a nadie, porque Familias de Cereal poco tiene que ver con la mafia, a no ser que acordemos que en los roles de la mayoría de familias corrientes y molientes existe siempre la amenaza latente de la facción y de la doctrina. Los relatos de Bellocchio, que transitan por los temas de siempre y acaban por retratar así qué significa nacer, crecer y envejecer en familia —al revés también funciona—, están escritos con una técnica y un conocimiento del oficio destacables, pero yo me quedo con la sensibilidad y la clarividencia con la que acomete cuestiones como que la realidad dista bastante de eso que tratan de vendernos en dosis enlatadas en los anuncios publicitarios; o que el amor, y el cariño, y el respeto se fraguan desde la consciencia y la constancia y no son cosas dadas o que vengan de regalo dentro de una caja de cereales; que acaso habría que poner en duda la certeza con la que consideramos familia a un grupo de individuos que a menudo lo único que comparten es vivir bajo el mismo techo; igual que la sangre no resulta nunca un vínculo suficiente por más que lo voceen los prosélitos de la biología o de los mandamientos. En definitiva, intenciones de Bellocchio o suposiciones mías, habas que se cuecen en la cara B de una institución que parece que poco a poco se va actualizando y abriendo a toda clase de modelos y posibilidades diversas que trascienden a su histórica naturaleza de bastión sin mácula e incorruptible de la tradición y del orden establecidos. Y que a pesar de las muchas perversiones que atesora como sistema, sigue siendo un modelo de convivencia deseable. Pero que mal entendida, sin embargo, implica el riesgo constante de anquilosarnos, de anular la propia singularidad.

Soy tan consciente del tufo a trauma que destila todo esto que escribo como de que insisto en un mecanismo erróneo: otra vez, como cuando era un niño, me veo ofreciendo algo a alguien en un futuro del que no tengo ni la más remota idea, con el agravante de que, en este caso, ese alguien ni siquiera sé si existirá. Para mi consuelo, al menos esta vez sí que puedo reconocerme en el objeto de mi ofrecimiento. Ya no son coches y visones sino libros. Quizás nunca me anime a tener descendencia o quizás para cuando la tenga los señores de Bayer y de Monsanto hayan conseguido que ya no existan los cereales y volvamos todos a ser nómadas recorriendo los campos y las estepas de este mundo en busca de alimento, y poseer y tener que portar entonces una biblioteca no tenga ningún sentido. Por supuesto se admite una versión menos apocalíptica de los hechos, en la que simplemente el libro de Bellocchio ya no está conmigo. O a mis hijos nunca les interesa leerlo, quién sabe. Porque esto último sí que lo sabemos todos, los que han tenido la experiencia de la paternidad y los que de momento sólo la vislumbramos como un horizonte posible: que más allá de la denodada entrega de los padres, y muy a su pesar, en ocasiones los hijos salen como salen.

Sobre el autor

Escritor. Barcelona. Verano del 76. Se sospecha que de un huevo. En una ocasión, yendo por la calle, se encontró una cartera que llevaba dentro la foto de una cartera. ¿Lo demás? También pura anécdota.

Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: