En defensa del fervor, la reminiscencia de una pérdida

En defensa del fervor, la reminiscencia de una pérdida

Planeó sobre los caniculares resquicios del olvido hasta que aterrizó en mis manos, asediadas por la insondable e intempestiva cruzada entre plumines, émbolos y tinteros, tiznando mi piel de un lúgubre color negro transmutado, con el tiempo, en un azul pusilánime, gracias a una azarosa conjunción de suertes, tanto sólo un además fortuito, un artificio casi aleatorio, y, desde el primer momento, supe que sería un ensayo controvertido, audaz e inviolable abastecido de una fragilidad que parecía negarle verosimilitud en ciertos momentos. También, no obstante, en menor medida, contribuyó un brillante artículo de Javier Cercas en EL PAÍS SEMANAL mudado, sin atisbos vacilación, en una oda terminante, con la visceralidad requerida en todo brindis al sol, en defensa de su obra y de la magnanimidad de una cultura universal frente al patriotismo que siempre olvida a los olvidados; por tanto, no ahondaré en dicha cuestión, ni en la controversia acerca de quién es el merecedor del Premio Princesa de Asturias de las Letras – sí, princesa: son las nuevas liturgias de la nobleza que nos vemos obligados a respetar –, motivo primigenio del artículo de Cercas, si Marías o Zagajewski, ambos leídos, pero de los cuales me advierto incapaz de extraer un argumento de valor, sólo sospechas inconscientes, en favor de uno u otro, tan diferentes en su prosa e incluso género. Tampoco indagaré en la rigurosa crónica de Antonio Muñoz Molina, nada lejos de la ratificación permanente que evidencia, de nuevo, su estilo personal e inconmensurable, y que me animó, en última instancia, a la lectura del libro enunciado en el titular de esta extraña crónica.

Gracias a la edición de Acantilado, acostumbrada a un intuitivo y ligero peso de elegancia, se ha lanzado sobre las librerías españolas En defensa del fervor de Adam Zagajewski. Desde la inauguración de su lectura, en el primer pasaje que da nombre a esta singular colección de ensayos, se intuye, en una premonición asfixiante, que, dada la poca extensión de su obra, la luz poética del autor se extinguirá en un vacío espiritual: la reminiscencia de una pérdida interior. Mas, a pesar de su exigua extensión, seguramente, en el plano literario actual no se encuentre un ensayo tan ecléctico y completo; de ahí sospechamos su flagrante éxito.

En una voz incorruptible, a pesar del tiempo que distancia a los diferentes fragmentos, Zagajewski ha demostrado una soberbia precisión en el lenguaje, empecinado en lograr el mayo lucro de significante – no significado – de la palabra; con una rotunda e intensa carga adjetival, a través de un relato inocuo ante pedanterías y espesuras, al mismo tiempo que autobiográfico, ofrece una lectura ligera y seductora, algo tan difícil de avistar en un género como el ensayístico, que se diluye en testimonios personales como cómplices narrativos. Reitero: se diluye; porque esa es la sensación que abarca todo el recorrido de dicha obra: la de un libro líquido. Esto último, al igual que con los clásicos, no guarda una equivalencia arbitraria, sino, más bien, es la dilatación de un poeta incapaz de negarse a serlo.

Su vocación lírica se entrevé en un ensayo que denominaría – y, por lo tanto, es un parecer personal – extranjero. Extranjero como lo ha sido durante toda su vida Zagajewski – como todos los somos, al menos por un tiempo, cualquiera que fuere, según nos concierne durante nuestra inapreciable existencia –, incluso extranjero en su infancia, dueña de todas las patrias mientras lo que sucede nos arrebata la pertenencia a un lugar. Y, como todo exiliado, perdura bajo la tensión de dos mundos independientes, contradictorios, pero que necesitan del otro para subsistir, igual que la vida y la muerte, inentendibles la una sin la otra, el autor relata la ficción entre dos tensiones indisociables: lo cotidiano, su obcecación y ensimismamiento por reducir lo absoluto a una trivialidad universal, con lo supremo, un elemento difuso tildado de “reaccionario” en Occidente; la media certeza de lo terrenal con la duda sobre lo divino; la sinrazón del Romanticismo con el dogma del hiperracionalismo posmoderno; la ficción de la verdad en los autoritarismos con la vulgaridad de las democracias; la fervorosa defensa de la espiritualidad presa de catecismos con el intelectual observador y juez, no moralizante, de la realidad.

El poeta, novelista y ensayista busca un punto de inevitable correlación entre ambos mundos sin precipitarse ante ninguno, ajeno a un mundo propenso a enroques. Es un libro que fascinará a toda persona cuanto escriba o se haya visto incitada a dicha intemperante labor, ya que, semejante a un amigo cómplice, confidente, sospechará el reflejo de su fuero interno en el retrato de Zagajewski. Personalmente, y sin capricho de irreverencia, no estoy en absoluto de acuerdo con algunas reflexiones u opiniones reflejadas en el libro, nada más lejos de un presagio recurrente cuando se acude al género ensayístico, en mayor medida inoportuno; pero ha de ser acentuada la maestría, destreza, casi autoridad, en el lenguaje obsequiada por un hombre titubeante frente a su propia sombra que busca paliar su incertidumbre con matices que acoten el territorio inenarrable de lo desconocido.

Lejos de las desavenencias políticas, ideológicas, culturales e, incluso, artísticas, Zagajewski es un faro: una tenue incandescencia que se difumina en un horizonte teñido de nubes descansando sobre el infinito que se dilata en el mar como testigo. El autor nos acerca, en una distancia insalvable, casi nos invita precipitarnos : al resplandor de Oriente desde las sombras de Occidente, nos hace rozar Cracovia desde la figura de Nietzsche, a Polonia como un país cercano a la maldición rescatado de la desidia autoritaria gracias a los intelectuales y poetas, a su poesía, a la de Czapski avivada por la fascinación hacia Simone Weil, intratable, a Zbigniew Herbert, como voz profética, similar a Zagajewski, y al indomable Czesław Miłosz. Sin duda, por un vacuo sentido del deber, instituido sobre la obra del autor, próximos autores que descansarán sobre sus manos. Por lo tanto, reparen antes de atreverse.

Adam Zagajewski ha esbozado un mapa histórico y sentimental del panorama artístico en nuestros días, con sus tragedias y felicidades, compartido o impugnado, en mayor o menor medida, pero en el cual, a pesar de nimias frivolidades, sospechará un escritor que construye muros de certeza para, ipso facto, resquebrajarlos con delicadeza, diseccionando el punto de fuga sobre el que se agolpan las verdades, medias mentiras, mentiras, diciendo lo mismo y lo contrario, sembrando así, en un mundo tan disuelto entre certezas, todo lo que se le exige a un gran ensayista: la duda.

Sobre el autor

Articulista, cuentista, cronista por devoción. Economista por obligación.

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