En búsqueda de Borges

En búsqueda de Borges

El ególatra Jorge Luis Borges, el poeta vanidoso que leyó todos los libros del mundo hasta que, a través de su mirada, la realidad se cubrió de nubes que le impedían distinguir la frontera que delimitaba sus sueños, que hablaba en lenguas que sólo él entendía, escribió los mejores relatos de su época donde una fantasía desmedida, junto a la erudición que atesoraba en su infranqueable memoria, tildaba la vacuidad de un sentido metafísico y capital, mientras recitaba poemas al alcance de cualquiera, sea el mayor de los necios o ilustrados, convirtiendo sus historias en universales: esbozó la descripción más precisa, sugerente y respetuosa con la imaginación jamás concebida en El Aleph, su cuento incluido dentro de la obra que toma ese mismo nombre, gracias al personaje de Beatriz Viterbo, como inmejorable cómplice de aquel resquicio de inconmensurable imaginación que nos regalaba dejando intuir la fábula del mundo creada en su conciencia. Respiren. Tómense un descanso. Relean el kilométrico enunciado transmutado en párrafo oneroso y disparatado. Como quien se decolora ante el espejo. Quien necesita una última frase. Que muere para nacer de nuevo. En un lenguaje definido que le precede antes de ser escrito. Heroico. Terminal. Elocuente. Como quien utiliza la palabra al igual que un disparo frente al pelotón. Como Hemingway. Como su suicidio. Como las batallas entre dos estilos enzarzados, malheridos sobre un suelo ensangrentado, entre largas y embelesadas frases que golpean a la contundencia de quien hace de cada expresión una proclama incorruptible.

Al igual que todo escritor, y esta categoría no aúna, ni conjuga, únicamente a personajes caricaturescos – no les culpo, todos lo somos – que escriben y venden novelas, sino, más bien, a quien escribe y es leído, o ni siquiera es leído por nadie, y como al autor se le perdonan las más sobresalientes indiscreciones – pues díganme sino qué es copar su tiempo o, quizá, perturbar su conciencia –, y ustedes respetarán que les increpe como escritor, soy un farsante. “Al igual que todo escritor, soy un farsante”, reitero. Un narrador de engaños. Enredos, trampas, embrollos, marañas, desórdenes de la realidad.

He comenzado aludiendo a Jorge Luis Borges, pero desconozco lo referente a su persona, se llamaba Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, he precisado a inventar, posee unos cuentos que responden a su autoría, y en mi opinión los más hábiles, llamados El Inmortal y Deustches Requiem, que asimismo ignoro pero me suscitan la suficiente elocuencia para incluir en un artículo, y he aquí el verdadero sentido del mismo, para conseguir hablar de Faulkner. William Faulkner, al cual detesto y, por ese motivo, intento apremiar mis textos convirtiéndolos en frases inabarcables que se mudan en bíblicos párrafos con la premisa obsesiva de justificar su extensión a través matices retóricos e inapelables: fue una figura literaria que influenció, casi coaccionó con su feroz estilo, la novela de nuestros días por medio de su innovación en la escritura. Mayúsculos iconos, icónicos, de la literatura en castellano como Borges, Vargas Llosa, Muñoz Molina, Marsé, García Márquez, Millás, Vila-Matas, Marías con vehemencia, Cercas, Onetti…no dudan celebrar, en forma de tributo, la influencia de dicho autor – ¿cuál de todos? – sobre sus respectivas obras.  Al menos admiten su devoción como lectores.

Sobre Faulkner se han desbordado ríos de tinta bajo todos los pretextos posibles, cuan lógico resulta al haber descrito los más recónditos prismas de la realidad, pero un calificativo preponderante es la mención a su estilo serpenteante. “Cuando leí a William Faulkner, de repente me di cuenta de que la prosa podía tener la libertad y la posible indisciplina de la poesía”, dijo el célebre poeta y novelista canadiense Michael Ondaatje. Quizá este último epíteto, la indisciplina, es, de una manera íntima, la más genuina precisión sobre su obra. En su novela, por ejemplo, El ruido y la furia nos mostró y enseñó la irreverencia. La resistencia en prosa. La impertinencia narrativa. Su rival literario, Ernest Hemingway, era un hombre forajido y de acción, por ello adivinamos que protagonizase frases raquíticas e indómitas en su estilo, frente a la musicalidad y el decoro de un prosaísmo colmado de tecnicismos como el de su antagonista nacido en el profundo Mississippi. En esta misma novela, Faulkner escribió, como arquetipo, desde la perspectiva de un chico con discapacidades psíquicas que logró proyectar en una voz narrativa concreta y en un monólogo interior inquietante e inédito hasta el momento. Y así lo reflejó con tres personajes encontrados, cada uno con una profundidad, momento y forma de escribir propia, ajena al resto, construyendo así realidades dispares, por poco inconexas, para acabar desdoblándose en un narrador omnisciente que otorga una forma y solidez inviolable a la novela en el último pasaje de la obra. Tal vez, después del expresionismo de Kafka, antes del “nuevo periodismo” de Capote y entre el realismo literario de Flaubert, sea uno de los grandes hitos de la literatura reciente.

Y como todo, como este artículo, es una evasiva para hablar de literatura, toda esa maestría, sacrilegio desbocado, posee un aliciente de mayor envergadura que todo escritor desea o ha deseado alguna vez: trazar un lugar inventado que resida en el imaginario del lector – un empeño entusiasta al alcance de muy pocos – y lo embarque en un paraje como Mississippi, en este caso, travestido en un cuadro donde la realidad asusta, en Yoknapatawpha, un territorio creado como marco de sus novelas. Faulkner que, por ejemplo, en El ruido y la furia, nunca hizo descripciones exhaustivas en lo que ambientación y personajes se refiere: creó un mundo literario que, lejos de fútiles intuiciones, cooptaba la naturaleza que convierte lo particular en universal, quizá, de nuevo, como Borges, el gran afán que ansía el arte. La precisión de Faulkner huye de las premoniciones que suelen confundirse en descripciones con una intensidad y carga adjetival mayor. Y esto último jamás será fruto de una torpeza en un escritor que ampara, más bien disecciona en una pávida autopsia, calificativos e imágenes que invitan al lector a desaforar su imaginación. Si, por un supuesto, en nuestras lecturas, tropezamos con una dilatada descripción sobre un personaje o lugar, emerge una frontera donde incorporar características nuevas sólo conseguirá aturdir al lector. En un momento dado, la imaginación expira y, con casi toda certeza, escogerá un rasgo o dos: los que más le hayan impactado sobre dicho personaje o lugar.

“Un automóvil pasó por la carretera, luchando contra la arena, muriendo a lo lejos”, dijo Faulkner en los últimos parajes de la obra. En ocasiones, la sugerencia de una descripción embauca a la fantasía. Teresa, que es mi amante, tiene los ojos azul pálido, piernas arqueadas y oblicuas entre sí, cejas marrones, labios resquebrajados con un tenue verde menta sobre su comisura, el pelo desencajado, la mandíbula sobresaliente, el filo de su mirada se tropieza con una cicatriz que invalida su gesto, vergonzosas pecas punzan su rostro pálido blanquecino de facciones inclementes, gusta vestir un pañuelo vivaracho que asalta y esconde un cuello dueño del esbozo dibujado por sus mórbidas venas, su torso es uniforme, sutilmente indiscreto por unos pechos pusilánimes que se precipitan hacia unas caderas deshilachadas por sus quebradizos huesos.

Y como todos somos unos impostores, he de añadir – búsquenlo para asegurarse de que miento – que Borges, o como quieran llamarlo, describió a Beatriz Viterbo retratando que “Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada”. No se ustedes, pero parezco advertir la presencia de Beatriz Viterbo en el espejo del cuarto de mi amante. Sin embargo, al fin y al cabo, todo es una farsa.

Sobre el autor

Articulista, cuentista, cronista por devoción. Economista por obligación.

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